En el mundo hay genios autodidactas y brutos con título, lo que demuestra que ser educado es algo más que aprobar cursos
La escolarización no es, necesariamente, educación y, en consecuencia, tampoco desemboca en el amplio mar de la cultura que es (además de inteligencia y saber) diálogo, empatía y urbanidad. México necesita mayor educación y esto es verdad, pero ha de quedar claro que ni la educación ni la cultura son equivalentes forzosos de la escolarización.
En su curso Sobre pedagogía (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina/ Encuentro Grupo Editor, 2008; traducción de Oscar Caeiro), Immanuel Kant advierte: “El ser humano sólo por la educación puede llegar a ser humano”, dado que éste es el único animal que tiene que ser educado, a diferencia de otras criaturas. Y el concepto kantiano de “educación” dista mucho de ser, exclusivamente, “escolarización”.
Se educa al ser humano, no sólo en la escuela, sino también en la convivencia y en el ámbito más amplio de la cultura y, puesto que hay escuelas incluso para perros y caballos, Kant precisa que éstos no reciben educación, sino amaestramiento que, para el caso del ser humano, sería fatal: amaestrar a un ser humano es quitarle el derecho de ser libre y más humano, pues la educación, dice Kant, implica disciplina, pero también libertad, que conlleva a producir moralidad, desde un sentido ético, no sólo para respetar la ley, sino también para distinguir entre lo que es correcto o bueno y lo que es incorrecto o malo, tanto para el individuo como para la sociedad. Y todo esto junto aguza la inteligencia y la sensibilidad que conduce a respetar la vida y el valor de los demás. A grandes rasgos, esto es educación.
Cuando Kant se refiere a “educación”, piensa en el desarrollo integral de la persona. Escribe: “El género humano debe hacer que aparezcan por sí mismas todas las aptitudes naturales de la humanidad, paulatinamente y poniendo su propio esfuerzo. Una generación educa a la otra”. Por ello, “la educación es un arte cuya ejecución tiene que ser perfeccionada, por muchas generaciones […], de ahí que la educación sea el problema más grande y más difícil que se pueda plantear al hombre, pues la inteligencia depende de la educación, y la educación depende a su vez de la inteligencia”. Así, la educación “sólo poco a poco puede dar un paso hacia adelante, y sólo haciendo que una generación transmita a la siguiente sus experiencias y conocimientos y que añada algo que pase a las subsecuentes”.
Ni para Kant ni para cualquier gran pensador, “educación” equivale a “escolarización”, porque existe gente educada, en el más amplio sentido, que no ha pasado por la alta escolarización: las brillantes personas autodidactas, por ejemplo; en tanto que hay gente maleducada que ha escalado hasta los más altos niveles de la escolarización. Si la educación incluye la inteligencia, la sensibilidad, la moralidad y la ética, queda claro que hasta un galardonado con el Premio Nobel (en la rama que fuere) puede ser una persona maleducada hasta en la más elemental virtud que es la cortesía o la urbanidad.
El filósofo francés André Comte-Sponville (1952), nos advierte sobre esto en su Pequeño tratado de las grandes virtudes (1995), y expone que incluso escribir y teorizar sobre las virtudes, y hasta recomendarlas, no hace a nadie, necesariamente, virtuoso. Las virtudes se practican y, con ello, triunfa la educación, si verdaderamente es más que un ejercicio de escolarización. Triunfa en acciones tan simples como obedecer las señales de tránsito, y no se diga los demás ordenamientos que van desde el elemental sentido de urbanidad hasta los reglamentos, disposiciones sociales y morales y, por supuesto, las leyes.
La urbanidad no es la moral
La urbanidad o cortesía, por ejemplo, no obedece casi nunca a disposiciones legales, pero tiene que ver con casi todas las reglas y disposiciones. Puede y suele estar ausente en alguien que es capaz de desarrollar un trabajo encomiable. Y al revés también es cierto: existe gente amabilísima que puede resultar poco o nada capaz en el ejercicio de su profesión. ¿De qué nos sirve un médico cortés que es una nulidad en la cirugía que nos practica? Y, sin embargo, también echamos de menos que el cirujano más hábil y calificado, carezca de la más elemental urbanidad y la muy agradecible empatía. Explica Comte-Sponville: “la urbanidad es la primera virtud y quizá el origen de todas las demás. Es también la más pobre, la más superficial y la más discutible: ¿se trata realmente de una virtud? En cualquier caso, es una pequeña virtud. A la urbanidad le trae sin cuidado la moral, y a la moral, la urbanidad. ¿Cambia en algo el nazismo por el hecho de que un nazi sea refinado?”.
Esta pregunta es toral para comprender la urbanidad como algo que puede estar lo mismo en una persona sincera que en una hipócrita. En palabras de Comte-Sponville, “los buenos modales no son la vida; la urbanidad no es la moral. Pero ya es algo. La urbanidad es algo muy pequeño que antecede a algo grande”. Y añade que, aunque estemos de acuerdo en que “un hombre honesto, pero descortés, siempre será mejor que un canalla refinado”, la urbanidad debe saber expresarse y encontrar a sus destinatarios en la educación, pues “está claro que los seres inteligentes y virtuosos no están dispensados de ella”. No debemos olvidar que, hasta mediados del siglo XX, la urbanidad era, por antonomasia, “educación”.
Siendo así, por muy insignificante que parezca la cortesía, junto a virtudes tan grandes como la fidelidad, la prudencia, la templanza, la valentía, la justicia, la generosidad, la compasión, la gratitud, la humildad, la sencillez, la tolerancia, la buena fe, el humor y el amor, sin la urbanidad o cortesía, queda claro que, aunque seamos altamente escolarizados, podemos ser no sólo maleducados, sino también muy poco inteligentes, porque inteligencia sin urbanidad, sin cortesía, no sólo es una paradoja, sino una escandalosa incongruencia.
La escolarización es, en gran medida, un asunto técnico; la educación es algo más: en palabras de Kant, “corregirse a sí mismo”; algo que incluye a todas las grandes virtudes juntas y a la pequeña urbanidad, aunada a la inteligencia que, en su más breve definición, es la “capacidad de pensar, aprender de la experiencia, resolver problemas y adaptarse a las situaciones”. Hay personas altamente escolarizadas que sólo atienden su disciplina; lo demás, no las toca ni siquiera por sentido común. Siempre recordaré en El principio de Peter (1969), de Laurence J. Peter, los ejemplos ilustrativos del denominado “autómata profesional” que sólo se ocupa de “lo suyo” y lo demás no le importa; es el caso del maestro que enseñaba exactamente lo que se le había enseñado como estudiante competente, que se graduó con mención honorífica: “seguía escrupulosamente el libro de texto, el plan de estudios y los horarios de clases. Su trabajo se desarrolla perfectamente, salvo cuando no es posible acudir a ninguna regla o precedente. Por ejemplo, cuando reventó una cañería de agua, y se inundó el piso del aula, continuó dando su clase, hasta que el director entró apresuradamente y rescató a los alumnos”. Un profesor con educación no habría sido omiso en tal circunstancia.
Circula en YouTube la siguiente reflexión del filósofo y jurista español Antonio Escohotado (1941-2021): “Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas pasando por la calle, la acera es estrecha y tú te bajas y dices: ‘disculpe’. Educación es que, aunque vas a pagar la factura de una tienda o de un restaurante, dices ‘gracias’ cuando te la traen; das propina, y cuando te devuelven lo último que te devuelvan vuelves a decir ‘gracias’. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico. O sea, en definitiva, la riqueza es conocimiento, y, sobre todo, un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás”.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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