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La IA ya es rutina universitaria

La inteligencia artificial generativa ya no es una herramienta periférica en la educación superior mexicana: es parte del trabajo cotidiano de estudiantes, docentes y gestores. Sin embargo, su adopción masiva ha superado con creces la capacidad de las instituciones para definir reglas claras de uso, evaluación y responsabilidad. Entre la promesa de innovación y el riesgo de dependencia, las universidades enfrentan hoy un desafío estructural: convertir la IA en un recurso formativo sin erosionar la integridad académica ni sustituir el pensamiento crítico
La IA generativa ha afectado seriamente a las prácticas educativas.

Para una gran cantidad de universitarios que forman parte del gran ecosistema educativo del nivel superior mexicano, la inteligencia artificial (IA) dejó de ser tema anecdótico, lejano o de laboratorio para permear buena parte de las tareas inherentes a su condición (sean estudiantes, académicos, investigadores, incluso administrativos y directivos universitarios). Hoy la IA es ampliamente utilizada, tanto para pulir borradores, ordenar ideas, resumir lecturas, preparar clases, como para responder oficios, enviar masivamente correos o acelerar procesos de gestión interna.

El punto no es evidenciar su presencia, de por sí imposible de ignorar, sino asumir que la IA generativa ha desajustado seriamente las prácticas de estudio, de docencia, de divulgación e incluso de gestión, mientras buena parte de las integrantes de ese ecosistema siguen sin definir bajo qué reglas quieren y deben convivir con ella.

Ahí donde se ubica el problema central, no en su penetración técnica, sino en la evidente fragilidad institucional de las respuestas frente a esa irrupción. Y aunque muchas instituciones de educación superior (IES) en el discurso hablan de plataformas, de riesgos de plagio o de capacitaciones urgentes, bastante menos han fijado una postura institucional reconocible sobre qué permiten, restringen y resguardan, o bien, qué no están dispuestas a delegar. Y sin esa postura clara, la urgente modernización del ecosistema completo corre el riesgo de parecer, más que un criterio institucional claro y serio, una mera improvisación.

Los datos públicos sobre el tema que pueden consultarse en México ya no permiten tratar este asunto como un tema lateral. La misma Secretaría de Educación Pública (SEP) informó hace unos días que, en el nivel superior, alrededor de seis de cada diez estudiantes y docentes recurren con frecuencia a la IA generativa; 79 por ciento del estudiantado y 76 por ciento del profesorado los emplea para redactar; 82.3 por ciento los percibe como apoyo complementario; 80 por ciento anticipa efectos en su campo de formación, y 9 por ciento incluso les atribuye una función de acompañamiento emocional (SEP, 2026; Wong, 2026).

Pero lo verdaderamente de fondo no es sólo la magnitud del uso, sino como éste ha desplazado actividades y acciones inherentes a la comunidad universitaria entera, es decir, ha cambiado la dinámica de la mediación docente, de la redacción académica, la manera de abordar problemas y de resolver tareas complejas. Por lo tanto, ha cambiado el tipo de responsabilidades que las IES deben asumir frente a esta nueva realidad.

Y lo que muchas de ellas han hecho hasta ahora, sin demérito de sus loables esfuerzos (capacitando, difundiendo, advirtiendo, discutiendo los riesgos e implicaciones del plagio, emitiendo pronunciamientos prudentes, etc.), honestamente aún no alcanza. Todo lo anterior es, sin duda, de utilidad extrema, pero no resuelve el núcleo del problema. Lo que sigue faltando es profundidad y forma; la conversación aún es dispersa y evidencia de ello es la ausencia de criterios institucionales claros que permitan distinguir entre los usos aceptables, los problemáticos y los inadmisibles. Entonces, el foco de la discusión debemos ponerlo entre el acompañamiento legítimo o la sustitución indebida, entre apoyo operativo o la dependencia intelectual. Insisto en que hay que reconocer los avances y la buena intención, pero aún falta mucho. Dicho de otro modo, es urgente operativizar esas buenas ideas e intenciones en conducción institucional.

Incluso desde el centro mismo del sistema se reconoce que el asunto dejó de ser meramente técnico, pues, al presentar los resultados de la encuesta nacional, la SEP propuso varias líneas de acción para el uso ético y crítico de la IA generativa en el nivel superior, por ejemplo: contar con lineamientos claros; formación docente; revisión de planes y programas de estudio; nuevas aproximaciones a la evaluación, atención a las brechas y bienestar estudiantil, entre otras (SEP, 2026).

Sin duda, que es posible construir una muy buena discusión sobre la suficiencia de esa agenda, pero lo verdaderamente sustantivo es que, incluso desde el centro del sistema, la discusión dejó de ser tecnológica y se ha tornado estructural. No hay vuelta de hoja en esto. Y ese desplazamiento es importante porque las IES no enfrentan a una herramienta aislada, sino a una compleja reconfiguración de mediaciones.

En el 2024, la Unesco advirtió que la expansión de la IA generativa exigiría regulación apropiada, políticas y desarrollo de capacidades humanas. Y la advertencia sigue vigente, pero no basta con repetir que hacen falta políticas sobre el tema. El fondo es otro, e implica plantear cómo integrar una capacidad técnica tan poderosa en instituciones que deben responder, al mismo tiempo, por la integridad académica, la privacidad, la equidad, la trazabilidad y la formación intelectual de sus comunidades. Lo que está en el centro de la discusión no es sólo el uso correcto de un conjunto de herramientas disruptivas en el frente educativo y digital, sino el criterio con el que las universidades definen qué entienden por aprendizaje, por autoría y por responsabilidad, teniendo ya en uso cotidiano tales recursos tecnológicos.

De igual forma, la OCDE (2026) ha elevado esa inquietud hacia un punto especialmente áspero. En su documento Perspectivas de la OCDE sobre la educación digital 2026. Explorando usos efectivos de la IA generativa en la educación, advierte que estas tecnologías pueden mejorar el desempeño observable sin asegurar aprendizaje real. El señalamiento, además de que puede provocar un cierto escozor, toca uno de los nervios de la educación superior contemporánea: la tentación de confundir resultados pulcros con procesos pedagógicos genuinos.

Dicho de otra forma, una redacción más fluida y técnicamente depurada no equivale a una mejor comprensión. Un texto más ordenado no prueba que el mismo sea de autoría humana. Una buena y eficaz respuesta no sustituye a la reflexión y al pensamiento profundo. Si las IES pierden de vista esa distinción, entonces la discusión sobre IA generativa dejará de ser un asunto de innovación para tornarse en un grave problema de degradación académica disfrazado con el lenguaje de la modernización.

Algo parecido muestra Jisc (2025) al documentar que estudiantes recurren a estas tecnologías para escribir, investigar, tomar notas, revisar materiales y preparar presentaciones. La relevancia del hallazgo no está en los usos que describe el sitio, sino en el ritmo del cambio, pues evidencia que las prácticas avanzan más rápido que las mismas instituciones. Y cuando eso ocurre, las universidades simplemente corren detrás de aquello que deberían estar moldeando ellas mismas: los hábitos, las expectativas y el desarrollo cognitivo.

Por otra parte, sería un error cargar esta discusión únicamente sobre los hombros de docentes entusiastas, de los laboratorios de innovación o los comités de integridad. El asunto toca de lleno a la alta dirección universitaria. Ahí donde se toman las decisiones, donde se establecen los criterios de evaluación, los márgenes de autonomía académica y las formas de responsabilidad pública. Pensar que basta con ofrecer talleres y capacitaciones a la comunidad académica y administrativa sobre estos asuntos, mientras las rectorías y las direcciones generales de las IES permanecen sin una definición firme y clara sobre el problema, no es prudencia: es procrastinación.

Por ello convendría no hablar en abstracto y hacerlo sobre un piso mínimo de decisión institucional. No de un documento que integre una colección de generalidades, sino, más bien, de una base institucional capaz de ordenar decisiones estratégicas. ¿Qué usos se permitirán sin reserva? ¿Cuáles exigirán declaración explícita? ¿Qué materiales o datos no deberían salir nunca de los entornos institucionales? ¿Qué decisiones deben permanecer bajo juicio humano pleno? ¿Qué competencias conviene desarrollar para que el estudiantado no quede reducido a un mero operador dependiente de respuestas plausibles? Las respuestas a estas interrogantes importan porque obligan a fijar una postura clara y firme ante esa realidad y la institución educativa que no lo haga corre el riesgo de terminar aceptando, por omisión, la lógica de la comodidad y la de los proveedores de esas herramientas digitales.

Si las IES mexicanas comienzan a cuestionarse si estos sistemas pueden o deben tener cabida en la universidad, sin duda que habrán llegado muy tarde a esa discusión. En todo caso, la interrogante debería ser: ¿quién fija hoy las condiciones para su uso en las IES? Si la institución no lo hace con criterio propio, lo harán la inercia, el mercado, las presiones externas y la desigualdad de capacidades entre quienes ya aprendieron a servirse de estas herramientas y quienes todavía no miden del todo sus implicaciones.

El ecosistema universitario nacional tiene por delante hoy una decisión incómoda: puede seguir respondiendo a golpes de coyuntura o puede asumir, de una vez, que el problema ya es de conducción y entrarle a la parte más difícil, que es fijar reglas, repartir responsabilidades y sostener criterio frente a la presión por automatizarlo todo. Ese es el punto que ya no deberíamos seguir posponiendo.

Referencias
•Jisc. (2025, May 22). Student perceptions of AI 2025. Recuperado de: https://www.jisc.ac.uk/reports/student-perceptions-of-ai-2025.
•OECD. (2026). Perspectivas de la OCDE sobre la educación digital 2026. Explorando usos efectivos de la IA generativa en la educación. Recuperado de: https://www.oecd.org/en/publications/oecd-digital-education-outlook-2026_062a7394-en.html.
•Secretaría de Educación Pública. (2026, April 15). Presenta Mario Delgado a rectoras y rectores del país 10 acciones para el uso ético y crítico de la IAG en educación superior. Recuperado de: https://www.gob.mx/sep/prensa/boletin-137-presenta-mario-delgado-a-rectoras-y-rectores-del-pais-10-acciones-para-el-uso-etico-y-critico-de-la-iag-en-educacion-superior.
•Unesco. (2024). Guía para el uso de la IA generativa en educación e investigación. Unesco. Recuperado de: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000386693_spa.
•Wong, A. P. (2026, April 15). SEP presenta resultados de encuesta sobre uso de IA en educación superior: Ocho de cada 10 estudiantes la utilizan. Milenio. Recuperado de:
https://www.milenio.com/comunidad/sep-presenta-estadisticas-de-uso-de-ia-en-educacion-media-superior.

Raúl Contreras Zubieta Franco
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Periodista y editor especializado en gestión de la comunicación universitaria; maestro en Liderazgo y Gestión de IES; doctor en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; miembro de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia y Premio Nacional de Periodismo 2024.

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