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El futuro: realidad social y educación superior

Las casas de estudio deben escoger entre reaccionar ante las circunstancias o generar estrategias de cambio

Transcurridas las dos primeras décadas de este siglo resulta difícil imaginarse el futuro. Cuando todo cambia, “cuando nadie se baña dos veces en el mismo río”, como se afirmaba desde la antigüedad clásica, la novedad es que dicho cambio es cada vez más vertiginoso, adopta un ritmo más acelerado. En este México sorprendente de 2020-2021, en que la realidad social aparece fuertemente condicionada por la pandemia, resulta una empresa seria hablar de futuro. En el casi año y medio transcurrido desde su aparición, el factor sorpresa ha sido una constante y aún cualquier previsión seria es formulada con un carácter transitorio.

El condicionante mayor se ubica en la economía. Sólo un país como China, que tuvo un crecimiento de 3.2 por ciento en 2020, todos los demás vieron decrecer su producción nacional y, con ello, la aparición de fenómenos sociales derivados (desempleo, pobreza, mortalidad, cierre de espacios educativos, abandono escolar). En el caso de México, el impacto ha sido mayor. El país venía de una economía estacionaria (-0.3 por ciento en 2019), para cerrar 2020 con una caída de 8.2 por ciento del PIB. Aún y cuando las previsiones más optimistas señalan que 2021 será un año de 5.3 por ciento (Pre-criterios 2022; SHCP, 2021), y el siguiente de 3.6 por ciento, esto querría decir que, en el mejor de los casos, la situación prevaleciente hasta 2018 (PIB de 2.2 por ciento) sólo sería superada hasta 2023. Por lo que corresponde a otros indicadores de ahí derivados, como la distribución del ingreso per cápita, la situación se torna más difícil. La caída ha sido ya de 8.4 por ciento en 2020 y, optimistamente, sólo hasta 2028 se alcanzarían los valores de un decenio atrás.

En función de lo anterior, el futuro del Sistema Educativo Nacional estará determinado primordialmente por la realidad económica y social de los próximos años y, en segundo término, por lo que el propio SES pueda realizar. Un vistazo a lo que se pensaba 20 años atrás en torno al futuro indicaría la permanencia de situaciones que, señaladas como necesariamente superables, no lo han sido del todo, tal y como se muestra a continuación.

Situándose en la realidad nacional, un estudio de principios de siglo (Mazarr, 2005) en torno al futuro del país, afirmaba que un “retrato optimista sobre el México futuro” dependería de tres cuestiones estrechamente enlazadas: a) una economía nacional más fuerte; b) el fortalecimiento del Estado de Derecho; c) una continuidad en sus procesos de transición democrática. Como advierte el propio autor, de no darse estos elementos, el país tendría una regresión en los niveles alcanzados en su sistema social y económico. Por supuesto, las tres cuestiones condicionan también el futuro de la educación superior.

Por lo que se refiere a la educación superior, un trabajo de 2001, que se ha convertido en un clásico sobre el tema, es el de Gibbons. Para él, desde el inicio del presente siglo y a manera de vaticinio, indicaba que cinco aspectos contenidos en la educación superior del mundo deberían modificarse. Estos serían los siguientes: a) Tamaño: las instituciones deberán ser más reducidas; b) Trabajo en equipo: promover tal tipo de actividad, reconociendo la creatividad de los grupos académicos; c) Nuevo papel: las IES deberán jugar uno más activo dentro de los ambientes nacional, regional y local; d) Contexto: las IES deberán desarrollar muchas más actividades y diferentes modos en la relación con su entorno social; e) Flexibilidad: las IES deberán readecuarse frente a las nuevas demandas en materia de producción del conocimiento y a la “gran variedad de estudiantes” que habrá en los tiempos venideros.

Desde luego, dependiendo del contexto nacional cada uno de esos aspectos asumiría diferentes énfasis. Dicho contexto, que ya estaba claramente manifestado desde 20 años atrás en sus dos principales características (globalización y sociedad del conocimiento), seguirá normando la actividad de la educación superior y sus instituciones, particularmente la segunda de estas. Todo ello, además, es lo que seguirá dándose en el ámbito de la producción mundial.

Frente a ese tipo de realidades se gesta un conjunto de efectos negativos como los siguientes:

El retroceso inmediato en el ingreso per cápita y su incierta recuperación en ese indicador, en siete u ocho años, si la economía nacional no retoma pronto y sostenidamente su crecimiento. Esta última situación se torna más difícil de superar si se toma en cuenta la inequitativa distribución del ingreso familiar, así como las brechas regionales en materia de desarrollo.

Las dificultades económicas tendrán su inevitable repercusión en la recaudación fiscal y, por tanto, en las finanzas públicas. Como ya ha sucedido en los tres últimos años, las asignaciones para educación, ciencia y tecnología apenas han acompañado los índices de inflación.

Una situación demográfica en que el crecimiento de la población llegará a 148 millones en 2050, de los cuales casi un 23 por ciento tendrá más de 60 años, desapareciendo el todavía vigente “bono demográfico” (Conapo, 2018).

Los anteriores aspectos tienen su inevitable reflejo en la situación educativa del país: bajos presupuestos, inversión insuficiente, desempeños deficientes en materia de calidad (a la luz de las comparaciones internacionales). A esto se aúnan ciertas situaciones paradójicas de la educación superior: a) una demanda de ingreso que supera ampliamente a la oferta de plazas en las IES públicas; b) Un creciente número de egresados de educación superior (800 mil) frente a un mercado de trabajo que, por un lado, rechaza a un gran número de ellos o les otorga empleos que caen dentro de la subocupación; por otro, déficit en posiciones laborales muy calificadas que no alcanzan a llenarse ; c) una modificación constitucional que fijó los principios de gratuidad para los estudiantes del nivel superior y la obligatoriedad del Estado para sufragarla, sin que las leyes ordinarias (Ley General de Educación y Ley General de Educación Superior) establezcan fechas y procedimientos para ello.

Ante un futuro dominado aún por los fenómenos de globalización y sociedad del conocimiento, los sistemas de educación superior y sus instituciones tienen una clara disyuntiva: a) esperar que los cambios de contexto se vayan dando y que el SES, por su parte, pueda irse adaptando a tales cambios; b) o, que sus principales actores promuevan estrategias que permitan prever esos cambios, realizando acciones que generen impactos positivos.

Gibbons, M. (2001). Higher education relevance in the XXI Century. Washington DC: The World Bank

Mazarr M. J., & Reyes Heroles, F. (2005), México 2005: The challenges of the new Millenium. Whasingto DC: CSIS Press.

Acerca del autor

Carlos Pallán
Ex secretario general ejecutivo de la Anuies | capafi2@ hotmail.com

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