Lejos de beneficiar a las letras, este famoso galardón ha sido otorgado a escritores mediocres e incluso pésimos
La denominada “política cultural” es esto, precisamente: “política”. La literatura es otra cosa: el arte de la creación literaria. Por ello, el canon de las letras aspira a enaltecer las mejores obras, más allá de subjetividades. Pero ¿es posible ser objetivos en literatura? La respuesta es sí. Cuando valoramos la calidad literaria por encima de cualquier cosa. Cuando desvanecemos los prejuicios, leemos y releemos las obras (y no las biografías de sus autores) y evitamos leer en los prestigios y en los desprestigios; cuando no confundimos estética con moral y, sobre todo, cuando clausuramos, definitivamente, las puertas a las ideologías.
Queda claro que el canon de las letras universales está en las antípodas del Premio Nobel de Literatura y de la política cultural, pues a la Academia Sueca, que determina al ganador, no la impele, por encima de todo, la calidad literaria, sino la política, las concesiones extraliterarias, la rotación geográfica y la aspiración de quedar bien con los grupos de presión que impulsan lo políticamente correcto. La política cultural es, por definición, “democrática”, o lo ideal es que lo sea. Para el caso de la literatura, todo el mundo tiene derecho a participar en ella, aunque nunca consiga la cúspide de la cultura libresca. El canon no es democrático porque, por principio, es excluyente, sin que tenga que ser aristocrático: su fundamento es el culmen, la cúspide, no la base; la singularidad, no la masa; lo único, no lo numeroso.
Hace treinta años, en Nueva York, Harold Bloom, uno de los últimos, y pocos, grandes lectores de literatura, publicó El canon occidental (1994): un ejercicio crítico de primer orden en el que reflejó toda su experiencia lectora, su saber, su placer y su búsqueda de objetividad para presentar una “guía” útil a quien deseara conocer los grandes libros literarios que constituyen lo esencial de las letras que han influido en Occidente y que han marcado, en los lectores más atentos, su educación intelectual y sentimental. Treinta años después, este libro puede leerse y releerse con sumo placer, y sacar de él una experiencia inolvidable: un libro que habla de libros, una lectura que habla de lecturas, y que lo hace con gran conocimiento, con inteligencia y con profunda emoción crítica, porque su autor, como lector, es excepcional.
Traer a cuento los treinta años de El canon occidental, vinculando este libro con el Premio Nobel de Literatura, tiene el propósito de mostrar y de demostrar cómo este galardón tan prestigiado está muy lejos de producir el mayor bien a las letras universales, más allá de la venta de libros que beneficia sobre todo a la industria editorial más mercantilista y, muy de vez en cuando, al público lector que descubre a un escritor excepcional.
Bloom incluye en el canon moderno y contemporáneo (como una “profecía canónica” de la “Edad Caótica”) a 505 escritores entre los cuales están 58 que han sido galardonados con el Premio Nobel de Literatura, pero de los cuales once recibieron dicho premio después de publicado El canon occidental, lo que demuestra que la profecía canónica de Bloom se cumplió, con buenos escritores en un 34 por ciento de los 31 autores que la Academia Sueca laureó entre 1994 y 2024, es decir, un tercio de los que, para Bloom, eran canónicos: el irlandés Seamus Heaney (1995), el portugués José Saramago (1998), el alemán Günter Grass (1999), el trinitario-británico V. S. Naipaul (2001), el sudafricano John M. Coetzee (2003), el británico Harold Pinter (2005), la británica Doris Lessing (2007), el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio (2008), el peruano Mario Vargas Llosa (2010), el sueco Tomas Tranströmer (2011) y la canadiense Alice Munro (2013). Queda claro que los otros 20 galardonados con el Nobel no aparecen siquiera mencionados por Bloom en su libro.
Este gran lector, ensayista y crítico literario neoyorquino, nació en el Bronx, en 1930, y murió en 2019, en New Haven, Connecticut, a los 89 años. Alcanzó a enterarse de la concesión del Premio Nobel de Literatura al cantautor Bob Dylan, en 2016, ante lo cual sólo dijo tres lapidarias palabras: “es un chiste”. Ya no le tocó ver el otro chiste de la Academia Sueca: a partir de 2019, la concesión del Premio Nobel de Literatura de manera alternada (un año una mujer, y al otro un varón), como si la literatura tuviera sexo. Y ya que en 2018 no se anunció un ganador (porque la Academia Sueca era un nido de corrupción), esta práctica se formalizó en octubre de 2019, cuando se anunció el galardón correspondiente a 2018 para la polaca Olga Tokarczuk, y el correspondiente a 2019 para el austriaco Peter Handke.
Clásicos efímeros
Cuando leemos la lista canónica de más de quinientos importantes o grandes escritores universales, y la comparamos con la lista de los modernos y contemporáneos que ha premiado la Academia Sueca hay nombres grandiosos que saltan inmediatamente en el canon de Bloom frente a los nombres de “autores pasatistas”, como los llamó Roland Barthes, sostenidos sólo por la ola política y por la rotación geográfica en el atlas. Mencionemos unos pocos ejemplos: Paul Valéry, André Malraux, Michel Tournier y Marguerite Yourcenar, de las letras francesas; Joseph Conrad, Robert Graves, E. M. Forster, D. H. Lawrence, Virginia Woolf, James Joyce, Graham Greene, Aldous Huxley, Lawrence Durrell, W. H. Auden y George Orwell, de las letras inglesas; Rainer Maria Rilke, Bertolt Brecht, Robert Musil, Paul Celan, Thomas Bernhard, Hans Magnus Enzensberger y Friedrich Dürrenmatt, de las letras alemanas; León Tolstói, Mijaíl Bulgákov e Isaak Babel, de las letras rusas; Isak Dinesen, de las letras escandinavas; Milan Kundera, de las letras checas; C. P. Cavafis y Yannis Ritsos, del griego moderno; Amos Oz, del hebrero; Jorge Luis Borges, de las letras latinoamericanas, y decenas de grandes escritores de las letras estadounidenses, de los que a continuación citamos unos pocos ejemplos: Robert Frost, Edith Wharton, Wallace Stevens, Edgar Lee Masters, William Carlos Williams, Ezra Pound, Marianne Moore, Khaterine Anne Porter, F. Scott Fitzgerald, Eudora Welty, Langston Hughes, Edmund Wilson, Robert Lowell, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Vladimir Nabokov, Tennessee Williams, Raymond Carver, Thomas Pynchon, Philip Roth, John Ashbery, Gary Snyder, Charles Simic y Mark Strand.
Es una desvergüenza de la Academia Sueca, imperdonable y escandalosa, su negativa a conceder el Premio Nobel de Literatura a los grandísimos escritores Tolstói, Valéry, Yourcenar, Virginia Woolf, Joyce, Graham Greene, Auden, Orwell, Rilke, Celan, Kundera, Cavafis, Pound, Nabokov y Borges, lo cual es aún más vergonzoso cuando revisamos su lista de los 117 galardonados, hasta ahora, de 1901 a 2024, en la que abundan los pasatistas y no faltan los mediocres, los pésimos y las absolutas nulidades.
Jorge Luis Borges escribió lo siguiente en 1936: “Uno de los reglamentos del Premio Nobel […] decreta que [el de Literatura] debe ser adjudicado, sin consideración de la nacionalidad del autor, a la obra literaria de mayor mérito. […] El honrado propósito esencial de que se repartan los premios imparcialmente, sin distinción de la nacionalidad del autor, se resuelve de hecho en un internacionalismo insensato, en una rotación geográfica. […] Los derechos de las pequeñas naciones tienden a prevalecer sobre la justicia. Yo no sé, por ejemplo, si dentro de cien años la República Argentina habrá producido un autor de importancia mundial, pero sé que antes de cien años un autor argentino habrá obtenido el Premio Nobel, por mera rotación de todos los países del atlas”.
Faltan menos de doce años para que se cumpla la profecía de Borges, y aun cumpliéndose, lo imperdonable es que se puede premiar con el Nobel de Literatura a cualquier escritor argentino, pero no se distinguió con él al más grande y universal que ha dado esa nación y toda la América de lengua española en el siglo XX: el propio Borges.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
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