Podcast CAMPUS
Al aire

¿De qué sirve leer libros?

La lectura no es simple entretenimiento; tampoco es por sí sola un acto subversivo

Hay incomprensión de lo que se quiere decir cuando se afirma que leer libros “es divertido”. “¡Ay!, cómo me he divertido con Crimen y castigo, de Dostoievski”. ¿De veras? A veces los libros son “divertidos”, conforme a la etimología latina divertere (de di-, “aparte”, más vertere, “voltearse hacia”): “desviarse, separarse”. Queda claro que Crimen y castigo no es un libro “divertido”. La profundidad del conflicto humano, en la escritura de Dostoievski, no admite ese torpe calificativo. Quien se asume “lector”, espera de los libros más que la simple “diversión” (recreo, distracción, pasatiempo, solaz), y los libros más profundos, los más sublimes del espíritu humano, resultan injuriados si los calificamos como “divertidos”.

En cambio, hay otros, ¡muchísimos!, que simplemente nos distraen y nos entretienen. No está mal, pero tampoco es lo mejor de un libro, pues si afirmamos que La metamorfosis, de Kafka, es un libro “entretenido”, George Steiner nos diría que, técnicamente, somos capaces de leer letra impresa, de decodificar el tejido verbal, pero somos “analfabetos en el único sentido que cuenta”. Analfabetos emocionales. Por ello, andar por el mundo pregonando que “leer es divertido” es un cliché de moda que define a la lectura superficial.

En las antípodas, se oye muy “revolucionario” proclamar que “leer es subversivo”. Y, sí, a lo largo de nuestra historia ha habido autores, lectores y libros “subversivos”; muchos de ellos extraordinariamente subversivos y grandiosos, como Las flores del mal, de Baudelaire, o Madame Bovary, de Flaubert, y El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, pero no, por cierto, El libro rojo de Mao: un manual de adoctrinamiento político que no buscaba la subversión, sino la sumisión. Los libros doctrinarios nunca son subversivos.

Es muy sencillo de comprender: el adjetivo “subversivo” no puede estar en boca de quienes detentan el poder establecido. Y esto se les olvida a no pocos funcionarios y burócratas de la mediana o alta jerarquía cuando se llenan la boca con el término “subversivo” y lo hacen salir como una burbuja de saliva que les explota en la cara. Subversivo es lo que se opone al poder establecido. El diccionario de la lengua española es muy claro al respecto. El verbo transitivo “subvertir” (del latín subvertěre) significa “trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido”. De ahí que el sustantivo “subversión” designe la acción y efecto de “subvertir”, y el adjetivo “subversivo” (del latín subversum, supino de subvertěre) califique al “capaz de subvertir, o que tiende a subvertir, especialmente el orden público”.

Ningún poder (económico, político, social, militar, académico, cultural) que forme parte del orden público puede autodenominarse “subversivo”, a riesgo de comerse media lengua. Ejemplifiquemos. Subversivo fue Daniel Ortega cuando combatió a Somoza. Hoy es un déspota, como lo fue Somoza, y subversivos son los que se oponen a Ortega en Nicaragua, no los que lo apoyan. Subversivos fueron los revolucionarios cubanos, incluidos los hermanos Castro, cuando echaron a Batista del poder, hasta que establecieron una dictadura policíaca y un orden político que persiguió, encarceló y asesinó a los opositores que, entonces, eran los verdaderos subversivos. Subversivos son hoy los jóvenes que se levantan contra el castrismo, no los gobernantes y capataces que los reprimen y los encarcelan ni los que loan a ese gobierno dictatorial y hacen tratos con él (como invitar a hablar de libertad a su “presidente”, en México, cuando en Cuba no la hay, o como poner en la isla, de la mano de las represora s autoridades cubanas, ¡una librería del Fondo de Cultura Económica!).

Si leer es subversivo, hoy, en Cuba, son subversivos quienes no están de acuerdo con el gobierno dictatorial castrista. Subversivo fue el Manifiesto comunista de Marx, pero no los discursos de Fidel Castro contra los escritores e intelectuales cubanos disidentes, esto es, contra los subversivos a los que llamó “gusanos”. Subversivo es el libro Regreso de la URSS, de André Gide, no los panfletos maoístas de Sartre. Subversivos son los poemas de Anna Ajmátova en el formato clandestino samizdat en la URSS, pero de ningún modo las odas y las loas de Pablo Neruda a Stalin que constituyen una vergonzosa sumisión de la poesía frente al poder totalitario, además del indigno culto a la personalidad hacia el genocida bigotudo.

¿Leer es subversivo? Depende de lo que se lea y desde dónde se lee. Nada desde el poder dominante puede ser subversivo. El “subversor”, es decir, el que subvierte, sólo puede estar en el poder político si altera el orden establecido de ese gobierno al que pertenece y en el que cobra un sueldo. Un funcionario es un empleado a sueldo del gobierno y a veces cuanto dice y hace en favor de ese gobierno es lo que, equivocadamente, entiende por “trabajo”: por ejemplo, adular o gritar “vivas” a su patrón a fin de no perder el empleo. Y no es subversivo, sino alineado (y alienado) como apologista de ese gobierno que prescindiría de él si realmente fuese subversivo, es decir, contrario al poder que representa. Por ello es gracioso oír decir a un funcionario que “leer es subversivo” mientras echa loas al gobierno del que es juez y parte.

Una cosa es cierta: ningún poder político, eclesiástico, castrense, económico, cultural, etcétera, busca formar lectores “subversivos”, sino todo lo contrario: su propósito es formar lectores sumisos y, en el mejor de los casos, lectores afines. Leer jamás ha sido un acto neutral, y los libros mismos, al igual que sus autores y lectores, no son neutrales; de ahí que el poder, cuando da de leer, da de leer lo que le conviene, no aquello que lo pueda poner en entredicho. En este sentido se trata de una labor de lectura siempre formativa para la obediencia, no para la duda ni mucho menos para el cuestionamiento. Es un adiestramiento.

  1. S. Vigotsky (1896-1934), el Mozart de la pedagogía, sentenció: “La comprensión justa y científica de la educación no consiste en modo alguno en inocular artificialmente en los niños ideales, sentimientos o criterios que les sean completamente ajenos. La verdadera educación consiste en despertar en el niño aquello que tiene ya en sí, ayudarle a fomentarlo y orientar su desarrollo en una dirección determinada. Lo que ahora más nos importa no es la teoría general de Tolstói sobre la educación, nos interesa la admirable descripción que nos hace del despertar de la creación literaria”.

Mucho se habla, en relación con la lectura, de que los gobiernos se ocupan y preocupan de crear, con los procesos lectores y con las prácticas de lectura, “ciudadanos libres”, “emancipados”, “atentos a la realidad y cuestionadores del poder”. En realidad, no. A lo largo de la historia, ningún gobierno ha hecho esto. No ha formado jamás ciudadanos críticos para que luego cuestionen al propio poder político; busca, en cambio, formar personas convencidas de algo y, especialmente, de las bondades del poder. En mi libro Historias de lecturas y lectores, en 2009, le formulé una inocente pregunta a Eduardo del Río, “Rius”: “¿Crees que a los gobiernos les interesa realmente que la gente lea?”. Su respuesta fue lapidaria: “Obviamente, no. Los gobiernos son felices con súbditos ignorantes”.

El poder político encomia la lectura. Pero ¿de qué sirve leer libros? Idealmente, aguza el espíritu y la inteligencia, afina los sentidos, nos hace dudar, cuestionar y cuestionarnos; amplía el mundo, y es también un goce. Pero el libro no es un fetiche ni un tótem. Depende qué leamos y cómo actuemos después de leer. Hitler leía y, a diferencia de Cristo, hasta tenía biblioteca, para decirlo parafraseando al gran Pessoa. También los tiranos leen, y los necios y los fanáticos; y el fundamentalismo no se cura necesariamente con lecturas: en ocasiones, las lecturas lo agravan. Lo que sí debemos saber es que la subversión de la lectura, como ya lo indica el término, es siempre una disidencia; jamás un servilismo; nunca una sumisión.

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Deja un comentario


newsletter
campus

Recibe directamente en tu correo electrónico la edición semanal de Campus con los artículos de opinión más destacados sobre el sector educativo y los temas de coyuntura nacional e internacional.

Bienvenido

Contenido exclusivo para suscriptores

CAMPUS

Ingresa a tu cuenta

Regístrate a Campus

Contenido exclusivo suscriptores

Modalidad en línea

  • Examen de Habilidades y Conocimientos Básicos

ESTAMOS PARA SERVIRTE

Mándanos un mensaje para atender cualquier apoyo que necesites sobre el sitio Campus, el suplemento semanal, nuestros productos y servicios.

25 años de experiencia realizando evaluaciones computarizadas

Examen de Competencias Básicas de Egreso
(Excoba/Egreso)

Evalúa con precisión aprendizajes que son esenciales al término de la educación básica y de la Educación Media Superior

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on pinterest
A %d blogueros les gusta esto: