Combatiendo la inseguridad alimentaria Entre cubrebocas y fogones
En plena Navidad, observando cómo el cristal del horno se va empañando a medida que el pavo se va cociendo, envuelta en aquel olor de especias, mantequilla y vino que invita a salivar, recordé la complicada época que vivimos en 2020 debido a la pandemia de covid-19, cuando todo era temor y caos, y una gran cantidad de personas del sureste de México vivía la incertidumbre de conseguir comida en el día a día.
Mientras unos “bañaban” la bolsa de frituras de maíz y las compras del supermercado con jabón y agua para tratar de evitar contagios, otras familias enfrentaban el hambre. El Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), por medio de la Encuesta nacional de características de la población durante la pandemia (ENSARS-CoV-2), señaló que una de cada tres personas en México pasó por alguna experiencia de inseguridad alimentaria, y estimó que 90 por ciento de quienes enfrentaron esta situación fue debido a la falta de recursos económicos para adquirir alimentos (INSP, 2020).
Otros factores que influyeron en la inseguridad alimentaria fueron la disminución de variedad de alimentos, la ingesta menor a la cantidad acostumbrada y la preocupación de que los alimentos se agotaran o terminaran.
Hay que recordar que debido a las medidas implementadas para tratar de frenar la cifra de contagios, el temor a enfermarse y las pérdidas económicas, muchas empresas o negocios —grandes, medianos, pequeños y micro— se vieron en la necesidad de recortar su planta trabajadora o cerrar sus puertas, lo que generó una disminución en los ingresos familiares. Específicamente, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) estimó que, entre octubre de 2020 a julio de 2021, al menos 1.6 millones de negocios cerraron de forma definitiva, provocando así una limitante considerable en el poder adquisitivo de las familias para comprar comida (Inegi, 2021).
Uno de los estados más afectados a nivel económico por la pérdida de empleos fue Quintana Roo, donde 46.59 por ciento de negocios cerró debido a la falta de turismo (Banco de México, 2021). Siendo una entidad que tradicionalmente brinda oportunidades laborales a personas provenientes de comunidades rurales e indígenas de los estados vecinos de Campeche y Yucatán, al estar inactivos prácticamente la mitad de los negocios enfocados en el turismo, muchas familias yucatecas se quedaron sin una entrada económica, lo que se tradujo en inseguridad alimentaria.
La sazón de doña Marta
Como si de un capítulo de alguna telenovela mexicana se tratara, a la par del incremento de contagios de covid-19 en Yucatán también surgieron diferentes iniciativas solidarias enfocadas en la alimentación. Las más grandes o visibles se desarrollaron en contextos urbanos y se centraron en la recolección de alimentos para su posterior donación al interior del estado, como Yucatán Solidario, iniciativa conjunta entre el gobierno estatal y organizaciones sin fines de lucro que entregaron más de una tonelada de alimentos perecederos y no perecederos, artículos de higiene personal y de limpieza (Fitzmaurice, 2020).
En comunidades rurales, aquellas alejadas de Mérida, las iniciativas emergieron en entornos muy complicados, no solo por la emergencia sanitaria sino por circunstancias relacionadas con sucesos climatológicos como huracanes e inundaciones. Llamó mi atención en los titulares de los periódicos locales Dzilam González, un municipio de la región centro norte de la península de Yucatán con una población de alrededor de 6 mil 120 habitantes cuya principal actividad es el campo y donde emprendieron un intercambio o trueque de alimentos con las poblaciones vecinas de Dzilam de Bravo y Dzidzantún. Investigando a fondo, por medio de visitas al municipio, pude documentar el desarrollo de pequeñas iniciativas totalmente altruistas, en las cuales las personas donaban su tiempo, alimento o apoyo económico para ayudar a las familias más vulnerables.
Doña Marta, habitante de Dzilam González —de entre 50 a 60 años de edad y de aquellas mujeres que portan el hipil con orgullo y que al salir el sol le dan las gracias a Dios por aquel día— y dueña de una frutería local, me platicó en una entrevista que vio disminuidos sus ingresos por la falta de clientes y que tras el paso de un huracán que inundó gran parte del municipio, incluida la casa de una de sus hijas, inició su propia iniciativa solidaria para las personas más necesitadas. Diariamente durante un mes, con ayuda de dos de sus hijas y dos de sus hermanas, cocinaba al menos 100 raciones de comida para donarlas a las personas más vulnerables de la localidad, entre ellas vecinos que habían perdido sus trabajos, personas que retornaban de Quintana Roo sin ingresos económicos, familias con sus viviendas inundadas y personas contagiadas de covid-19. En sus propias palabras: “…fui una de esas personas que siempre hacia comida para regalar a los enfermos, pasaba de casa en casa, sabía más o menos dónde… cocinábamos pollo asado con sopa, potaje de lentejas o de frijol blanco, frijol con puerco, bistec, se preparaba y se llevaba a la gente que necesitaba y a los enfermos de covid… dimos raciones de comida para más de 100 familias durante un mes, diario… gracias a Dios se logró”.
Al grito de “¡oye, te mandaron esto!”, un equipo de 6 voluntarios, protegidos por un cubrebocas y con una botella de gel antibacterial en el bolsillo, se encargaba de entregar la comida, ya sea en bicicleta, moto o caminando entre las calles inundadas, con o sin contacto con la persona o familia beneficiada. Las personas enfermas dejaban afuera de su vivienda una mesa o silla en la que los voluntarios les dejaban la comida, para así disminuir la posibilidad de un contagio: “Nos sentíamos bien, más que nada sabiendo que llevar un plato de comida cuando a veces no había, era algo hermoso, porque no se lo esperan…y pues me alegra ver la cara feliz de alguien cuando le llega la comida”.
A pesar de su terrible dolor al perder a una de sus hermanas por la pandemia, doña Marta recuerda con amor aquella etapa: “ …lo más hermoso para mí fue que cuando llegaban los repartidores decían: ‘oye, dile a doña señora que muchas gracias, que Dios los bendiga, no nos esperábamos esto’. Las gracias eran algo muy importante…me siento bien, muy bien de haber dado un granito de arena de todo lo que Dios nos ha concedido, porque si no fuera por la gracia de Dios no tendríamos lo que tenemos, y por qué no dar lo que él también nos comparte…”.
Al igual que doña Marta, otros vecinos de Dzilam González realizaron donaciones en especie, apoyo para salir a comprar a la farmacia o a la tiendita de la esquina o inclusive préstamos de efectivo u hospedaje a familias con viviendas inundadas. Sin lugar a duda, la covid-19 nos recordó lo significativa que es la solidaridad con quienes más lo necesitan y la importancia de estar unidos como comunidad frente a las adversidades, o como dice doña Marta: “…fue algo maravillosa la experiencia de ayudarnos, y si nos volviera a tocar, ahí volveríamos a estar con mucho amor para ayudar a todos los que lo necesiten”.
Así que después del “tiin” del horno y de comprobar que el pavo se coció, algo seco a mi gusto, pero eso sí…bien cocido, pude sentarme a la mesa para disfrutar de la cena de Navidad, agradecida por la fortuna de tener alimentos, de haber podido charlar con personas tan interesantes y solidarias, y sobre todo de poder compartir la historia de doña Marta para inspirar a más personas a unirse en favor de los más necesitados, para que todos podamos disfrutar de un buen plato de comida y disminuir la inseguridad alimentaria.

Ana Nadal
Departamento de Salud.
El Colegio de la Frontera Sur.