Cambio de paradigma

Recordamos Antonio Caso, humanista opuesto a la filosofía positivista imperante en su época

“Ser es luchar, vivir es vencer”
M. Le Dantec

En ediciones anteriores apuntamos unas breves líneas sobre el humanismo y el origen de las humanidades en México. En esta ocasión, plantearemos una de las ideas angulares de Antonio Caso, quien en las palabras de Alfonso Reyes difundió por las aulas “las nuevas verdades”, derrocando al positivismo.

“La vida, en su economía, es un triunfo alcanzado sobre el medio, sobre el enemigo o sobre el semejante que, por la similitud de sus necesidades y organización, es el enemigo por antonomasia” planteó Antonio Caso en su magnífico ensayo “La existencia como economía y como caridad”.

En la idea anterior lo que critica nuestro autor del día de hoy es ese espíritu competitivo desarrollado por las ciencias y que ha derivado en una industria capitalista en todos los sectores: la salud, la agricultura, la educación, etc. No obstante, la evolución de la vida social, reclama hoy otra actitud, como la colaborativa, la empatía y la caridad. Veamos.

Caso, visionario, advirtió desde la primera década del siglo pasado: “el defecto fundamental de la educación puramente científica, desde el punto de vista moral, es que implica una práctica asiduamente egoísta y utilitaria, no sólo incompleta, sino peligrosa”.

Hoy en día podemos hablar de los propósitos que guían las luces pedagógicas, entre ellas encontramos por ejemplo la visión de colectivos como “Mexicanos primero”, quienes exigen e impulsan la calidad educativa al convenir a sus intereses un propósito claro: aumentar la competitividad, la productividad y por ende incrementar la riqueza.

En el lado opuesto, el ejemplo nos lo brinda un gran educador y defensor del proletariado, Vicente Lombardo Toledano. Toledano, activo en los retos de la clase obrera, planteó hace poco más de medio siglo como “en todas las reuniones de trabajadores, a propósito de cualquier problema, surge el insoluto de educar a los compañeros y a sus hijos y de capacitarlos para el entendimiento y la futura dirección de las empresas de que forman parte, a fin de garantizar sus intereses y vigilar la táctica social del capitalismo”.

Como se observa, hay visiones encontradas sobre los fines de la educación, para Antonio Caso “un pueblo que se educa nomás en la ciencia; es un pueblo sin entusiasmo, sin ideal…Los jóvenes que sólo educación científica reciben, tienen que convertirse, a fortiori, en nimios calculadores egoístas, sistemáticamente egoístas”.

Aquí, otro gran educador se convierte en nuestra luz y guía, el gran José Santos Valdés, quien categórico asegura: “No es la escuela la que en último trance condiciona a la sociedad sino al revés, es la sociedad la que condiciona a la educación”.

Para sostener el dicho, dos ejemplos que nos brinda el propio Santos Valdés. El primero, una anécdota, la cual, consideró que hemos vivido la gran mayoría de alguna u otra forma. Santos Valdés, en su labor como supervisor en las escuelas públicas nos cuenta como “alguna vez con una emoción que se hizo lágrimas, un maestro me contó cómo para sus alumnos era un tonto porque sabiendo tanto era pobre, mientras que, un don X, que era un ignorante, era el más rico del pueblo”.

Pero no se trata sólo de la crueldad que a veces pueden ejercer los infantes, sino de un acuerdo social, para ello, la siguiente reflexión como ejemplo: “el maestro tiene que predicar el amor al árbol; plantarlo, cantarle, decirle versos. Pero los que talan millones de hectáreas de bosques ganan millones y gozan de todo el respeto y el respaldo de la sociedad”, mete el dedo en la yaga Santos Valdés.

Por lo anterior, recuperar el planteamiento filosófico de Antonio Caso, es ineludible. Por la pandemia, por la explotación desmedida del medio, por las lacerantes brechas en el acceso a los derechos humanos; toca un cambio de paradigma, durante el siglo XX fue competir, en esta hora del mundo, considero que o somos colaborativos, empáticos y compartidos o simplemente dejamos de ser.

Caso impulsó la necesidad de recordar “constantemente a la juventud que hay algo superior a la existencia como economía, y es la existencia como desinterés y como caridad”, más aún, utilizar al arte como esa arma cargada de futuro. “El arte ha de representar, junto con la caridad, con el desinterés supremo del bien, con la vida centrífuga del justo, un elemento imprescindible de la educación”.

Si deseamos vencer en este siglo, debemos despertar la generosidad que hay en nosotros. La incertidumbre y ansiedad generadas con la pandemia se neutralizan con una paz interior y la esencia de la paz interior surge con la bondad, con un espíritu caritativo; ese que es tan señalado en fechas como la navidad, sólo así podemos alcanzar las grandezas del desarrollo verdaderamente humano.

Héctor Martínez Rojas
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