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Sobre la difusión del conocimiento científico y otro asunto clave

Hace tiempo, publicar en una revista científica de prestigio era una de las mayores aspiraciones de los académicos, hoy es necesario escribir menos y difundir más para generar un impacto social

Hace medio siglo, la aspiración de un joven académico era publicar un artículo en una revista científica de prestigio. Había unas cuantas. Las citas también eran escasas. Años en que las ciencias y las ciencias sociales estaban desarrollándose en el país. Financiamiento institucional poco, pero efectivo.

La llegada del Conacyt, en 1970, impulso la publicación académica. La crisis de los ochenta golpeó duro a los académicos en sus ingresos. Apareció el SNI (1984) dando becas y tuvimos que voltear hacia él para mejorar la economía familiar. De ahí en adelante, surgieron demandas que exigieron elevar la producción anual de artículos. A querer o no, el SNI modificó el ritmo de la vida académica, se creó un modo de producción competitivo. Publicar o perecer. Con todo y su efecto Mateo.

A medida que se favoreció a la investigación sobre la docencia, se reclamó un mayor promedio de publicaciones. Todos a escribir y a publicar. Pero en revistas indizadas y en editoriales de prestigio. Con la expansión académica se volvió más difícil publicar y, para los dictaminadores, leer todo, o lo más relevante de lo publicado por los investigadores. Cantidad sobre calidad. No importa tanto el contenido, sino qué revista o editorial lo publica. 

La ampliación institucional y el crecimiento de la comunidad académica han posibilitado que aumente el volumen de publicaciones. Veamos. En México, hay algo más de 33,000 investigadores nacionales. Sí cada uno publica 2 artículos en promedio al año, tenemos algo más de 66, 000 textos. En el explorador de datos de la UNAM se encuentra que la producción de artículos en el país ( 2019) fue de 25114 artículos,  que representa 1.7 veces más de lo que se producía apenas cinco años antes. El crecimiento de las revistas fue menor (0.92) en el mismo lapso. Puede suponerse que hay un volumen de producción académica que no se publica en los medios “reconocidos”, siendo una parte del mismo de buena calidad.

La publicación digital comienza a adquirir dinámica. Se fomenta en Internet, de acceso abierto, y se muestra que son publicaciones que tendrán continuidad. Han aparecido revistas digítales que tienen solidez académica y que se ponen en la red para que puedan consultarse ampliamente. Hay algunas que ya circulan por toda América Latina. Las publicaciones digitales se van a multiplicar; incluye la puesta en línea de las existentes.

Esta tendencia abre un espacio para discutir qué y cómo valorar el trabajo académico. Necesitamos preparar cuadros de alto nivel, apoyar a la docencia, y escribir menos con más impacto social. Es indispensable contar con nuevos criterios e instrumentos de evaluación que, además, tengan en cuenta   el trabajo de difusión científica con ideas fuerza que se publica en los medios masivos.

En una época como la actual, la pandemia ha disparado la producción científica en la arena internacional, en el campo de la medicina. Pero, asimismo, ha habido explosión de escritos sobre los efectos sociales de la pandemia: economía, sociedad y política. La situación crítica del país, después de la pandemia, requerirá producir un conocimiento interactivo de disciplinas de distinto orden, para colaborar con la sociedad en la resolución de sus problemas y en la elaboración de proyectos que estimulen el desarrollo, el manejo institucional y social de las tecnologías digitales.

Hay varios problemas a resolver. En México, y en el mundo, se producen miles de artículos de todas las calidades, con conocimientos contradictorios o interpretaciones mal sustentadas, que pueden llevar a un exceso de información que provoque errores en la toma de decisiones.  Otro problema es cómo salir desde las universidades y centros académicos con conocimientos fundados que puedan transmitirse a la opinión pública para que esté orientada. Y,  el tercer punto es cómo publicar textos con rigor académico a una mayor velocidad.

Aparte. Por ahora, en México, es necesario recomponer la relación de las instituciones con los grupos sociales que las soportan. Un ejemplo de ello es lo que pasa entre los investigadores nacionales. Están sintiendo malestar y urge cambiar la óptica con la que se les trata. En la UNAM ocurre algo similar con los profesores, porque hay una porción pequeña de los de asignatura a quienes no les han pagado su salario. Pero, la problemática es más de fondo. ¿Qué pasa con los académicos? (Suárez y Muñoz, 2016).  Es un artículo donde se analizan las cuestiones de estructura y sirve para entender la coyuntura que se vive. Algunos datos actuales. El CAM-UNAM señala que los profesores de asignatura en la institución son 26877 (64% del total). Y también indica que, el poder adquisitivo del salario de los académicos se ha reducido a la mitad entre 2001 y 2019, mientras que, la canasta alimenticia recomendable para este grupo se ha encarecido cuatro veces. O sea. Hay pauperización y precarización del trabajo. Y, entonces, hay que hablar de este problema, que podría nutrir la movilización que se está armando.

Acerca del autor

Humberto Muñoz García
Programa Universitario de Estudios sobre la Educación Superior | recillas@unam.mx

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