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¿Quién pagó la fiesta?

La inauguración del Mundial dejó una pregunta incómoda: ¿quién decide cómo se muestra México ante el mundo? A partir de una mirada crítica, este texto analiza cómo la FIFA convirtió al país anfitrión en un escenario decorativo, privilegiando estereotipos y símbolos simplificados sobre la diversidad, complejidad y riqueza de la identidad mexicana
Lo transmitido el 11 de junio fue la representación de lo que no es México.

Las inauguraciones de eventos deportivos han sido desde el siglo pasado la ventana para conocer a los países anfitriones. Se han utilizado como herramienta de poder blando, para generar reconocimiento, admiración y aspiración.

Cuando llegamos a una fiesta, lo educado es preguntar a quién le agradecemos la invitación. Pero también está la persona que la pagó, y dicen que quien paga manda, así que seguramente las decisiones fueron aprobadas por él.

Cuando se organiza un mundial de futbol, la fiesta se financia entre el país anfitrión, los patrocinios y la FIFA. Sin embargo, para este mundial, aunque los que pagan siguen siendo los mismos, las reglas, decisiones y beneficios le pertenecen al dueño de la marca del mundial.

Las inauguraciones de eventos deportivos han sido desde el siglo pasado la ventana para conocer a los países anfitriones. Se han utilizado como herramienta de poder blando, para generar reconocimiento, admiración y aspiración.

Pero por primera vez, para México la inauguración no dependió ni del comité organizador, ni de la Federación Mexicana de Futbol, sino de la FIFA. La inauguración fue planificada como un solo evento dividido en tres partes, en donde cada país tendría la propia y todas han sido planificadas por Marco Balich, director artístico de 13 inauguraciones de Juegos Olímpicos y de la inauguración de Catar 2022. Él ha declarado que todas las partes tienen el mismo eje conductor y presentarían los elementos más característicos de cada uno de los países sedes, y la de México sería “…orgullosa, folclórica, bonita, caótica y agradable.” Todos adjetivos que es poco probable que el mexicano común le ponga a la cultura mexicana.

Lo que vimos el jueves 11 de junio fue la representación de lo que no es México, ni de cómo desearía nuestro gobierno (actual y pasados) que el país fuera percibido en el resto del mundo. Este fue el mejor ejemplo de los lugares comunes y la imaginería sin conocimiento del que consume una cultura mexicana de envase.

Así que la fiesta no es nuestra, ni siquiera de quien gobierna tanto el país como las ciudades sede. Esta fiesta es de la FIFA y nada más. Eso sí, hemos aprendido cómo nos quieren ver, quiénes creen que somos y lo que les interesa más consumir de México.

Y entre muchas cosas, nos dimos cuenta de que del Río Bravo hacia el sur, todos somos lo mismo. Si bien tuvimos a una Lila Downs en esta inauguración, no la vimos cantar, nos hizo la representación de una sacerdotisa prehispánica que da la bienvenida al mundo a una fiesta que, entre las condiciones internacionales y las locales, está un poco deslucida. Eso sí, rodeada de danzantes emplumados para una fotografía de lo exótico y lo que se imagina como histórico.

El momento contemporáneo nos lo presentó el grupo Maná con una canción, no sus éxitos, como las señales internacionales pusieron en sus cintillos. Pero al menos el estadio sí cantó porque todos se la sabían. Para mostrarnos el alma de fiesta que tenemos, nos presentaron a los Ángeles Azules, acompañados de Belinda. Y hasta aquí llegaron los artistas nacionales porque los siguientes artistas invitados provocaron que entre los mexicanos mayores de 40 dijeran: ¿Esos quiénes son? Y que los de menores de 40 dijeran: ¿Y eso qué?

Aparecieron Danny Ocean, J. Balvin y Ryan Castro con ritmos que no son mexicanos, pero que sí son latinos, para que a cualquier espectador del norte global le suenen a que sí puede ser de México. Una reproducción del medio tiempo del Super Bowl, simplificando con símbolos que ya se conocen. Y así, a falta de contenido, nos presentaron el estereotipo de lo latino como comodín.

Shakira con Burna Boy interpretaron la canción oficial del mundial, y más allá de los memes por la continuidad y permanencia de Shakira como artista del mundial, nos mostraron cómo América Latina está en el mismo saco que África. No existen para el primer mundo como países y culturas independientes, toda la región es lo mismo.

Al final, México no es el anfitrión del mundial, es el objeto del dueño de los derechos. No pudo verse en el estadio el sombrero de paja gigante que proclama ¡Viva México! En su lugar vimos unas viseras de cartón con dibujos alusivos al mariachi, una forma de darnos el símbolo, pero simplificado. Se ha llegado a tanto que el Estadio ya no es el Azteca, es el Estadio Ciudad de México, porque para la FIFA el estadio es utilería, no historia.

Al final nos rentaron el país como locación y enseñaron un México descafeinado. La oportunidad se fue, no mostramos ni lo que somos, ni lo que queremos ser, ni lo que intentamos que crean que somos. La fiesta fue tomada por los que creen que del Río Bravo al sur todo es monte.

Blanca Algarra Alba es Licenciada en Antropología Social por la Universidad Autónoma Metropolitana, Maestra en Estudios Internacionales por el Tecnológico de Monterrey, Estudios de Doctorado en Ciencias Sociales por el Tecnológico de Monterrey. Cuenta con más de veinte años como profesora e investigadora en el Tecnológico de Monterrey. Profesora e investigadora en diversas universidades nacionales e internacionales, destacando la Universidad de Fudan en la R.P. C., así como de la Fundación Corea en su programa e-School para América Latina.

Blanca Algarra
Tecnológico de Monterrey |  + posts

Profesora del Tecnológico de Monterrey

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