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¿Para qué sirve la universidad?

La legitimidad y la autonomía de las instituciones de educación superior han mutado desde su origen y parece que continuarán haciéndolo en el futuro

No es fácil identificar el significado contemporáneo de la universidad. A pesar de los casi mil años de su historia en Europa (Bolonia), y de los casi quinientos de su aparición en el primer poblado europeo de la isla La Española en el caribe americano (hoy Santo Domingo), su definición institucional es complicada. No sólo es un asunto de caracterización amplia o detallada de su misión, de enunciar los valores que representa, de clasificar las funciones que cumple o debe cumplir en las sociedades contemporáneas. Tampoco se trata de medir la calidad de sus procesos de enseñanza o de investigación, o de ubicar sus posiciones en los rankings nacionales o internacionales, algo que está de moda desde hace algún tiempo. Se trata de un asunto más complejo: definir no sólo qué es hoy la universidad, cuál es su importancia social, qué representa.

Como siempre, las instituciones son siempre, en buena medida, una hechura de sus contextos, y las universidades no escapan a esta vieja afirmación sociológica. Expresan sus tensiones, arreglos y contradicciones, reproducen de manera original, a la vez similar y contradictoria, sus conflictos, incertidumbres y ambiguedades, evolucionan, cambian o se adaptan a exigencias externas o a sucesos inesperados. Pero las univesidades también desarrollan una vida interna propia, que ayuda a traducir los contextos en intereses, creencias y representaciones en los patios interiores de los campus universitarios. En este proceso se desarrollan tensiones, se acumulan contradicciones y se producen acuerdos más o menos estables. Hay comportamientos cooperativos pero también frecuentes estampas de conflicto, largos períodos de estabilidad y turbulentos episodios de movilización, rebelión y épicas de cambio. Los universitarios configuran comunidades extrañas, paradójicas, interesantes. Forman tribus y territorios en torno a disciplinas y áreas del conocimiento, construyen un “orden de lealtades” basado en afinidades electivas, políticas y afectivas, desarrollan instintos y códigos de adaptación que se traducen en rutinas, hábitos y costumbres.

Un argumento de carácter explicativo es que el significado contemporáneo de la universidad puede construirse a partir del análisis de las diversas fuentes que alimentan su legitimidad institucional y la heterogeneidad de sus representaciones sociales dentro y fuera de los campus universitarios. Por legitimidad institucional de la universidad se puede entender, con Peter Burke, la “rutinización y trivialización” de las prácticas académicas que fortalecen la confianza en la autoridad de la universidad como institución social. Es una legitimidad que se construye entre poblaciones y territorios específicos, ahí donde el profesorado,  estudiantes, egresados y directivos coexisten en campus universitarios locales, que establecen relaciones de intercambio, cooperación y conflicto con sus respectivos entornos sociales, económicos y políticos. Los códigos de la legitimidad son simbólicos (obtener un título, acreditar conocimientos, recibir recompensas monetarias, apoyos institucionales o satisfacciones intelectuales, alcanzar cierto prestigio profesional), pero también prácticos (habilidades, técnicas, instrumentos). Esa legitimidad institucional se traduce en un orden simbólico que establece reglas, rutinas y hábitos del homo academicus.

La legitimidad implica la construcción de relaciones de cooperación y confianza entre los miembros de una comunidad con sus entornos. Pero esa legitimidad se encuentra estrechamente asociada a las representaciones sociales que giran en torno a ciertas ideas sobre la propia universidad. Se trata de sistemas de creencias y valores que conforman el complejo imaginario universitario que fijan la atención en la universidad como una figura de autoridad intelectual y profesional, un mecanismo de movilidad social, una oportunidad para mejorar o mantener  posiciones o estatus de los individuos en los diversos contextos sociales. El tránsito por la universidad proporciona a los individuos prestigio y reputación, la formación de deseos, expectativas e ilusiones poderosas,  pero también experiencias formativas, culturales y morales que configuran la formación del profesionista, el científico y el ciudadano.   

Si en el origen de las primeras universidades medievales las universidades funcionaban como monopolios que buscaban mantener fuera a los “francotiradores” y a los “especuladores intelectuales”(cono señalaron Norbert Elias o Vilfredo Pareto), en el siglo XXI las universidades son espacios abiertos a la inclusión de poblaciones diversas y heterógeneas. La universidad de masas es una creación del siglo XX que se ha transformado en el contexto de la estructuración de sistemas educativos diversificados, diferenciados y complejos. La universidad dejó de ser después de la segunda guerra mundial una institución monopólica de la educación superior. Hoy, es una figura institucional importante pero no monopólica.

Durante el siglo XX, el poder institucional de la universidad latinoamericana significó el desarrollo y consolidación del poder autónomo de estas organizaciones, que se basa en el ejercicio de las libertades de docencia y de investigación, la gobernanza colegiada y los distintos modos de vinculación de las funciones universitarias con los contextos locales y nacionales. Pero desde finales del siglo pasado y las primeras dos décadas del siglo XXI, fue posible advertir un cambio importante en el sentido y la fuerza del ideal autonómico universitario. Para algunos, eso significó el debilitamiento de la autonomía; para otros, la transición desde la autonomía hacia la heteronomía; para algunos más, la desaparición de la autonomía. 

Hoy, el significado de la universidad depende en cierta medida de las creencias de las élites políticas y gubernamentales al uso. Las épicas de la innovación tecnológica o la sacralización del pueblo como el principio de todas las cosas forman parte de las retóricas que intentan re-significar el sentido institucional, social o político de la universidad pública contemporánea. Son fuerzas que engrasan los engranajes de la heteronomía y erosionan el poder autónomo de la universidad. La búsqueda de una “gramática profunda” sobre la universidad es quizá el desafío intelectual y político más importante de los años por venir.

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