Las recientes palabras del presidente tienen una dimensión sistémica y desacreditadora para la UNAM y no son opiiones de un ciudadano sino juicios del titular del Poder Ejecutivo Federal
Pocos juicios tan descalificadores para una institución del Estado Mexicano como los emitidas por el presidente de la República la semana pasada. Entre viernes y sábado afirmó: que: “La UNAM se volvió individualista, defensora de los proyectos neoliberales”, o que: “perdió su esencia de formación de profesionales para servir al pueblo”.
Las palabras presidenciales agravian a los casi 370 mil estudiantes matriculados que ahora tiene la UNAM, a su personal académico y a los profesionales que han egresado de sus aulas. Esas palabras contrastan con lo que piensa la propia sociedad mexicana. En 2018, Mitofsky, la afamada empresa encuestadora, en su medición de confianza sobre instituciones del país (levantada en miles de hogares), evidenció que: a) “las universidades son las instituciones más confiables del país . . .”; b) por arriba de las iglesias y las fuerzas armadas, “las universidades generan los mejores índices de confianza entre los mexicanos . . . “; c) “la UNAM es la mejor reconocida entre todas las universidades públicas”. En diciembre de 2020, la misma encuesta actualizada arrojó un resultado diferente: el primer lugar lo ocupaba el ejército, pero las universidades (la UNAM incluida) alcanzaba el segundo para dejar a la Guardia Nacional y a las iglesias en el tercero y cuarto, respectivamente (México: confianza en las instituciones 2018 y 2020, consulta Mitofsky). Tales resultados no son de ahora, se conocen desde el arranque del presente siglo cuando la institución recuperó el prestigio y confianza de la que siempre ha gozado entre la población del país.
Resulta pertinente anotar que ‘en tiempos de paz’ ningún jefe del Estado mexicano había utilizado palabras tan ásperas hacia la máxima casa de estudios del país. Los pocos presidentes que se atrevieron a tanto lo hicieron en ‘tiempos de guerra’, en conflictos y contradicción con algunos de sus sectores, el rector preferentemente. Así, por lo que corresponde a lo primero, en 1929 el presidente Portes Gil acusó a los estudiantes de “saboteadores” y estar siendo manejados para interferir a favor de un candidato (Vasconcelos) en la campaña presidencial de ese año; en 1968, Gustavo Díaz Ordaz responsabilizó al estudiantado de “sembrar el desorden, la confusión y el encono”. Por lo que toca al segundo caso, Díaz Ordaz, abiertamente estuvo en contra y logró la salida del rector Ignacio Chávez, así como, soterradamente, provocó la renuncia del rector Barros Sierra, que, afortunadamente, la Junta de Gobierno no aceptó.
Las palabras presidenciales de ahora (calificadas por su emisor como “un pequeño cuestionamiento”) tienen una dimensión sistémica, desacreditadora para toda la institución: rector, autoridades personal académico, egresados de las últimas dos décadas y aún para los que ahora se están formando. No son las palabras del ciudadano que ejerce “la libre manifestación de las ideas”, como lo garantiza el Artículo 6º de la Constitución. Son los juicios del titular del Poder Ejecutivo Federal, quien juró el primero de diciembre de 2018 “guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen”. Es la cabeza del jefe de gobierno de nuestro país quien cuestiona la prerrogativa otorgada a una institución que ha resuelto “gobernarse a sí misma y realizar sus funciones de educar, investigar y difundir la cultura”, de acuerdo con los principios del Artículo 3º.
¿Las palabras presidenciales violan la autonomía universitaria? ¿La libre manifestación de las ideas en boca del presidente de la República es menor que la de un ciudadano? ¿el efecto es el mismo? Cualquier debate sobre las palabra presidenciales debería tener estos componentes.
Las palabras presidenciales no se agotan en la referencia a la UNAM. Se han extendido a todo el conjunto, a las 34 universidades autónomas: “todas las universidades fueron dominadas por el pensamiento neoliberal …necesitan una sacudida”. Y vaya que la universidades y sus comunidades se deben sentir estremecidas por dichas palabras.
Ante toda esta situación, otras palabras, las de Gerardo Esquivel, subgobernador del Banco de México, resumen bien lo que está sucediendo: “la UNAM es un espacio plural y diverso en donde se promueve y se ejerce el pensamiento crítico a plenitud. Así ha sido y así seguirá siendo”. Como se reconoce en todo el orbe: las palabras importan. Difícilmente las de ahora tienen la categoría de “pequeños cuestionamientos”.

Carlos Pallán
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
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