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Neurociencia para vivir mejor: Naturaleza y crianza del cerebro sexual

Todos tenemos alguna opinión sobre el sexo, el género y la orientación sexual. Sin embargo, las opiniones deben darse y recibirse con cautela porque pudieran estar basadas en creencias personales o ideologías que, aunque bien intencionadas, pueden desinformar y polarizar a la sociedad.

La sexualidad humana es el resultado de una compleja interacción de factores que organizan y moldean el cerebro a lo largo de la vida

Todos tenemos alguna opinión sobre el sexo, el género y la orientación sexual. Sin embargo, las opiniones deben darse y recibirse con cautela porque pudieran estar basadas en creencias personales o ideologías que, aunque bien intencionadas, pueden desinformar y polarizar a la sociedad.

Todos tenemos alguna opinión sobre el sexo, el género y la orientación sexual. Sin embargo, las opiniones deben darse y recibirse con cautela porque pudieran estar basadas en creencias personales o ideologías que, aunque bien intencionadas, pueden desinformar y polarizar a la sociedad.

Es fundamental entender que la sexualidad de una persona, al igual que muchas otras conductas, es el resultado de una compleja interacción biopsicosocial, es decir, resulta de factores biológicos, psicológicos y culturales. Estos tres elementos desempeñan un papel crucial en la organización del cerebro. Durante ciertos momentos críticos del desarrollo, lo biológico, a través de las hormonas, puede ser la principal causa de esta organización cerebral, mientras que en otras etapas, el entorno y las experiencias modulan la química cerebral, moldeando nuestras preferencias y comportamientos.

Un caso que ilustra la fuerza de los factores biológicos en etapas criticas del desarrollo es el de los gemelos Bruce y Brian Reimer, nacidos en 1965 en Manitoba, Canadá. A los ocho meses, una circuncisión fallida dejó a Bruce con daños severos en su pene. Sus padres, desesperados, buscaron ayuda en John Money, un psicólogo y experto en sexología en el Hospital Johns Hopkins. Basado en la teoría conductista, Money recomendó castrar a Bruce (extirpar quirúrgicamente sus testículos para evitar la presencia de testosterona) y criarlo como una niña. Así, a los 24 meses de edad, Bruce fue castrado y se inició su crianza formal como «Brenda».

En 1973, antes de que Brenda alcanzara la pubertad, Money presentó el caso como un éxito, argumentando que el cerebro de un recién nacido es sexualmente neutral y, por lo tanto, completamente moldeable en cuanto a género y orientación sexual. Sin embargo, Brenda nunca se sintió femenina y siempre se destacó por su comportamiento rudo, distinto al de las otras niñas.

Lo que Money no consideró fue la información científica disponible en ese momento sobre la teoría organizacional-activacional del cerebro sexual. Desde 1959, Charles Phoenix y sus colegas habían demostrado que la testosterona, producida por los testículos de un feto masculino, organiza permanentemente el sistema nervioso para influir en el comportamiento sexual en la adultez. Sin esta hormona durante el desarrollo prenatal, el cerebro de un macho no se masculiniza y no mostrará preferencia por hembras en la adultez. De igual manera, si las hembras son expuestas a testosterona exógena durante el periodo prenatal, su comportamiento se masculiniza cuando son adultas. Brenda tuvo testosterona durante todo el periodo prenatal y durante 24 meses posnatales. Por lo tanto, su cerebro tuvo lo necesario para masculinizarse.

Cuando Brenda llegó a la pubertad, le fueron prescritos estrógenos para «activar» su desarrollo femenino. Sin embargo, los estrógenos pueden activar estructuras cerebrales que ya habían sido organizadas de manera masculina desde antes de nacer, lo que la llevó a sentirse atraída por mujeres, generándole una gran confusión. Años más tarde, al descubrir la verdad sobre su historia, Brenda adoptó el nombre de David Reimer y comenzó un tratamiento con andrógenos para desarrollar características masculinas. Lamentablemente, su vida estuvo marcada por la confusión, la inestabilidad y el dolor, y en 2004, David se suicidó.

Este caso subraya un punto crucial: un cerebro organizado biológicamente por hormonas en el periodo perinatal difícilmente será modificado por aprendizaje en la edad adulta. Pero, ¿el género y la orientación sexual están absolutamente fijos desde el útero y son inalterables? ¿Acaso es válido defender esta postura radicalmente?

Ciertamente, la orientación sexual de un adulto ya desarrollado no depende de las hormonas inyectadas, pues, de acuerdo a la teoría organizacional-activacional, estas solamente activan en la edad adulta los neurocircuitos que se hayan organizado prenatalmente. Sin embargo, existen otros mecanismos que no son dependientes de hormonas, sino de neurotransmisores, y que pueden modificar nuestra conducta a través del aprendizaje durante ciertos estados emocionales.

Por ejemplo, hay evidencia de que la orientación sexual de un individuo puede cambiar paulatinamente bajo ciertos contextos y condiciones neuroquímicas, incluso en la adultez. Un caso notable fue el de Didier Jambart, un francés que en 2003 demandó a la empresa GlaxoSmithKline (GSK), argumentando que el medicamento anti-Parkinson Requip (un agonista dopaminérgico tipo D2) lo llevó a desarrollar desórdenes del control de impulsos y una adicción al sexo homosexual, a pesar de haberse identificado siempre como heterosexual.

Este caso aislado tiene varias explicaciones, incluyendo la posibilidad de que Jambart era homosexual desde antes de tomar el medicamento. Sin embargo, la posibilidad de que un heterosexual transite a homosexual encuentra respaldo en estudios científicos en roedores que sugieren que los agonistas dopaminérgicos D2 pueden facilitar el cambio de preferencias sexuales en adultos a través del aprendizaje asociativo de tipo pavloviano.

Por ejemplo, se ha mostrado que en ratas macho, la inyección de un agonista D2 como el quinpirole aumenta la motivación y el aprendizaje, llevando a que el animal aprenda a preferir social y sexualmente a un macho con quien conviva en la misma caja, incluso por encima de hembras sexualmente receptivas. Esto sugiere que el medicamento podría haber inducido en Didier Jambart un estado de hipersexualidad y aumento neuroquímico de dopamina, facilitando de manera inconsciente el aprendizaje de nuevas preferencias sexuales, dependiendo de a que fue expuesto.

Es importante aclarar que los medicamentos no cambian directamente la orientación sexual, pero pueden modular los mecanismos de aprendizaje asociativo de nuevas preferencias al alterar ciertos estados neuroquímicos. Las preferencias sexuales en adultos son, por tanto, el resultado de una interacción compleja entre factores biológicos y experiencias asociativas conscientes e inconscientes que resultan en aprendizaje.

Entender la diversidad en la sexualidad requiere un conocimiento profundo de los mecanismos biológicos que organizan el cerebro en etapas tempranas, de los procesos psicológicos que subyacen al aprendizaje y la memoria, y de los factores sociológicos que reflejan la influencia de la cultura en creencias de las nuevas generaciones. Sin duda, esta tríada interactúa de manera única en la historia de cada individuo, manifestando la diversidad inherente a la experiencia humana. Como bien lo expresó Milton Diamond, “A la naturaleza le gusta la diversidad, pero a la sociedad no”. Indiscutible verdad.

Únete en línea el 12 de septiembre 2024 a partir de las 9:00 am al próximo simposio sobre “Cerebro Sexual” organizado por el Instituto de Investigaciones Cerebrales de la Universidad Veracruzana. Nuestro programa: https://www.uv.mx/iice/cerebro-sexual/

Transmisión  en vivo desde nuestro grupo de Facebook, al cual le invitamos a unirse desde ahora: https://www.facebook.com/groups/90782416556/

Genaro A. Coria-Avila
gcoria@uv.mx | + posts

Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /

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