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Neruda, Fidel Castro y El Che

El escritor chileno se decepcionó de la verdadera naturaleza del guerrillero argentino y del líder cubano

Aunque el gran poeta chileno Pablo Neruda fue incluso estalinista, al final de su vida se arrepintió por ello y salvó su alma. En sus Memorias, que llevan por título Confieso que he vivido (1974), refiere dos anécdotas que lo dignifican. Estas anécdotas tratan de sus encuentros con Fidel Castro, el déspota cubano, y Ernesto Che Guevara, el matón argentino al que, hoy, varios funcionarios del gobierno rinden homenaje y adoración desde sus puestos burocráticos relacionados con ¡la ciencia, la educación y la cultura!

Es importante citar in extenso estas recordaciones del autor de Residencia en la tierra. En las páginas 439-440 de Confieso que he vivido, leemos y releemos:

“Me sobrepasaba por una cabeza. Se dirigió con pasos rápidos hacia mí.

“—¡Hola, Pablo!— me dijo y me sumergió en un abrazo estrecho y apretado.

“Me sorprendió su voz delgada, casi infantil. […] De pronto interrumpió el abrazo con brusquedad. Se quedó como galvanizado. Dio media vuelta y se dirigió resueltamente hacia un rincón del cuarto. Sin que yo me enterara había entrado sigilosamente un fotógrafo periodístico y desde ese rincón dirigía su cámara hacia nosotros. Fidel cayó a su lado de un solo impulso. Vi que lo había agarrado por la garganta y lo sacudía. La cámara cayó al suelo. Me acerqué a Fidel y lo tomé de un brazo, espantado ante la visión del minúsculo fotógrafo que se debatía inútilmente. Pero Fidel le dio un empellón hacia la puerta y lo obligó a desaparecer. Luego se volvió hacia mí sonriendo, recogió la cámara del suelo y la arrojó sobre la cama.

“No hablamos del incidente, sino de las posibilidades de una agencia de prensa para la América entera. Me parece que de aquella conversación nació Prensa Latina. Luego, cada uno por su puerta, regresamos a la recepción” [en la embajada de Cuba en Caracas, Venezuela].

Una hora más tarde, regresando ya de la embajada en compañía de Matilde [Urrutia], me vinieron a la mente la cara aterrorizada del fotógrafo y la rapidez instintiva del jefe guerrillero que advirtió de espaldas la silenciosa llegada del intruso.

“Ese fue mi primer encuentro con Fidel Castro. ¿Por qué rechazó tan rotundamente aquella fotografía? ¿Encerraba su rechazo un pequeño misterio político? Hasta ahora no he logrado comprender por qué motivo nuestra entrevista debía tener carácter tan secreto.”

Como el atento lector habrá advertido, no sólo es paradójico, sino también patológico, el hecho de que el líder de la Revolución Cubana, después de apalear y casi asfixiar a un fotógrafo de prensa, se volviese sonriente hacia Neruda, nada comentara sobre el grotesco episodio (y ni siquiera se apenara por ello) y, para colmo, el tema tratado con Neruda fuese ¡la creación de una agencia de prensa! (Prensa Latina). ¡Vaya paradoja tan enfermiza!: la prensa latina representada, en todo caso, por el fotógrafo apaleado.

La segunda anécdota de Neruda es también antológica, de colección, de obligada inclusión en un volumen de la psicopatología “revolucionaria”. Su encuentro con Ernesto Che Guevara ocurrió en La Habana, Cuba. Hacia la medianoche (¡la medianoche!) en su oficina (obviamente la del Che, no la de Neruda) del Banco Nacional de Cuba o del Ministerio de Industrias. El relato de Neruda revela también la locura fanática de ese personaje sanguinario conocido como El Che. En las páginas 441-442 de sus Memorias leemos y releemos:

El Che llevaba botas, uniforme de campaña y pistolas a la cintura. Su indumentaria desentonaba con el ambiente bancario de la oficina.

El Che era moreno, pausado en el hablar, con indudable acento argentino. […] Me halagó lo que me dijo de mi libro Canto general. Acostumbraba leerlo por la noche a sus guerrilleros, en la Sierra Maestra. Ahora, ya pasados los años, me estremezco al pensar que mis versos también le acompañaron en su muerte. Por Régis Debray supe que en las montañas de Bolivia guardó hasta el último momento en su mochila sólo dos libros: un texto de aritmética y mi Canto general.

“Algo me dijo El Che aquella noche que me desorientó bastante, pero que tal vez explica en parte su destino. Su mirada iba de mis ojos a la ventana oscura del recinto bancario. Hablábamos de una posible invasión norteamericana a Cuba. Yo había visto por las calles de La Habana sacos de arena diseminados en puntos estratégicos. Él dijo súbitamente:

“—La guerra… La guerra… Siempre estamos contra la guerra, pero cuando la hemos hecho no podemos vivir sin la guerra. En todo instanzte queremos volver a ella.

“Reflexionaba en voz alta y para mí. Yo lo escuché con sincero estupor. Para mí la guerra es una amenaza y no un destino.

“Nos despedimos y nunca más lo volví a ver. Luego acontecieron su combate en la selva boliviana y su trágica muerte.”

Lo que le pareció incomprensible a Neruda y lo dejó estupefacto, tiene hoy, a la luz de los documentos y de la historia, una explicación muy sencilla: carnicero por vocación, matón adicto a la sangre de los demás (no olvidemos lo que le dice a su padre en una carta: “tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar”), El Che Guevara, después de la guerrilla en Cuba y de los fusilamientos que ordenó, muy complacido, al triunfo de la revolución, se aburría como presidente del Banco Nacional de Cuba y como ministro de Industrias, en sus oficinas a las que asistía empistolado, y por eso, ¡porque no podía vivir sin la guerra!, se fue a Bolivia. Volvió a la guerra a matar… y a que lo mataran (“¡dispara, cobarde, sólo vas a matar a un hombre!”).

A un sujeto así, psicópata y sociópata, pero glamurizado como héroe revolucionario, admiran y loan, aún hoy (¡es lo increíble!), individuos que apenas saben atarse las agujetas del zapato, y que no han leído la historia o la tergiversan conscientemente.

Quienes leemos en la historia sabemos que, en la edición definitiva de Persona non grata (1981), Jorge Edwards escribe que “Cuba había empezado a abandonar hacia fines de 1970 las tesis de El Che Guevara”. Hace cuatro décadas Cuba abandonó las locas tesis de El  Che; pero hay quienes no se han enterado de esto, y todavía las encuentran novedosas. Que hoy todavía existan individuos nostálgicos (incluidas las individuas nostálgicas) que tengan en un nicho sagrado al Che le sorprendería hasta a Fidel Castro si estuviera vivo.

El Che Guevara fracasó en todo, con excepción de su habilidad vocacional para matar. Pero todavía hay gente que cree que, con sus mismos medios, sus mismas tesis y su similar intransigencia y su “odio puro” va a llegar a un destino distinto que no sea el del despotismo, la venganza, el “ajusticiamiento” revolucionario y, gracias a todo ello, al Paraíso Celestial en la tierra. ¿Dónde estaba esta gente —que no ha leído ni siquiera a Neruda— cuando cayó el Muro de Berlín? Tenemos que suponer que en la somnolencia de lo que hoy no es otra cosa que, literalmente, un sueño guajiro.

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