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Literatura elitista y literatura “para el pueblo”

Si solamente se forma a las personas en lecturas elementales, ¿qué pasa con la función transformadora de leer?

En El alma del hombre bajo el socialismo (1891), Oscar Wilde explica con perfecta claridad: “Al público se le ha acostumbrado mal en todas las épocas. Le pide al arte que sea popular, que satisfaga su falta de gusto, que adule su absurda vanidad, que le diga lo que ya ha oído, que le muestre lo que debería estar cansado de ver, que le divierta cuando se siente pesado por haber comido en exceso, y que le distraiga de sus pensamientos cuando está hastiado de su propia estupidez. Pero el arte no debería intentar ser popular. Es el público quien debería intentar volverse artístico”.

En este último enunciado se encierra la verdad de la aspiración ideal no sólo del arte y de la literatura, sino de la cultura, en general, y de la educación en particular. La educación, al igual que el arte, tiene el propósito de elevar los niveles intelectuales y emocionales de la gente, pues de nada serviría una “educación” que se bajara al nivel de la ignorancia como propósito para dar gusto a todos sin el menor esfuerzo. Si se hablase de una “educación para el pueblo”, como se habla perpetuamente de “un arte para el pueblo”, a lo único que conduciría esto es a omitir realmente la educación.

El propósito de educar es el de elevar el espíritu y el conocimiento, aguzar la inteligencia, afinar la sensibilidad, lo cual exige un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a dar. En sus notas Sobre pedagogía (Universidad Nacional de Córdoba, 2008), Immanuel Kant nos avisa, desde la primera línea, que “el hombre es la única criatura que tiene que ser educada” (ya que los animales domésticos son “amaestrados”, pero no educados), y enfatiza: “El hombre sólo por la educación puede llegar a ser hombre. No es nada más que la educación hace de él. Hay que notar que el hombre es sólo educado por hombres [es decir, por seres humanos], hombres que, a su vez, están educados. De ahí también que la falta de disciplina e instrucción es lo que hace que algunos hombres sean malos educadores de sus alumnos. Si alguna vez un ser de una especie superior se interesara por nuestra educación, se vería todo lo que puede salir del hombre. Pero como la educación enseña en parte algo al hombre, en parte también desarrolla algo en él, no se puede saber qué dimensiones tienen en él las aptitudes naturales”.

¿Y qué tiene que ver esto con la literatura? Tiene que verlo todo, porque la educación es, en gran medida, la que ejercen los libros en las personas, porque lo que saben quienes nos enseñan han aprendido casi todo lo que saben en los libros. Los mejores maestros, los más influyentes profesores lo son porque han leído buenos libros; lo son, en pocas palabras, porque, por encima de todo, son lectores y, especialmente, buenos lectores capaces de saber transmitir o comunicar, con sus palabras, aquello que han aprendido en los libros.

Por ello es una tontería hablar, negativamente, de “literatura elitista” para confrontarla con una presunta positividad de una “literatura para el pueblo”. Toda la gran literatura es un culmen de la humanidad, y toda la peor literatura no es otra cosa que lo que es: un fracaso del ideal. Por ello, y parafraseando a Wilde, no es la literatura la que tiene que bajar al pueblo, es el pueblo el que tiene que ascender a la gran literatura, y lo que la mayor parte de las personas, ideológicamente, llama “literatura para el pueblo” no es otra cosa que pésima literatura o un sucedáneo de literatura que nada tiene que ver con Pedro Páramo, de Juan Rulfo, por ejemplo, o con El Aleph, de Jorge Luis Borges.

Escribir y publicar “literatura para el pueblo”, satanizando a la “literatura elitista” no sólo es una paradoja, sino también una estupidez. Por eso Alberto Manguel dijo, en cierta ocasión durante una entrevista, algo que todavía no les entra en la dura cabeza a los ideólogos de la lectura: “Hay grandes sectores de la población a los que nunca les han dado un libro, pero eso también ocurría en la Grecia antigua, en el Renacimiento, en el siglo XIX y seguirá ocurriendo en el siglo XXX. La proporción de lectores con respecto al resto de la sociedad es muy pequeña. Los lectores son una élite, pero una élite a la cual todo el mundo puede pertenecer”.

Si la educación, contraria al ideal kantiano, únicamente se preocupa porque los estudiantes sepan nada más lo básico, que es sin duda “lo popular” (lo que todo el mundo sabe), ¿en dónde está la virtud de la educación entonces? Si la literatura, contraria al ideal wildeano, únicamente forma a las personas en la lectura de obras insignificantes (sencillas, fáciles, elementales, ligeras, obvias), ¿en dónde está la virtud de la lectura como elemento de transformación emocional e intelectual? ¿Es mejor leer a Ermilo Abreu Gómez que a Stendhal?, ¿mejor a Perico de los Palotes que a Balzac? o, ya elevando el nivel, ¿mejor a Federico Gamboa que a Flaubert?

Esto lo preguntó y lo respondió Jorge Cuesta, hace ya casi un siglo, en su extraordinario artículo “La literatura y el nacionalismo” (22 de mayo de 1932) cuando Abreu Gómez criticaba a los escritores mexicanos tildándolos de “descastados” porque leían a los grandes autores universales y “descuidaban” la literatura mexicana que, según el escritor y crítico, autor de Canek, debía ser la prioridad para todo mexicano. A ello, Cuesta, una de las mayores inteligencias que ha tenido México, respondió: “¿Cuándo se oyó a un Shakespeare, a un Stendhal, a un Baudelaire, a un Dostoievski, a un Conrad, pedir que la tradición les fuera cuidada y lamentarse por la despreocupación de los hombres que no acuden angustiosamente a preservarla? La tradición no se preserva, si no vive”.

Si de lo que se trata es de una esclavitud del lector hacia la obra tradicional y “popular”, aunque carezca de méritos literarios y de valor artístico, lo que se está defendiendo es la mediocridad cuando no lo pésimo. La gran literatura universal (y, dentro de ella, un puñado de libros de las letras mexicanas) seduce a los lectores precisamente por su grandeza, no por sus valores patrióticos. Y por ello, concluye perfectamente Cuesta: “Vale el artista, por su destreza y no por el servicio que podría prestar a quienes son menos diestros que él. Vale más mientras le sirve a quien es todavía más diestro. Cuanto vale para los más incapaces es sin duda lo que tiene menos valor, lo que no dura, lo que no será tradición”.

Hace casi un siglo, la brillante generación de los Contemporáneos ganó este debate y triunfó en la batalla cuyo planteamiento es el mismo de Wilde: el arte y la cultura no deben ponerse al ras para hacerlos “populares”; más bien es el público, la gente, las personas a quienes hay que elevar, mediante la educación, el conocimiento, la atención a su sensibilidad para que sus nociones estéticas dejen de ser elementales y consigan un refinamiento. De otro modo, ¿para qué sirve la educación y, en particular, la educación artística?

Marcel Proust nunca se anduvo por las ramas en esto y escribió: “tan inú-til es escribir particularmente para el pueblo como para los niños. Lo que fecunda a un niño no es un libro de chiquilladas. ¿Por qué cree la gente que un electricista necesita que escribamos mal para que nos entienda?” Y remata: “El sentido común de los artistas, el único criterio de la espiritualidad de una obra, es el talento”. Todo lo demás, incluidas las pretensiones y las buenas intenciones en el arte y en la literatura, pertenece a ese desván oscuro lleno de cachivaches ideológicos que llamamos “política”; habitado, por cierto, por gente, que jamás ha comprendido, ni comprenderá, la inútil importancia de la grandeza artística.

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