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Libros, escritorios y relojes de arena

Las armas de la fe del medievo dieron paso a los espacios de construcción del conocimiento

Los monasterios medievales han sido objeto frecuente de la historia, la ficción y la literatura (El nombre de la rosa, por ejemplo, de Umberto Eco). Sitios donde los límites entre lo espiritual y lo mundano eran difusos, en los monasterios se forjaron prácticas que luego se transmitirían a otros ámbitos de las esferas públicas y privadas de las sociedades europeas, como es el caso de las universidades. La organización de espacios y temporalidades, figuras de autoridad y rutinas, son parte de las herencias monacales a las universidades modernas.

Hace unos días, el historiador y periodista catalán Josep Tomàs Cabot publicó en el diario La Vanguardia de Barcelona (11/11/2021) un artículo al respecto (“De la celda al scriptorium: la vida en un monasterio medieval”). El tema es atractivo no sólo para historiadores interesados en el papel de las iglesias, conventos y monasterios en las sociedades medievales europeas, sino también para quienes desde otras disciplinas analizan el papel de esos espacios en las relaciones de poder de las comunidades religiosas en el contexto más amplio de la construcción del orden social medieval entre distintos territorios y poblaciones.

Es sabido que durante esa época los monasterios fueron piezas claves del orden político-social. Ligados al dominio de la iglesia católica, eran construcciones generalmente adyacentes a las grandes iglesias de las distintas regiones, en las cuales vivían de manera permanente religiosos que ejercían diversas funciones y realizaban múltiples tareas cotidianas. Los más jóvenes eran estudiantes que aspiraban a convertirse en clérigos y monjes, cuya formación escolástica descansaba en dos procesos: el aprendizaje del trivium (gramática, retórica y dialéctica) y del quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía).

La organización del espacio y el tiempo era fuertemente regulada. Las celdas eran confinamientos solitarios, dedicados al descanso, la reflexión y el aislamiento individual, mientras que los espacios comunes se utilizaban para celebrar rituales, comer o trabajar. La vida interior descansaba en el principio “Ora et Labora” (Reza y trabaja), una norma interna utilizada desde el siglo IV en monasterios italianos, que significaba que las actividades de los monjes debían conjugar permanentemente la oración con el trabajo. Para ello, los relojes de arena jugaban un papel central en los espacios monacales. El horario de los monasterios se organizaba en 8 partes, denominadas “horas canónicas” comenzando con el amanecer  (“Laudes”), prosiguiendo en periodos de tiempo de dos o tres horas cada uno (“prima”, “tercia”, “sexta”, “nona”, “vísperas”) y cerrando con el anochecer (“completas”).

Los monasterios eran los más grandes depósitos europeos de libros clásicos entre los siglos VII y XVII. Ahí se resguardaban los textos fundacionales de la iglesia y de la grecia antigua, pero también se copiaban o se traducían del árabe al latín libros extraídos de las grandes bibliotecas de Persia, Egipto o Mesopotamia. Los libros se guardaban en grandes “armarios” (los libros como armas de la fe), y constituían el universo de la época, como se refiere Borges en La Biblioteca de Babel a esos amplios espacios organizados en anaqueles, galerías hexagonales y gabinetes. En esas bibliotecas medievales se encuentra una de las claves del prolongado poder social y político de la iglesia católica. La lectura y la escritura eran habilidades escasas en una sociedad de analfabetos, una característica que incluía tanto a las elites como a los pueblos, y esas habilidades formaban el núcleo del poder simbólico y práctico de los monasterios.

El escritorio no era sólo un mueble sino un espacio fundamental de los claustros monacales. Ahí, los monjes leían durante largas horas sus códices y copiaban sus manuscritos. Por ello, los copistas eran altamente valorados en los monasterios. Su lugar de trabajo era el scriptorium, donde se colocaban cálamos (cañas huecas), pinceles, plumas de ave y tintas de diferentes colores. Esas eran sus herramientas básicas, con las cuales elaboraban libros, documentos oficiales y pergaminos solicitados por autoridades eclesiásticas o monárquicas. Requería dedicar mucha atención, tiempo y paciencia a la escritura de textos bíblicos, edictos y proclamas. La recompensa que recibían los copistas era el perdón por sus pecados. “La leyenda indica” —escribe Tomàs Cabot— “que por cada letra realizada se perdonaba un pecado”. Esa labor era minuciosamente supervisada por los monjes superiores, cuidando que las letras estuvieran “inspiradas por el espíritu divino” y no por “el demonio del orgullo”, como apunta Umberto Eco en su libro póstumo La memoria vegetal (Lumen, 2021).

La combinación de bibliotecas, escritorios y relojes de arena configuraba los espacios adecuados para las prácticas que los monjes escribanos desarrollaban bajo las reglas de la fe y del trabajo. Esa disciplina fue transmitida a las primeras universidades europeas a partir del siglo XI, cuando las comunidades de estudiantes y profesores que eran las corporaciones o gremios escolares, formaron universidades como la de Bolonia, la primera en denominarse como tal en 1088. Los espacios físicos de las incipientes universidades fueron los monasterios, y las bibliotecas, el scriptorium, la cátedra (asiento elevado ubicado en el púlpito),o el seminarius, que se constituyeron como los símbolos principales del poder, del estudio y el trabajo en pueblos y ciudades europeas.

De esas pìezas está hecha parte de la historia de las universidades modernas. Tiempo, libros y escritura conforman los dispositivos que hasta el siglo XVII eran gobernados por la fe, el temor a dios y la búsqueda de la salvación, una forma de racionalidad mística construida bajo el eterno sentimiento de culpa de los consagrados a la difusión de la religión católica en el mundo. La ilustración y el siglo de las luces imprimieron otro sentido a esas prácticas, orientadas ahora por una racionalidad gobernada por la experimentación, el escepticismo y la curiosidad intelectual, desarrolladas en un contexto de creciente autonomía institucional de las universidades. Las aguas profundas de la reflexión y la búsqueda del conocimiento condujeron a nuevos hallazgos y dudas, dirigidas hacia la construcción de pequeñas “islas del saber” situadas entre nuestros grandes “océanos de ignorancia”, como lo describió algun vez Norbert Elias. 

Acerca del autor

Adrián Acosta Silva
Estación de paso en Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara

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