Durante las pasadas vacaciones probablemente buscaste cursos de verano, actividades deportivas o talleres para que tus hijos aprendieran, se divirtieran y aprovecharan su tiempo. Pero si tienes una empresa familiar, ¿consideraste llevarlos algún día al negocio? No para ponerlos a trabajar durante ocho horas ni para comenzar a prepararlos como futuros directores. Simplemente para que conozcan un poco más aquello a lo que su familia dedica tantas horas, esfuerzo y pasión.
Es importante tener claro que la sucesión no comienza con el retiro del fundador, la elección del próximo director general o la llegada de los hijos a la vida profesional. Comienza mucho antes: cuando la siguiente generación conoce la historia, entiende el esfuerzo, descubre el impacto y tiene la oportunidad de involucrarse.
¿Qué versión de la empresa conocen tus hijos?
Las empresas familiares son fundamentales para la economía mexicana. Sin embargo, uno de sus principales retos sigue siendo la sucesión. Entonces, si sabemos que es un proceso complejo, ¿por qué esperar hasta que nuestros hijos sean adultos para comenzar a prepararnos?
Pensemos por un momento en lo que normalmente nuestros hijos escuchan sobre la empresa familiar. Muchas veces, las conversaciones sobre el negocio ocurren alrededor de la mesa: “No sabes el problema que tuvimos hoy”, “otra vez faltó alguien”, “el cliente no pagó”, “tenemos que resolver esto”, “estoy agotado”.
Es completamente normal. Los empresarios viven situaciones complejas y la familia suele convertirse en el espacio para desahogarse. El problema aparece cuando esa es la única versión de la empresa que conocen nuestros hijos.
Si nunca han estado cerca del negocio, quizá no conocen a las personas que han trabajado ahí durante años. No han visto el producto terminado, la emoción de un cliente satisfecho o todo lo que ocurre para que un pedido llegue a tiempo. Tampoco necesariamente comprenden que esa empresa genera empleos, sostiene familias, trabaja con proveedores y puede tener un impacto importante en su comunidad. Si queremos que algún día valoren el legado, primero necesitamos permitirles conocerlo.
Podemos empezar con cosas muy sencillas. Nuestro objetivo durante la infancia y la adolescencia no debería ser elegir al futuro director general, sino acercarlos poco a poco al negocio: preguntarles qué opinan sobre el diseño de un producto, invitarlos a una sesión de ideación, permitirles ayudar a empacar productos u organizar inventarios, acompañarnos en alguna actividad de ventas o asignarles un pequeño proyecto durante las vacaciones.
Imagina la emoción de un niño cuando le muestras el nuevo empaque de un producto y le preguntas: “¿Te gusta? ¿Qué le cambiarías?”. Puede parecer algo pequeño, pero quizá sea la primera vez que siente que su voz también puede tener un espacio dentro de la historia familiar.
Transmitir el legado sin imponerlo
Con estas actividades, el objetivo no es formar sucesores, sino generar curiosidad, pertenencia y comprensión. El mensaje debe ser sencillo: “Esto forma parte de la historia de nuestra familia. Conócela, aprende de ella y algún día podrás decidir cómo quieres formar parte de ella”.
Porque pertenecer a una familia empresaria puede significar muchas cosas. No todos los miembros de la siguiente generación tendrán que ser empleados o directores. Algunos podrán convertirse en accionistas responsables, integrantes de órganos de gobierno, emprendedores que desarrollen nuevos negocios o simplemente miembros de una familia que comprende y protege su patrimonio.
Así que, para el siguiente periodo vacacional, además de pensar en cursos, deportes o actividades de verano, quizá podamos reservar algunos momentos para acercar a nuestros hijos a la empresa familiar. Podemos generar pequeñas experiencias a lo largo de las vacaciones: acompañarnos al negocio, conocer a quienes trabajan ahí, participar en un proyecto sencillo, escuchar alguna historia de cómo comenzó la empresa o ayudarnos a resolver un pequeño reto.
La intención es crear una conexión emocional con el legado familiar y generar buenos recuerdos de infancia, esas vacaciones en las que acompañaban a sus papás, tíos o abuelos al negocio familiar. Porque antes de preguntarnos quién continuará con la empresa, quizá deberíamos preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿les hemos dado la oportunidad de conocerla y quererla?
Georgina Bustamante
Profesora del Tecnológico de Monterrey
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