Insensibilidad anticientífica gubernamental ante el covid-19 – Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

FABULACIONES
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura.

ARGUELLES

Insensibilidad anticientífica gubernamental ante el covid-19

Problema de salud. Las estrategias de las autoridades durante la pandemia no han sido congruentes

Mentirosos, ladrones y traicioneros

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha dado muestras ostensibles de desdeñar la ciencia, y, por si fuera poco, más que profesar una religión, es creyente de supersticiones: como llevar consigo estampitas milagrosas o detentes, como “escudo protector” o “guardaespaldas” contra daños y enfermedades. El 18 de marzo de 2020, en su conferencia matinal llegó a decir que el escudo protector contra el coronavirus era “la honestidad, el no permitir la corrupción” y algunas estampitas, y sacó de su billetera sus detentes, y de uno de ellos leyó: “Detente, enemigo, que el corazón de Jesús [¿Ramírez Cuevas?] está conmigo”. Y también habló de otro amuleto, que en ese momento no llevaba, que es un trébol, dijo, y, al final exhibió, como otro talismán, un billete de dos dólares que le regaló un migrante.

El pensamiento del presidente de México no es científico, es mágico. (El pensamiento mágico o primitivo es anterior a la ciencia.) Por si fuera poco, ya son muchas las expresiones insensibles que ha hecho públicas ante la tragedia de sus compatriotas y gobernados. La más reciente es haber declarado, con su característica imprudencia (justamente cuando México rebasó, oficialmente, los 100,000 casos confirmados de coronavirus, con más de 12,500 fallecimientos), que “estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar, no traicionar ayuda mucho para que no dé el coronavirus” (Palenque, 4 de junio).

¿Qué se puede colegir de esto, si le aplicamos la inferencia y el método deductivo? Que esos 105,680 enfermos de covid-19 y esos 12,545 muertos (hasta esa fecha de su declaración) no estaban bien con su conciencia y eran (los muertos) y son (los contagiados) o mentirosos o ladrones o traicioneros. Si no hubiesen tenido alguno de estos pecados (o los tres juntos) el virus hubiese pasado de largo, tal como lo hizo también ante el gobernador de Puebla, otra persona anticientífica, quien afirmó que el coronavirus únicamente les da a los ricos y a no a los pobres; es decir, todos los fallecidos son ricos, lo mismo que los contagiados. ¿Hasta dónde se puede estirar la liga de la demagogia sin caer en una evidente mentira?

Lo cierto es que el presidente de México no se da cuenta de las implicaciones de lo que afirma, porque dice lo que piensa, pero no piensa lo que dice. Es una ofensa para los contagiados y fallecidos por covid-19 afirmar que “no mentir, no robar, no traicionar ayuda mucho para que no dé el coronavirus”. Ofende a los enfermos y denigra a los fallecidos, además de que les da oportunidad a los “fanfarrones de la virtud” (Molière dixit, en Tartufo) de ostentarse como intachables, probos y paradigmáticos ¡únicamente porque no han contraído la enfermedad que ha cobrado la vida de casi 400,000 personas en el mundo!

Como anillo al dedillo

Pero no es la primera vez que el presidente de México ostenta su insensibilidad ante esta tragedia sanitaria. En una de sus homilías, cuando el covid-19 iniciaba sus estragos en nuestro país, afirmó cachazudo: “Vamos a salir adelante. Ayer usé, por primera vez, el término ‘crisis transitoria’. Esto no va a tardar y vamos a salir fortalecidos, y vamos a salir fortalecidos porque no nos van a hacer cambiar en nuestro propósito de acabar con la corrupción y de que haya justicia en el país. Por eso vamos a salir fortalecidos. O sea que nos vino esto [la pandemia] como anillo al dedo para afianzar el propósito de la transformación”.

Que una pandemia que ha cobrado tantas víctimas, que ha producido tanto sufrimiento, luto y angustia le venga “como anillo al dedo” a un gobierno y a su política, y así lo enfatice el presidente, es el colmo de la insensibilidad o, como dijera Susan Sontag, “la indiferencia hacia el dolor de los demás”. Es, más allá de interpretaciones retóricas, otro agravio gubernamental a los contagiados y fallecidos por esta pandemia.

¡El pueblo va a curar al pueblo!

En otra de sus conferencias matutinas el presidente de México afirmó, contrario a la verdad científica: “Estas epidemias se curan más en la casa, las comunidades que en los hospitales, y la gente nos va a ayudar. ¡El pueblo va a proteger al pueblo! ¡El pueblo va a curar al pueblo! Nada más que en su momento. […] ¿Por qué tenemos fortalezas? Porque contamos con el apoyo del pueblo y nuestro pueblo es muy fuerte por sus culturas. Y somos fuertes también, ahora en especial, porque no se permite la corrupción”.

Otra vez, si aplicamos el método deductivo llegamos a la conclusión de que el coronavirus se topa con pared en un país donde “no se permite la corrupción”. El virus (¡que es ideológicamente justiciero!) lo sabe, se detiene y se va, ¡y ni siquiera se necesitan hospitales, porque “estas epidemias se curan más en la casa que en los hospitales”. Hasta Diosito se espanta de tanta sinrazón.

Desbocados y sin cubrebocas

Desde el inicio de la pandemia del covid-19 el presidente de México dio el mal ejemplo: se negó a utilizar el gel antibacterial que le ofrecían antes de iniciar sus conferencias y que sí aceptaron usar sus colaboradores, repartió abrazos y besos acá y allá, nunca se ha puesto un cubrebocas, ni siquiera en sus giras, y, para justificar esto, el subsecretario de Salud, el otro López, desestimó la utilidad del cubrebocas (aunque ya muy tarde, tardísimo, se desdijo y se contradijo) y santificó al presidente como un ser aparte que prácticamente estaba inmune al coronavirus y que, además, no era vehículo de contagio. Ante los periodistas, el presidente de México explicó: “No me pongo el cubrebocas porque no me lo recomienda Hugo [López Gatell]; le pregunté, y él ya tiene toda una explicación sobre eso, que ya la ha dado, o pídansela, y yo hago caso”.

Desde el 27 de abril, la jefa de gobierno de Ciudad de México y los gobiernos estatales y municipales establecieron el uso obligatorio de cubrebocas en espacios públicos “para evitar contagios de coronavirus de personas asintomáticas”. (Obligación de la que están exentos, porque no son personas normales, sino divinas, el presidente de México, el subsecretario de Salud López Gatell y otros funcionarios del propio sector salud y del gabinete que ponen el mal ejemplo.) Desde entonces, no pocas personas que salen a la calle sin cubrebocas han sido hostigadas y hasta agredidas (una de ellas fue asesinada en Jalisco) por los cuerpos policiales, guardias privadas y hasta por particulares, todo ello a pesar de que el Instituto Nacional de Salud Pública llegó a la conclusión (ver el artículo: “Revisión rápida del uso de cubrebocas quirúrgicos en ámbito comunitario e infecciones respiratorias agudas”) de que “no se encontró evidencia científica suficiente para sustentar que la utilización poblacional de cubrebocas ayude a disminuir el número de contagios de infección respiratoria viral”.

Y este estudio, con esta conclusión, está publicado en la revista indizada Salud Pública de México (volumen 62, número 3), órgano oficial del Instituto Nacional de Salud Pública, correspondiente a mayo-junio de 2020, y firmado por seis médicos con autoridad en el tema, entre ellos Tonatiuh Barrientos Gutiérrez, doctor en Epidemiología por la Universidad de Texas, en Houston. (Y se puede consultar en la red: saludpublica.mx/index.php/spm/issue/view/521). La pregunta es: ¿dónde está la ciencia en las disposiciones gubernamentales: en las creencias del presidente o en los estudios de los especialistas? ¿Qué nos protege más: un detente o un cubrebocas? ¿O es suficiente, para no contagiarse de covid-19, “estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar y no traicionar”?

Todo esto demuestra que el gobierno, comenzando por el presidente y siguiendo con las autoridades de Salud, no tiene ninguna congruencia en su presunta estrategia contra la pandemia del covid-19. Un día se dice una cosa (mágica), y al otro, una distinta (“científica”), con “sustento” en creencias y en toda esa ciencia infusa con la que ahora comulgan, oportuna y oportunistamente, hasta los profesionales de la salud que aconsejan al Señor Presidente y que le dicen únicamente lo que él desea oír: música para sus oídos.

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*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (Anuies, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Juan Domingo Argüelles
Colaborador en Fabulaciones | + posts

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (Anuies, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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