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In memoriam: Mario Lavista, creatividad e inteligencia en la música

La partida del compositor deja un enorme en el ámbito de la creación, investigación y divulgación musical

Mi otra gran pasión es ayudar al desarrollo de las nuevas técnicas instrumentales, explorar esas voces nuevas que estoy seguro están dentro de los instrumentos. M.L. 

Mucho sentí la muerte de Mario Lavista (Ciudad e México, 1943-2021), sin duda el compositor más notable y prolífico de su generación. Sobrino de Raúl Lavista, y discípulo destacado de Carlos Chávez, Rodolfo Halffter y Héctor Quintanar que le descubrieron los rudimentos de la armonía y la composición en el Conservatorio Nacional de Música, a finales de los sesenta se hizo acreedor a una beca para estudiar con Jean-Étienne Marie en la Schola Cantorum de París. Ansioso de aprender, aprovecharía de igual modo su estancia en Europa para inscribirse a los muy concurridos seminarios de “música nueva” del importante músico y pedagogo belga Henri Pousseur.

En su larga estancia de formación y perfeccionamiento en el Viejo Continente, de igual modo asistió a los cursos de Karlheinz Stockhausen en Colonia y a los internacionales de verano en Darmstadt, donde decía terminó de descubrir el camino que quería seguir en el siempre complejo campo de la composición. A su regreso a México y ya iniciada la década siguiente, fundó el grupo de improvisación Quanta, exitoso proyecto artístico-musical donde pondría en acción y a prueba sus intereses en lo que concierne a la interpretación simultánea y las relaciones entre música en vivo y electroacústica. Su bella partitura Marsias para oboe y copas de cristal, por ejemplo, es resultado de esta fascinación de Lavista por esos otros sonidos que esconden los instrumentos tanto más tradicionales como otros de más espaciada presencia, porque él consideraba que uno los máximos atributos de la música es precisamente el hallazgo, el descubrimiento, la revelación.

Su amplio catálogo abarca diferentes formatos, desde música para un solo instrumento (como su Simurg para piano, un auténtico examen para el intérprete), vocal (como su inspirado Homenaje a Beckett, para tres coros mixtos a cappella), de cámara para diferentes dotaciones, orquestal e incluso para el género lírico que abordó con éxito a través de su única pero trascendental ópera Aura, a partir de la novela homónima de Carlos Fuentes y que realizó con el apoyo de la beca Guggenheim en 1987. Notables son también sus seis cuartetos de cuerdas, en especial el No. 2, Reflejos de la noche (escrito en 1984 para el Cuarteto Latinoamericano), y su obra sinfónica más importante Clepsidra de 1991, y entre sus muchas piezas para alientos que tuvo entre sus querencias, su Lamento para flauta baja a la muerte de su tío Raúl Lavista en 1980, y su Responsorio in memorian Rodolfo Halffter para fagot y dos percusionistas de 1988, y sus Cinco Danzas breves para el Quinteto de Alientos de la Ciudad de México en 1994, y su Octeto Clásico para la Sinfonieta Ventus de 1997.

Interesado en otros lenguajes y procesos de creación, en las demás artes, en la sinestesia como uno de los estados supremos de la creación, trabajó a partir de varias obras plásticas (de Arnaldo Coen o Sandra Pani, o incluso de Degas, por ejemplo) y escribió partituras para películas de esencia mística como Cabeza de Vaca o María Sabina. La danza también formó parte de sus intereses creativos y compuso música para diversos proyectos en colaboración con su hija, la bailarina y coreógrafa Claudia Lavista, entre ellos, Divertimento para una bruja (para la obra coreográfica Memoria Ciega) que sirvió como homenaje nacional a la inolvidable Guillermina Bravo en el 2020. Otras interesantes obras de este más reciente periodo son, por ejemplo, su singular lectura de Gargantúa y Pantagruel que concibió como un trabajo conjunto entre Francia y México en el 2000, o su sentida Elegía a la muerte de Nacho para flauta y piano del 2003, o su no menos visual Les Couleurs  du Monde del mismo año, o su Adagio religioso escrito a la muerte de su entrañable amigo y colega Eugenio Toussaint en el 2011, o su Requiem de Tlatelolco creado a petición de la UNAM en 2018 para el 50 aniversario del movimiento estudiantil de 1968.

Como maestro no menos destacado de su alma mater donde impartió las muy concurridas cátedras de análisis, composición y lenguaje musical del siglo XX, formando a muchas otras generaciones de talentosos músicos a quienes inspiró a partir de su pasión por la libertad creativa y la experimentación de nuevas técnicas instrumentales, Mario Lavista también fue invitado a otras importantes instituciones extranjeras de formación musical. Como musicólogo, divulgador y promotor no menos acucioso, fundó las publicaciones especializadas Pauta y Cuadernos de Teoría y Crítica Musicales, y ya como miembro destacado del Colegio Nacional desde 1998, en colaboración con el Centro de Investigación, Documentación e Información Musical Carlos Chávez (Cenidim) escribió otros libros y ensayos que constituyen auténticas master class por su valioso contenido.

Igualmente miembro de la Academia de Artes y el Seminario de Cultura Mexicana, y Premio Nacional, Medalla Mozart y de Bellas Artes, y XII Premio SGAE de Música Iberoamericana Tomás Luis de Victoria ––distinción concedida por primera vez a un compositor mexicano––, Mario Lavista deja un sitio de honor en el contexto de la música mexicana contemporánea de concierto. Su vacío se sentirá mucho en el ámbito de la creación, pero de igual modo en los de la docencia, la investigación y la divulgación musicales donde su impronta permanerá con no menor brillo. ¡En paz descanse! 

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