El admirable poeta y ensayista se mantiene activo, lúcido y congruente en su visión crítica de la realidad
Ayer, miércoles 24 de enero, Gabriel Zaid (Monterrey, Nuevo León, 1934) llegó a los 90 años, lúcido y activo. Poeta, ensayista, crítico de la realidad social, política y cultural, sigue escribiendo sus iluminadores artículos, revisando y reeditando sus libros, dando a la imprenta alguno nuevo y, desde hace algún tiempo, revisa y actualiza su indispensable Ómnibus de poesía mexicana, para entregarnos a sus lectores la edición mejorada y definitiva.
Hablar y escribir sobre Gabriel Zaid, para quienes lo queremos y lo admiramos, es caer irremediablemente en el lugar común. ¿Qué podemos decir de él y de su obra que no se haya dicho? Lo llamamos clásico, porque algunos de sus libros lo son sin duda; lo llamamos modélico (digno de emularse), porque representa al intelectual y al hombre de letras congruente, coherente, generoso, magistral (en el mejor sentido del magisterio, especialmente hoy cuando son abundantes los que únicamente enseñan el cobre) y auténtico, esto es, consecuente y original y amigo íntimo de la verdad.
Ya lo anticipé: son lugares comunes, pero nada de lo que he dicho es mentira. Por ello, para no trillar en lo ya trillado, entrego a los lectores de Campus algunas verdades aforísticas que se alojan en los diversos libros de este gran escritor mexicano que nos regala a los lectores poemas y pensamientos plenos de inteligencia, saber y sensibilidad.
• Canción de seguimiento. No soy el viento ni la vela/ sino el timón que vela.// No soy el agua ni el timón/ sino el que canta esta canción.// No soy la voz ni la garganta/ sino lo que se canta.// No sé quién soy ni lo que digo/ pero voy y te sigo. (Obras 1. Reloj de sol. Poesía 1952-1992, El Colegio Nacional, México, 1995, p. 43.)
• Pastoral. vUna tarde con árboles,/ callada y encendida.// Las cosas su silencio/ llevan como su esquila.// Tienen sombra: la aceptan./ Tienen nombre: lo olvidan. (Ibidem, p. 57.)
• Pour Marx. Querida:/ Qué bien nadas,/ sin nada que te vista,/ en las aguas heladas/ del cálculo egoísta. (Ibidem, p. 79.)
• Elogio de lo mismo. ¡Qué extraño es lo mismo!/ Descubrir lo mismo./ Llegar a lo mismo.// ¡Cielos de lo mismo!/ Perderse en lo mismo./ Encontrarse en lo mismo.// ¡Oh, mismo inagotable!/ Danos siempre lo mismo. (Ibidem, p. 99.)
• Si se hace un recorrido por las casas de las familias que ganan medianamente, se encontrará que tienen coche, pero no libros. ¿Se debe a que los libros son más caros que los coches? (Obras 2. Ensayos sobre poesía, El Colegio Nacional, México, 1993, p. 22.)
• La vanidad literaria, profundamente y con toda razón, es una deformación profesional. (Ibidem, p. 46.)
• La libertad empieza siempre gracias a los otros, aunque luego prospere a pesar de los otros y por último quede siempre en falta porque otros faltan de ser libres. (Ibidem, p. 104.)
• Un recital es como un coctel de galería. Así como no hay espacio, físico, por lo pronto, para ver los cuadros en semejantes ocasiones, es difícil “leer” de oídas. El espacio de un posible encuentro en la obra, se inhibe ante el espacio del encuentro social. (Ibidem, p. 117.)
• Ibargüengoitia no escribió el Quijote, aunque sí varias novelas ejemplares. (Ibidemv, p. 230.)
• Si uno forma una biblioteca sobre historia de Tlaxcala, o, mejor aún, de ediciones del Quijote, nadie tiene derecho a exigirle que haya leído miles de veces el Quijote, una por edición. (Obras 3. Crítica del mundo cultural, El Colegio Nacional, México, 1999, p. 17.)
• La promoción del libro que nos importa no puede limitarse a aumentar las ventas, los tirajes, los títulos, las noticias, los actos culturales, los empleos, el gasto y todas las cantidades que conviene medir. Lo importante es la animación creadora que se puede observar, aunque no medir”. (Ibidem, p. 31.)
• En el caso del libro, la ignorancia es mayor. A falta de estudios, hay una serie de hipótesis beatas: no hay libro tan malo que no tenga algo bueno (Plinio); cualquier libro es mejor que cualquier programa de televisión; no hay nada más noble que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro”. (Ibidem, p. 43.)
• Leer es un lujo de pobres, de enfermos, de presos, de jubilados, de estudiantes ociosos, como antes los había. En la medida en que los estudiantes se vuelven jóvenes ejecutivos de agendas sobrecargadas, en la medida en que aumentan los ingresos y las oportunidades de la vida ejecutiva, leer (si no es por obligación) se vuelve incosteable. (Ibidem, p. 57.)
• La literatura mexicana crece en proporción aritmética. Los profesores norteamericanos, en proporción geométrica. Al paso que vamos, se avecina un desastre. (Ibidem, p. 131.)
• La industria del elogio nos ayuda a olvidar en qué país vivimos. Lo reconocen hasta aquellos que ocasionalmente son maltratados por la crítica: “propaganda que me hacen”, dicen triunfalmente. (Ibidem, p. 141.)
• Según nos explicaba un posgraduado en funerales, lo que sale más caro de enterrar a un hombre importante son los anuncios en los periódicos: un cadáver no es, como se cree, materia prima de la industria funeraria, sino materia prima de la industria de las relaciones públicas. (Ibidem, p. 192.)
• En el discurso de la razón gana el que tiene la razón. En el discurso de la pistola gana el que tiene la pistola. (Ibidem, p. 549.)
• Hay ilusiones, intereses creados y demagogias que nos presentan como bien de producción lo que es un bien de consumo. Peor aún, hay mucha pobre gente sin apetito intelectual que se tortura a través de procesos costosísimos, estudiando, enseñando, investigando, para tener derecho a ganar más, por haber costado más (no producido más). (Obras 4. El progreso improductivo, El Colegio Nacional, México, 2004, p. 49.)
• En otro tiempo, el portador de una mala noticia arriesgaba el pellejo. Hoy es recibido con agasajos. Cuénteme, cuénteme usted, cómo se están muriendo de hambre. ¡Qué horror! ¡Y qué valiente es usted en echarnos en cara esa verdad tan horrible! (Ibidem, p. 259.)
• El ruido de la fama tiene también su más allá, que baja hasta la vida ordinaria repartiendo autógrafos, como un sacramento. (Obras 5. Fama y dinero, El Colegio Nacional, México, 2017, p. 14.)
• Se quejaba Noel Coward: Cuando estás leyendo sabrosamente, interrumpir por la llamada de una nota y bajar las escaleras a ver de qué se trata, es como atender el timbre que te pide bajar a la puerta, cuando estás arriba haciendo el amor. (Ibidem, p. 40.)
• En la vida cotidiana, abundan las personas valiosas, las bellezas notables, las inteligencias superiores, que tienen realidad, pero no imagen, por lo cual pasan de noche para los bobos que adoran la imagen del “éxito”. La idolatría de las imágenes deja sin ojos para ver los milagros de la realidad. (Ibidem, p. 92.)
• Quizás el suicidio empiece por la frase presumida de “haberse quemado las pestañas”, frase que viene de los tiempos cuando los estudiantes acercaban la llama de una vela al libro y a los ojos. Quemarse las pestañas puede ser una peripecia de tantas que contar en la bonita aventura de leer, pero que se fue volviendo una manera de presumir estudios y títulos universitarios. Cuando los libros dejan de ser aventuras fascinantes y se convierten en obligación, en carrera de obstáculos para sacar el título, pueden llegar a ser odiosos. (Ibidem, p. 195.)

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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