Es curioso cómo los valores en la política pueden diluirse con tanta facilidad. El poder, al fin y al cabo, es el enemigo. Esta maldad desde el poder siempre ha existido, pero en tiempos recientes se ha vuelto más perversa. Pero, ¿cómo llegamos a este punto? ¿Cuáles han sido los acontecimientos que han marcado a nuestra generación? ¿Cómo ha influido el poder y las ideas en la evolución o retroceso de la sociedad? ¿Por qué esa sensación de frustración e incertidumbre nos invade a tantos? Mi intención con estas reflexiones no es únicamente entender mejor el fenómeno yo misma, sino abrir un tímido espacio de reflexión, que al final pudiera quedarse como un ejercicio personal, pero que tiene la intención de incentivar el análisis y buscar sumar de cara a la vastedad de desafíos de nuestros tiempos.
En mi aportación pasada, comentaba sobre una sensación de prosperidad, que tristemente nos duró poco. Algo malo pasó. El Estado que apostó a la protección de la economía dando más responsabilidades a la iniciativa privada en materia de servicios básicos, se enfocaba en la idea de que una sociedad más autosuficiente no necesitaba de un Estado protector para salir adelante. Además de que salía muy caro, el Estado de Bienestar no era eficiente y hacía muy dependientes a los ciudadanos. En teoría, se buscaba contar con todas las herramientas para que los ciudadanos pudieran cubrir sus necesidades por sí mismos, gracias a una infraestructura enfocada al desarrollo económico. Lo desafortunado de este esquema es que beneficia a los más ricos y la brecha de la desigualdad se vuelve más profunda.
Son ampliamente reconocidos los efectos negativos de la desigualdad: corrompe a las sociedades, intensifica la competencia por el estatus, refuerza los prejuicios, agrava la delincuencia, acentúa las patologías asociadas con la desventaja. Cuanto mayor es la brecha entre la minoría acomodada y la masa empobrecida, más se agravan los problemas sociales, lo cual aplica tanto en países ricos como en países pobres. “No importa cuán rico sea un país, sino cuán desigual sea”. Este es uno de los legados de una riqueza no regulada. Un mercado desregulado y la aversión por defender el sector público a favor del interés colectivo conformaron una tormenta perfecta. La crisis financiera de 2008 es un ejemplo claro: los excesos permitidos por la desregulación económica, como el colapso inmobiliario en Estados Unidos, impactaron en cadena a otras naciones, que terminaron recurriendo al Estado para ser rescatadas. No parece un modelo muy eficiente.
¿Con quién contamos en este contexto? La socialdemocracia, un híbrido entre el socialismo y el liberalismo, que cree en las ventajas de la acción colectiva para el bien común, defendiendo un papel activo del Estado en la provisión de servicios esenciales como la salud pública, la educación gratuita o subsidiada, el transporte público, entre otros. Esta opción parecía viable y un modelo muy similar fue implementado en Europa durante muchos años. Sin embargo, siempre se enfrentó a las críticas sobre su ineficiencia económica, al grado de que ni ellos mismos supieron cómo defenderlo y empezaron a tener malos resultados electorales. A medida que avanzaba el tiempo, las alternativas se fueron quedando obsoletas, sin estar a la altura de las circunstancias, y sin lograr definir de manera equilibrada el tipo de Estado que realmente necesitamos. Este vacío ha sido responsable, en gran medida, de la sensación de frustración que experimentan generaciones como la mía, incluyendo a los de los noventa y 2000.
Hasta el día de hoy, pareciera que todavía la distinción entre izquierda y derecha siguiera vigente, pero con un renovado enemigo en el escenario, uno que pone toda la responsabilidad en los demócratas para evitar que se destruya la libertad: el poder caracterizado por el sello autocrático.
Lamentablemente, ese vacío de respuestas y las alternativas obsoletas predominantes durante años, son responsables de muchos de los movimientos autoritarios que surgen en todo el planeta, y de que la libertad, tal como la conocíamos, esté ahora en peligro. Este nuevo grupo de líderes, definidos por su enfoque autocrático, se han aprovechado de problemas globales como las migraciones, la inseguridad económica, el poder de las redes sociales, la inteligencia artificial, entre otros; todos, fenómenos originados por el capitalismo. Estos aspirantes a autócratas, ávidos de poder, como los describe Naím, se han aprovechado de la decadencia del poder tradicional y han utilizado nuevas estrategias para alcanzar y mantener un poder ilimitado.
Y esas estrategias les han funcionado por muchas razones. Como explica Anne Applebaum, es común que las personas se sientan atraídas por ideas autoritarias porque les resulta incómoda la complejidad. Buscan respuestas simples en un nuevo lenguaje político que las haga sentir más seguras y protegidas. La llegada de inmigrantes o forasteros, por ejemplo, es una forma de complejidad que tradicionalmente ha avivado el impulso autoritario. Así ocurrió con la migración masiva de personas de Medio Oriente a Europa durante la guerra en Siria, en 2016 (algunas de ellas invitadas por la canciller alemana, Angela Merkel), inspirando con ello el aumento del apoyo a partidos políticos autoritarios en Europa.
El fenómeno es global y parece que no se ha encontrado una fórmula para contenerlo. Estos movimientos que amenazan las libertades siguen truinfando y los “libertarios” siguen sin ofrecer alternativas viables y que den solución a las demandas ciudadanas.

Vanessa Medina Armienta
Especialista en regulación, educación superior e inteligencia artificial, con más de 25 años de experiencia en el sector público federal mexicano — SHCP, CNBV, SRE y Cámara de Diputados, entre otras instituciones. Es Directora de Campus Consulting, donde acompaña a universidades mexicanas en el diseño e implementación de políticas institucionales de IA responsable. Licenciada en Relaciones Internacionales por la UNAM, Maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad de Nottingham, Reino Unido (Beca Chevening) y Maestra en Consultoría Organizacional y de Negocios por ICE México.
Columna Campus: Un-Common Sense
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