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El populismo como socialización política

En el carnaval político del obradorismo, la mascarada es un ritual cotidiano, ejercido sin pudor y sin piedad por una élite que busca en todo momento colocarse en la primera fila.

En La politización del niño mexicano (1975), Rafael Segovia presentó el primer estudio sistemático, no ensayístico ni especulativo, dedicado a comprender la cultura política de los mexicanos. Enfocado en las relaciones entre la socialización política de los niños, sus aprendizajes políticos, la interiorización de normas y valores, y su función en la legitimidad de un sistema autoritario como el mexicano de finales de los años sesenta, el texto aportó claves importantes para la comprensión de la lógica de reproducción de una cultura política coherente con los principios y las prácticas políticas mexicanas posrevolucionarias. Buena parte de las investigaciones y proyectos contemporáneos sobre la cultura política mexicana que se realizan en universidades y centros de investigación, se derivan de las aportaciones y claves contenidas en ese texto canónico de las ciencias sociales en nuestro país.

Justo por ello, la relectura del libro de Segovia parece pertinente para analizar el origen y desarrollo del neopopulismo que hoy domina la escena política nacional. El prefijo de “neo” parte de la premisa de que en la historia política mexicana es posible identificar en el cardenismo y su política de masas el primer tipo de populismo nacionalista y corporativo surgido de la revolución mexicana. Ese primer populismo, de orientación claramente socialista, paradójicamente, sentó las bases del autoritarismo y el desarrollismo mexicano que produjo el “milagro mexicano” entre los años cuarenta y setenta del siglo XX, y que, con la gran crisis de los años ochenta, se convirtió en el objeto de transformación de las fuerzas encontradas del neoliberalismo económico y la democratización política durante los años noventa y la primera década del siglo XXI.

Con la experiencia de la alternancia política en la presidencia, observada en los tres primeros sexenios de este siglo, se cultivó una oposición organizada que denunciaba al fraude y al engaño como los componentes de una “falsa” transición política, a pesar de todas las pruebas y evidencias en contra. De esas aguas surgió el neopopulismo encabezado por AMLO, particularmente desde su derrota como candidato presidencial por el PRD en 2006. Desde esa perspectiva, es posible sostener como tesis general que el obradorismo es la representación de una forma de socialización y aprendizaje político coherente con la reconstrucción de un régimen autoritario, nacional-populista, una suerte de “nacionalismo nostálgico”, como le ha denominado recientemente Alberto Olvera. Se pueden proponer tres notas al respecto, ancladas en la coyuntura.  Una tiene que ver con las relaciones entre la retórica y la política. Otra, con el papel de la crítica política en un contexto de intolerancia. Finalmente, la que se refiere al autoritarismo como una forma organizada de pedagogía política.     

1. Retórica y política. La incontinencia verbal de AMLO es de sobra conocida. Se reafirma puntualmente todas las mañanas por todos los medios. No es nueva ni sorprendente; es más bien una práctica rutinaria y predecible. El problema de esa rutina presidencial es el cálculo de las consecuencias que esa palabrería tiene en las prácticas políticas y en la frágil democracia mexicana. Como ha ocurrido en otros tiempos y circunstancias, el soliloquio presidencial se legitima en los espacios controlados por el primer o el segundo círculo del poder del oficialismo: su gabinete, su partido, sus congresistas, cabilderos y seguidores, las partes interesadas de los negocios que se han subido al tren del morenismo y las fantasías de la Cuarta Transformación. La soledad presidencial se alimenta de sus propios ecos.

La ruta elegida por el oficialismo es una combinación de improvisación, prisas y demolición institucional, que se acompaña de un coro sostenido de insultos, amenazas y descalificaciones. Desde la cima del poder presidencial se alienta desde hace dos años y medio la veloz construcción de esa ruta. Cada vez más, el obradorismo en el poder, y la élite política que lo respalda, muestra la determinación por hacer del poder un instrumento, una herramienta útil, no un dispositivo de relación política. Los actuales ataques al INE son sólo una muestra más de esta concepción instrumentalista del poder, una concepción que se alimenta de una colección de creencias autoritarias y autocráticas, difícilmente democráticas.

Los legisladores e intérpretes del presidente actúan en competencia continua para complacer la voluntad de poder. Detrás de esa competencia se encuentra una lucha sorda por colocarse en la primera fila de los soldados, capitanes y comandantes presidenciales, dispuestos a emprender las acciones que sean necesarias para mostrar al presidente su fidelidad y compromiso con la 4T. En el carnaval político del obradorismo, la mascarada es un ritual cotidiano, ejercido sin pudor y sin piedad, un hábito enraizado sólidamente entre los usos y las costumbres de los actores del espectáculo.

Pero la retórica y la política es solo una dimensión de la configuración del poder populista. Las otras dimensiones son la intolerancia a la crítica política y la pedagogía de la legitimación populista. A ellas nos referiremos en la próxima colaboración.

Acerca del autor

Adrián Acosta Silva
Estación de paso en Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara

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