In memoriam: José Vicente Anaya, el poeta, el traductor

Mario Saavedra

Mario Saavedra

Alguna vez actor (Diosa de Plata como protagonista de la película Crónica Roja, del ahora laureado escritor Fernando Vallejo), es escritor, periodista, editor, catedrático, promotor cultural y crítico especializado en diversas artes.

In memoriam: José Vicente Anaya, el poeta, el traductor

Estudioso de la Generación Beat y parte integral del infrarrealismo, siempre buscó la experimentación con el lenguaje.

Cuando tocas el agua desde tus manos va creciendo el mar.   J.V.A.

He sentido mucho la muerte de José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, 1947-Ciudad de México, 2020), notable poeta y traductor ––sobre todo del inglés–– que como chihuahuense siempre estuvo presente en el compacto grupo de creadores e intelectuales que en derredor de la figura de Fuentes Mares hicieron patria chica en su autoexilio en Ciudad de México. Un no menos sensible y activo ensayista, editor y periodista cultural a lo largo de casi cinco décadas, era además un hombre generoso y solidario, infaltable siempre en las actividades de sus paisanos y en toda clase de programas para promocionar la cultura y el arte chihuahuenses en la capital. 

José Vicente se había ido a estudiar a Ciudad de México a finales de la década de los sesenta, y si bien no fue una de las cabezas en el movimiento estudiantil del 68, como los más de su generación quedaría marcado por este hecho que sin duda significó un rudo parteaguas en la historia contemporánea de México. Estudiante primero de sociología y luego de letras en la UNAM, empezó a escribir poesía desde muy joven y formó parte en los setentas del infrarrealismo, siendo redactor incluso de uno de sus manifiestos. Allí compartiría preocupaciones e intereses con sus colegas Mario Santiago Papasquiaro, Rubén Medina, Ramón Méndez Estrada, el peruano José Rosas Ribeyro y por supuesto el chileno Roberto Bolaño que en su autoexilio definitivo en Cataluña escribió ––poco antes de su prematura muerte–- su novela ya de culto Los detectives salvajes

Como herencia de su activa participación en el movimiento infrarrealista, y como otros miembros de su promoción, por ejemplo Rubén Medina que ahora vive en Estados Unidos y se ha hecho otro especialista en la materia, José Vicente Anaya estudió a fondo y se hizo un no menos exhaustivo traductor de la obra de los integrantes de la Generación Beat que igual los había marcado e influido. Como muchas veces lo platicamos, y consciente de ese añejo dicho italiano “traduttore traditore”, José Vicente estaba convencido de que había además que profundizar en la vida del autor y el contexto que había influido en la creación de una obra, sin olvidar tampoco que un texto es autónomo y tiene vida propia. De ahí su extraordinario trabajo en un siempre riesgoso oficio como el de la traducción, lo que sería decisivo en su acercamiento a escritores de ruptura como los beatianos Allen Ginsberg y Gregory Corso, o las también activistas Margaret Randall y Marge Piercy, o el de igual modo historiador Carl Sandburg, o incluso el notable novelista Henry Miller que igual había sido ascendente de la citada generación, sin olvidar por supuesto sus especialmente significativas traducciones del frances Antonin Artaud cuyo paso por Chihuahua sería determinante e igual tuvo un peso específico en la propia obra poética de José Vicente.

Poeta ante todo, de una vocación tan honda como firme, su poesía ha sido traducida ya a varias lenguas, entre otras, al inglés, al francés, al italiano y al portugués. Si hay constantes innegables en su largo y personal transitar lírico, de igual modo pueden reconocerse rasgos de quien siempre buscaba y experimentó con el lenguaje, en cuanto es, y de eso también dialogamos largo y tendido en varias ocasiones, el natural vehículo de búsqueda y de reconocimiento. El yo poético indaga y se propone además transformar ese instrumento que en su función estética va mucho más allá de ser una vía siempre cambiante de comunicación, de expresión.

Su ya clásico poemario Híkuri, por ejemplo, que bien conecta sus raíces chihuahuenses con sus para entonces definidas querencias para con la poesía oriental, con el haiku japonés tan caro a José Juan Tablada y otros importantes escritores mexicanos que apuntalaron el tránsito del modernismo hacia la modernidad, es un bello canto de exaltación al sentido místico y premonitorio de la poesía desde sus orígenes: “A todos aquellos que han/ gritado poemas premonitorios,/ y que por sus ideas/ o alucinaciones/ han sido condenados”. Y de ahí su estrecha relación con la propia poesía rarámuri, con su honda identidad cósmica, conforme en la cultura tarahuara hay un clarividente afán de unir al ser con el firmamento y la naturaleza, como un todo condensado y único. En este sentido, cómo no recordar la hermosa y reveladora novela de Nacho Solares, No hay tal lugar, donde se contrasta una pragmática visión occidental con la cosmogonía mucho más espiritual de los rarámuris y otros varios pueblos amerindios. Y por supuesto, la mencionada impronta artaudiana, su filosofía en torno a la imperceptible línea divisoria entre imaginación y realidad.

Fundador y editor por varios años de la muy presente revista de poesía Alforja y de su editorial adjunta donde dio cabida a muchos textos ajenos y propios, José Vicente Anaya fue autor de otros poemarios de justa mención como Los valles solitarios nemorosos, Paria, Morgue, Punto negro, Peregrino y la antología personal Gozo de sexo. De su prolífica pluma son también, en sus otros antes mencionados sumarios talentos del ensayo y de la traducción, del estudio académico y de la crítica, aparte de sus esclarecedores acercamientos a la Generación Beat y sus hacedores, Largueza del cuento corto chino, Piratas y poetas, Poetas en la noche del mundo (Heidegger y la poesía), Cuento breve japonés, Breve destello intenso, El haiku clásico del Japón, El rompimiento amoroso en la poesía, Reflexiones sobre la muerte de Mishima de Henry Miller, Ventana de la mujer en llamas de Marge Piercy, Aullido, Kaddish (y otros poemas) de Allen Ginsberg, En la mano desvanecida del tiempo de Gregory Corso o Antología de la narrativa japonesa de posguerra de Átsuko Tanabe.

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