E n la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales quedan establecidos el coro y las cuatro estrofas, así como las pautas oficiales, de la letra y la música del Himno Nacional Mexicano. Como todas las leyes, ésta es obligatoria y no discrecional para nadie, así se trate del presidente de México que, con mayor razón, debe poner el ejemplo cumpliéndola. Obra del poeta y periodista potosino Francisco González Bocanegra (1824-1861), el Himno era más extenso (80 versos en 10 estrofas), pero la ley citada transcribe textual el coro y las cuatro estrofas oficiales. He aquí el coro: “Mexicanos al grito de guerra / el acero aprestad y el bridón / y retiemble en sus centros la tierra / al sonoro rugir del cañón”. Y he aquí la primera estrofa: “Ciña ¡oh patria! tus sienes de oliva / de la paz el arcángel divino, / que en el cielo tu eterno destino / por el dedo de Dios se escribió. // Mas si osare un extraño enemigo / profanar con su planta tu suelo, / piensa ¡oh patria querida! que el cielo / un soldado en cada hijo te dio.”
El Himno data de 1853 y fue estrenado el 15 de septiembre de 1854, con música del español Jaime Nunó. Pero se estableció oficialmente hasta 1943, cuando se eliminaron seis estrofas, quedando sólo la primera, la quinta, la sexta y la décima, además del coro. (La cuarta y la séptima estaban dedicadas a Santa Anna e Iturbide.) La ley es muy precisa, y establece lo siguiente en su artículo 38: “El canto, ejecución, reproducción y circulación del Himno Nacional, se apegarán a la letra y música de la versión establecida en la presente Ley. La interpretación del Himno se hará siempre de manera respetuosa y en un ámbito que permita observar la debida solemnidad”. En el 39 es también rigurosa: “Queda estrictamente prohibido alterar la letra o música del Himno Nacional y ejecutarlo total o parcialmente en composiciones o arreglos”. Por ello, cada vez que en una actividad pública (sobre todo deportiva), cuando un intérprete se equivoca en la letra o modifica la música, la Secretaría de Gobernación impone sanciones que van desde una amonestación hasta una multa (pequeña o moderada), y también considera breves penas de privación de la libertad. Pero, apenas en septiembre de 2025, un diputado del partido Morena, Juan Guillermo Rendón Gómez, tuvo la gran idea de endurecer las penas: prisión de tres a cinco años y multa de casi un millón de pesos a quienes alteren la letra y la música.
Lo más gracioso de esto es que un mes antes, el 12 de agosto de 2025, en su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum, recitó (y lo hizo pésimamente) una parte de la primera estrofa de nuestro Himno Nacional. Expresó: “Como dice el himno: Y si osare un extraño enemigo / profanar con sus plantas tu suelo, / piensa oh patria querida que el cielo / un soldado y una soldada en cada hijo te dio”. Por principio, no es “y si osare”, sino “mas si osare”, y no es “profanar con sus plantas”, sino “profanar con su planta”. Lo peor es que violó la ley con sorna y deliberadamente, esto es, “sin observar la debida solemnidad” (artículo 38), al alterar, por motivos de lenguaje inclusivo, el verso “un soldado en cada hijo te dio”, transformándolo en “un soldado y una soldada en cada hijo te dio”. Y sonreía.
Los versos marciales de González Bocanegra poseen, cada uno, diez sílabas (es, decir, son decasílabos) y ese ritmo marcó, sin duda, la música que le impuso Jaime Nunó. Pero a la presidenta se le hace muy fácil convertir un decasílabo en un verso cuya métrica insólita es de dieciséis sílabas, pero, además, se equivoca en el desdoblamiento de género del uso inclusivo del lenguaje. La lógica le exigiría lo siguiente: “un soldado y una soldada en cada hijo y en cada hija te dio”. ¡Veintiún sílabas poéticas! Y hay un detalle no menor: se altera la letra del Himno Nacional Mexicano, pero también se altera la lógica del idioma español: ni la Real Academia Española ni la Academia Mexicana de la Lengua (y, por tanto, ni la Asociación de Academias de la Lengua Española, a la que México pertenece) acepta el desdoblamiento de género para emplearlo como lenguaje inclusivo o incluyente.
El argumento es de la lingüista emérita Concepción Company Company, y que mejor que lo formule ella y no un varón: “La gramática no tiene sexo, no es ni incluyente ni excluyente, es una herramienta que atraviesa nuestra vida y que usamos diariamente para funcionar. La gramática es una serie de convenciones, es arbitraria. Por ejemplo, la palabra arte en singular es el arte, en plural son las artes, eso es una muestra de arbitrariedad, así ha sido por siglos. Es decir, la gramática no refleja necesariamente el mundo. El mundo está dividido en dos: hombres y mujeres; la gramática no lo está, es un hecho arbitrario de sedimentación secular y herencias milenarias. Ninguna lengua tiene sexo, algunas tienen género. El género es una adscripción arbitraria, convencional, sedimentada por siglos, de que una comunidad de hablantes marca como masculino algunos aspectos, marca como una terminación de femenino a otros y marca neutro o como invariable otros. En el caso del español, en una parte mínima de la lengua, el género coincide con el sexo de los individuos”.
La presidenta Sheinbaum no sólo violó la ley del himno nacional, sino que, sin quererlo, reveló las dificultades de un idioma que ya no es parte del uso habitual en México. En las ceremonias de los lunes, un niño de preprimaria (menos de cuatro años) cantaba convencido con entera lógica: “al sonoro rugir del camión”. Obviamente, este niño había oído rugir a muchos camiones, pero a ningún cañón. Nuestro Himno Nacional tiene conceptos que ya no forman parte del uso cotidiano de la lengua. ¿Qué significaba para ese niño “el acero aprestad y el bridón”? ¡Nada!, porque, al emplear el autor la sinécdoque (la materia por el objeto), el acero es la espada, el verbo aprestar (preparar, alistar) ya nadie lo usa (menos aún en su imperativo “aprestad”) y el “bridón” es un caballo ensillado y embridado listo para el combate. Pobrecito Memo. ¿Qué pensaba cuando cantaba: “Mas si osare un extraño enemigo / profanar con su planta tu suelo”? Era imposible que pensara lo siguiente: “pero si un enemigo extranjero se atreve a invadirnos”.
Poco después de su “aportación” a la letra de González Bocanegra, la presidenta con sorna dijo: “El otro día me criticaron. Ya ven que están esperando a ver qué dice la presidenta para sacar un tuit en este instante, a ver qué dijo la presidenta para escribir, para ver cómo la criticamos. Entonces dije: ‘un soldado y una soldada en cada hijo te dio’ y dijeron que estaba violando el himno nacional”. Si la presidenta conociera la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales sabría que sí la violó, porque ella no está exenta de obedecerla. Y, por si fuera poco, si consultara el Diccionario de la Lengua Española de la RAE sabría también que el sustantivo “soldada” no se aplica a la mujer militar, sino a la paga, al salario que reciben las y los soldados. Porque “soldado” es invariable y su marca femenina la determina el artículo: “la soldado”. Su “aportación”, violatoria al Himno Nacional, no significa otra cosa que: “un soldado y una paga en cada hijo te dio”. Ni más ni menos.
Sobre esto consulto a Copilot, el chatbot de Microsoft. Me responde: “El lenguaje inclusivo, en sí mismo, no es el problema: lo es su instrumentalización política. Se convierte en una forma de legitimación ideológica, donde el Estado se presenta como garante de nuevas sensibilidades, aunque transgreda normas jurídicas y culturales. Esta práctica erosiona la autoridad simbólica de los emblemas nacionales, que deberían ser espacios de memoria compartida, no de reescritura unilateral. Cuando el Estado modifica el Himno Nacional sin consecuencias, lo que se vulnera no es sólo una ley, sino el pacto simbólico que sostiene la nación. El lenguaje institucional deja de ser un vehículo de cohesión para convertirse en un instrumento de facción. Se normaliza la impunidad discursiva: el poder puede decir cualquier cosa, incluso lo que está prohibido.” Y, además de todo, sin reconocer la transgresión. Es la herencia del déspota: “Y que no me vengan con que la ley es la ley”.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
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