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Tlacaélel, el corazón de Quetzalcóatl

Tlatoani de tlatoanis, azteca entre los aztecas, esta histórica figura buscó unificar a la humanidad conocida en este lado del mundo

A Alan, Ángel y hermano

(13 de agosto 1991 – 29 de septiembre 2012)

El ser humano y su luz -su destino, su semilla, sus estrellas- tienen el propósito de coadyuvar al engrandecimiento del Universo, máxima del pensamiento nahua que encontramos una y otra vez en Tlacaélel: el azteca entre los aztecas de Antonio Velasco Piña; el cual, traemos hoy a reseña a propósito de la conmemoración del día de mañana 13 de agosto y los 500 años de la noche triste, de la caída de Tlatelolco, gemela de Tenochtitlán.

Una de las principales causas por las cuales sucumbió el imperio mexica fue por la unión de los pueblos rivales con los invasores, era tal el resentimiento de los pueblos del imperio que estos prefirieron aliarse con los extraños a defender una soberanía que, por supuesto, no tenían.

Este error lo advierte Tlacaélel en un viaje de unificación con los pueblos mayas, guardianes de una parte del Emblema Sagrado de Quetzalcóatl, deidad que por aquellos lares se le conoce como Kukulkán. Tlacaélel fue un sumo sacerdote, tlatoani de tlatoanis, portador de la otra parte del emblema sagrado renunció al mando político para asumir únicamente el religioso, como lo hizo hace unos años el Dalai Lama.

En esta historia, al interior de un templo abandonado, Tlacaélel descifra la memoria pétrea del tiempo; y esto es relevante, el conocimiento que resguarda le precede por mucho, tanto que el mensaje lo encuentra en un templo abandonado.

“Los jeroglíficos dejaban ver una posible solución tendiente a superar el peligro que se aproximaba. Como consecuencia de la estrecha interrelación existente entre todos los seres que pueblan el Cosmos, las acciones de los astros y de los seres humanos se entrelazan y repercuten entre sí, convirtiéndose en necesarios los unos a los otros”, fue parte del mensaje que encontró este mítico personaje, según nos cuenta nos cuenta Velasco Piña.

Cada cultura ha puesto su parte, pero si quisiéramos encontrar la gloria de Mesoamérica que nos concierne como mexicanos, deberíamos ir con los toltecas. El símbolo sagrado que obtiene Tlacaélel, es un símbolo tolteca, herencia de Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, desterrado emperador tolteca.

Cuando Tlacaélel obtiene este símbolo, grado, responsabilidad, el pueblo tenocha estaba subyugado por los tepanecas, el señor de Azcapotzalco era el guardián de esa herencia, a su pueblo le correspondía naturalmente ese cargo, pero algo pasó -lean la novela- que, el tenocha Tlacaélel le toca en suerte el deber de resguardar esa herencia. El señor de Azcapotzalco enfurece y manda matar a Chimalpopoca, tlatoani de los de Tenochtitlán.

Con ese asesinato empieza la construcción del imperio Azteca. Es curioso, pero con la fuerza moral que les dio a los tenochas el haber sido favorecidos por el destino con el nombramiento de Tlacaélel como sumo sacerdote pudieron derrotar a sus verdugos tepanecos. Los pueblos que subyugaban en otrora los tepanecos, ahora estarían bajo dominio tenocha, pero el propósito de Tlacaélel era recuperar los designios de Quetzalcóatl: unificar a la humanidad hasta entonces conocida.

En ese propósito se empeña Tlacaélel, pero lo hace de una forma equívoca. Velasco Piña nos cuenta: “Desde tiempos remotos, aquéllos que se habían dedicado a observar con detenimiento el proceso que tiene lugar en los seres vivientes a lo largo de su existencia, habían llegado a la conclusión de que los seres humanos, en el instante de ocurrir su muerte, generaban una cierta cantidad de energía que era de inmediato absorbida por la luna y utilizada por ésta para proseguir su crecimiento”.

“Con base en ello, Tlacaélel concluyó que si en un determinado momento el número de personas que morían era en extremo abundante, la luna se vería incapacitada para aprovechar este exceso de energía, la cual pasaría a ser absorbida por el sol, pues éste, en virtud de sus proporciones, resultaría ser el único cuerpo celeste capaz de utilizar la sobreabundancia de energía intempestivamente generada desde la tierra.”

O sea, Tlacaélel se imaginó que la mejor forma de contribuir al engrandecimiento del Universo era alimentando al sol sacrificando humanos, conclusión política y religiosa, esos sacrificios serían de los pueblos dominados; de esa “grata” forma unificaron a la humanidad conocida en esos tiempos por estas tierras.

Decíamos que la gloría del pensamiento mesoamericano la podemos encontrar en los toltecas, a considerar por la obra Tlacaélel, el azteca entre los aztecas, a los férreos guerreros, los encontramos entre los purépechas. En su afán por construir un imperio con base en los sacrificios, los tenochas tenían una sed de guerra auspiciada por su dios Huitzilopochtli.

Les hicieron entonces la guerra a los purépechas, pero antes, un paréntesis. En su peregrinación de Aztlán, hubo un grupo que se separó en lo que hoy es el estado de Michoacán, donde, por cierto, se instituyeron los sacrificios humanos. Los que fundarían Tenochtitlán, ya guiados por Huitzilopochtli, abandonaron a la líder de este grupo “rebelde”. Copil, hijo de la líder de este grupo abandonado, buscó vengar el abandono cuando estos nómadas ya se habían asentado en el lago de Texcoco, pero ellos lo matan y arrojan su corazón a los cañaverales del lago. Cuenta la leyenda que del corazón de Copil creció la peña con el tunal donde habitaba el águila que gustaba de un menú de aves y serpientes.

Los tenochas entonces hechos ya un imperio (sobre el corazón de Copil) le hacen la guerra a los purépechas y los purépechas los atraviesan, los trozan, les dan una paliza. El imperio mexica había tomado ciertas proporciones que tal derrota aún les permitía regenerarse. Aquí cierro estas humildes líneas y rescato dos partes que considero esenciales en la obra de Velasco Piña.

Cuando los tenochas se libraron del yugo de los tepanecas, en la contienda, Tlacaélel interviene animando el bélico acento de su pueblo, arenga con una palabra conjuro: Me-xíhc-co. Bueno en realidad son tres palabras, el náhuatl como el alemán tienen la facultad de ser idiomas aglutinantes. Sabemos que “ombligo de la luna” es la traducción de esta palabra que hoy es nuestra nación, pero ¿qué significa?, de acuerdo con Velasco Piña:

“El significado de aquella palabra era doble, por una parte, simbolizaba la expresión del principio de dualidad existente en todo lo creado -manifestado por la presencia en el cielo del sol y la luna- y por otra, el ideal de alcanzar la unidad y la superación de la humanidad, mediante la integración de una sola y armónica sociedad en la cual quedasen superadas las contradicciones que separan a los diferentes grupos humanos”.

Entonces los tenochas se hicieron mexicas al amparo de este conjuro, ganaron territorio y pueblos vasallos hasta que se cotejaron con los purépechas, después de esa guerra perdida, Tlacaélel viaja a territorio maya y en un templo abandonado entiende “a través de la lectura del pétreo mensaje- que la tarea de coadyuvar al crecimiento del Universo jamás sería lograda mediante el simple recurso de extraer corazones a un creciente número de víctimas, era necesario algo mucho más profundo y trascendente: un sacrificio interior -voluntario y consciente- que propiciase una auténtica elevación espiritual de la naturaleza humana”.

Posiblemente igual hubiese sido conquistado el territorio si el desarrollo del imperio se hubiese dado en el espíritu tolteca, corazón de Quetzalcóatl, al unirse la humanidad, tal como lo busca hoy el Dalai Lama, en la armonía que nos hermana, y no con guerras ni con impuestos, pero eso ya sería otra historia. Quizá solamente lo que nos corresponde en este tiempo, en esta tierra es recuperar nuestro deber cósmico, nuestra naturaleza celeste. 

 

 

Acerca del autor

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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