La Pandemia: Lecturas y Recuerdos / XVI. Carlos Pallán

La Pandemia: Lecturas y Recuerdos / XVI

En Una Vida en la vida de México, obra autobiográfica de Jesús Silva Herzog, se puede encontrar un caleidoscopio de importantes episodios nacionales de la primera mitad del siglo XX.

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Su paso por la SEP fue particularmente importante en la trayectoria del político.

Carlos Pallán Figueroa

Carlos Pallán Figueroa

Ex secretario general ejecutivo de la Anuies

capafi2@hotmail.com

Un libro que ejerció enorme influencia entre los recién veinteañeros de mi generación fue Una Vida en la vida de México, de Don Jesús Silva Herzog, publicado por siglo XXI en 1972. Es, fundamentalmente, una biografía en torno a la trayectoria política e intelectual del autor, pero también un recuento de algunos de los principales episodios nacionales acaecidos desde el inicio del siglo XX hasta los años cincuenta. De igual manera, se incluyen ciertos acontecimientos vitales de JSH, desde lo terriblemente dramático, los dos intentos frustrados de su fusilamiento, hasta lo chispeante (la aventura con una gringa en el trayecto nocturno del tren Moscú-Leningrado, siendo embajador en Rusia).

Los muy jóvenes profesores de aquellos años, quienes ya habíamos leído con fruición sus dos tomos de la Historia de la Revolución Mexicana, o su notable testimonio en México visto en el siglo XX (el libro de J. y E. Wilkie, de 1969, que inauguró los estudios de historia oral en el país), quedamos maravillados con esta nueva obra. Era, como sostenía el amigo recién desempacado de París y que había vivido parte del 68 francés, como el relato del abuelo que ilustraba (contando y dando consejos) sobre nuestro querido México y sus vicisitudes.

Nacido en San Luis Potosí en 1892, JSH es, por tanto, un observador acucioso de la Revolución Mexicana, luego un protagonista de ella (en la fase de la lucha de facciones), para después convertirse en uno de los arquitectos de las instituciones del México moderno. Ejerce de reportero desde la Convención de Aguascalientes y sus juicios lo convierten en una figura hostil. No obstante su tierna edad y la escasa importancia del medio que representaba, se le tilda de opositor a la persona de Obregón. Insólitamente, se le forma un consejo de guerra y se le condena al fusilamiento. Logra salvarse cuando ya el sonorense creía que había sido ajusticiado y, después de cuatro meses de cárcel en su terruño, se establece en la Ciudad de México, desempeñando distintos trabajos; desde oficial segundo en el gobierno del D.F. (donde tenía emolumentos netos de $170 pesos al mes, debiendo pagar por cuarto y comida, en una casa de asistencia, $65). Pero estaba en la capital del país y podía codearse ya con figuras o personas que estaban en esa trayectoria. Tal era el caso de López Velarde, Pedro de Alba, Torres Bodet, Diego Rivera, Luis Manuel Rojas, Francisco Zamora, Lombardo Toledano, Vasconcelos y muchos más.

Su paso por la administración pública incluyó ser profesor en Chapingo, la Secretaría de Hacienda, Ferrocarriles Nacionales, Relaciones Exteriores y la Universidad Nacional, aún no autónoma. También protagonista de primera línea en la expropiación petrolera, salvador e impulsor de la Escuela de Economía (cuando el Consejo Universitario resolvía sobre la supresión de ésta carrera adosada a la Facultad de Derecho). En esta última fue director, modificó el plan de estudios, creó el Instituto de Investigaciones Económicas y la revista Investigación Económica. Se dió tiempo para fundar, a partir del establecimiento de un fideicomiso, la revista Cuadernos Americanos; apoyó firmemente el establecimiento de la Casa de México (antecedente del Colmex), y muchas otras actividades. En fin: iniciativas, tareas y realizaciones múltiples, de ahí lo atingente del título de su libro.

Su paso por la SEP fue particularmente importante en esa trayectoria profesional. Inicialmente ocupó el puesto de oficial mayor y, antes de tres meses, le fue ofrecida la subsecretaría, la única existente por aquél entonces (1932-33). Bajo la conducción de Narciso Bassols, la SEP, durante el gobierno de Abelardo Rodríguez, realizó importantes tareas. Al nuevo subsecretario le correspondió, entre otras acciones, estudiar el efecto de la nutrición en el aprendizaje de los alumnos. El experimento tuvo los siguientes resultados: a) aquellos niños a los que se les proporcionó desayuno y comida lograron un 87% de aprobación escolar; b) a los que sólo se les dio desayuno se situaron en 71%; c) y “a los que sirvieron de patrón”, el aprovechamiento fue de 63%. Relevante, muy relevante y actualizada verdad de 90 años en estos días de noviembre en que el Presupuesto de Egresos de la Federación ha reducido sensiblemente los recursos para las escuelas de tiempo completo (que, entre otros servicios,  proporcionan alimentos).

También le correspondió, desde la SEP,  la autonomía universitaria de 1933. Los problemas de la Universidad Nacional, que vivía un permanente conflicto desde cuatro años atrás, cuando se implantó su primera autonomía, llevaron a que en la enésima huelga el gobierno considerara que una nueva ley de autonomía podía ser la salida adecuada, aunque tuviese una clarísima connotación política relacionada con la elección presidencial del año siguiente y la figura oposicionista de José Vasconcelos. Según narra JSH, a Luis Enrique Erro y a él les tocó redactar, ‘a matacaballo’, un proyecto de ley con base en la cual Bassols, modificándolo, lo presentó personalmente en la Cámara de Diputados. En él, “la Universidad quedaba completamente independiente del gobierno”. Se le otorgaba, por única vez, un patrimonio de 10 millones de pesos para que se financiase con los intereses que aquél produjera. La tesis que sustentaba esa ‘solución’, según Bassols, “era de que si la universidad tenía vitalidad bastante se salvaría y que, en caso contrario, no quedaba más camino que establecer sobre nuevas bases la educación superior”. El resultado, como se constató en los doce años siguientes, resultó fallido.

Otro gran momento, posiblemente el más luminoso en la trayectoria de Don Jesús, fue su participación en la expropiación petrolera. Esta se inicia como un conflicto obrero-patronal derivado de una demanda de aumento de salarios por parte del sindicato. Este, al no haber arreglo en las pláticas conciliatorias ante las autoridades laborales, plantea un conflicto de orden económico, figura jurídica que permitiría realizar un estudio relativo a corroborar si las empresas tenían capacidad para otorgarlo o no. JSH es uno de los tres peritos designados por la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, correspondiéndole la responsabilidad de hacer el estudio en un lapso de 40 días. Para ello, instala una oficina con 60 profesionales, quienes formulan un informe de 2,500 páginas, base para un dictamen de 80.

Munido con ese documento, más un periódico financiero inglés, muestra en el momento culminante, por un lado, que las empresas (principalmente El Águila) sí pueden pagar las cantidades solicitadas y, por otro, la nota de prensa donde se afirma que “nuestra subsidiaria, la compañía mexicana de petróleo El Águila, ha obtenido buenas utilidades durante el último ejercicio . . .”. El fallo fue favorable a los trabajadores y lo demás es historia conocida: las compañías se resistieron a pagar y la expropiación vino como reivindicación de la soberanía nacional. JSH afirma en el libro que tal acontecimiento “tuvo a mi parecer matiz de epopeya. El héroe fue el pueblo de México, su caudillo, no hay que olvidarlo, se llama Lázaro Cárdenas”.

Finalmente, en algún momento de septiembre de 1977, don Jesús impartió, posiblemente, lo que fue su última gran conferencia. Allí, en el Palacio de Minería, de pie, enhiesto, aún con un vozarrón, habló de la Revolución Mexicana. No obstante haber escrito en Cuadernos Americanos, desde 1943, el ensayo La Revolución Mexicana en crisis, no hizo un juicio determinante sobre ella. Aún recuerdo vivamente, impactado por la conferencia y el personaje, haber seguido al conferencista junto con la nube de curiosos y reporteros que le atosigaban. Allí, en un salón estelar del recinto, acompañado de su hijo Jesús (ya importante funcionario de la SHCP y que una década después sería su titular) y Chucho, su nieto (quien a sus 12 años se recostaba despreocupadamente en la alfombra, ahora brillante profesor y escritor), le escuché afirmar rotundamente la frase rotunda que buscaban los reporteros: “Aún no es tiempo de tener un juicio definitivo sobre la Revolución Mexicana”.

Don Jesús escribió todavía una segunda parte de sus memorias, Mis últimas andanzas, mismas que comprenden el periodo 1947-72. Murió en 1985. Tenía 93 años. Terminaba la vida fecunda de un hombre quien, como presumía, “nunca se le había ido un tren”. Esa vida resumida por su amigo León Felipe: “ a pesar de la etiqueta de economista, se mueve con ritmo poético”.

Carlos Pallán
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