Pocas preguntas han resultado tan urgentes en los últimos años como esta: ¿qué hacemos con el poder que hemos entregado a las plataformas digitales? La pandemia de covid-19 lo hizo más evidente que nunca. Sin redes sociales, videollamadas y servicios digitales, el aislamiento global habría sido insoportable. La tecnología nos mantuvo conectados cuando el mundo físico se cerró. Pero esa misma tecnología también demostró, con una claridad incómoda, hasta dónde puede llegar su influencia sobre lo que pensamos, lo que creemos y cómo votamos.
El debate no es nuevo, pero sí más urgente. Las plataformas digitales han transformado la forma en que leemos, trabajamos, consumimos, nos relacionamos e invertimos. Han cambiado también cómo se dispersan las ideas, cómo se organizan los movimientos sociales y cómo se propagan la desinformación, el racismo y la violencia. Como señalan Mette Mortensen, Christina Newmayer y Thomas Poell, es necesario ir más allá de las narrativas celebratorias sobre las nuevas tecnologías y reconocer que estas son, en sí mismas, productos de un sistema social particular con intereses concretos.
La conversación sobre legislación, privacidad y transferencia de datos personales ha escalado a nivel global. La Unión Europea, con su Reglamento General de Protección de Datos, ha sido pionera en este terreno. Dado que los servicios digitales rebasan fronteras, hay quienes proponen un marco regulatorio global, o al menos una adopción ampliada del modelo europeo. Estados Unidos, por su parte, sigue debatiendo distintas iniciativas en la Cámara de Representantes sin llegar a consensos. El debate, como se dice, apenas empieza. Pero los gobiernos están muy conscientes de lo que está en juego.
El poder que no vemos
Más allá de la regulación, hay una dimensión del problema que suele subestimarse: el poder político que estas plataformas han acumulado y la forma en que lo ejercen, no siempre de manera visible.
En New Power, Jeremy Heimans y Henry Timms analizan las fuerzas que reconfiguran el poder en la era hiperconectada. Sus conclusiones son incómodas: los algoritmos no son neutrales. Han demostrado que moldean estados de ánimo, autoestima y, en algunos casos, resultados electorales. Muchos esperaban que las redes sociales fueran, por naturaleza, herramientas democratizadoras. Lo que surgió, en cambio, fue un nuevo tipo de liderazgo autoritario que supo aprovecharlas mejor que nadie. Donald Trump, describen los autores, construyó un vasto ejército digital descentralizado en una relación profundamente simbiótica: él amplificaba a sus seguidores más extremos, ellos le devolvían narrativas y líneas de ataque. No los convocó a leer sus propuestas de gobierno, sino a activarse en torno a sus valores. Un platform strongman que dominó las nuevas técnicas del poder para fines autoritarios.
La historiadora Anne Applebaum, en Twilight of Democracy, llega a una conclusión similar desde otro ángulo. Analizando los procesos que llevaron a Trump al poder en Estados Unidos, el Brexit en el Reino Unido y el ascenso del partido ultraconservador Ley y Justicia en Polonia, Applebaum identifica un patrón: la gente siempre ha tenido opiniones diferentes, pero ahora tiene también hechos diferentes. Las narrativas falsas y partidistas se propagan como incendios digitales, demasiado rápido para que los verificadores de datos las alcancen. Y aunque pudieran, una parte del público ya no los leería, o simplemente no los creería. La campaña Leave de Dominic Cummings en el Brexit, concluye Applebaum, demostró que es posible mentir repetidamente y salirse con la suya.
Tras el bloqueo de las cuentas de Donald Trump por parte de Twitter y Facebook, algunas plataformas reconocieron abiertamente el poder que ejercen sobre el discurso público y llamaron a gobiernos y reguladores a asumir un rol más activo. Es un reconocimiento significativo. Pero también una señal de que las reglas del juego aún están por escribirse.
El poder de estas plataformas sobre la información, la política y la sociedad es monumental. La pregunta ya no es si deben regularse, sino quién lo hará, con qué criterios y a favor de quién. Esa respuesta determinará, en buena medida, el tipo de democracias que seremos capaces de sostener.

Vanessa Medina Armienta
Especialista en regulación, educación superior e inteligencia artificial, con más de 25 años de experiencia en el sector público federal mexicano — SHCP, CNBV, SRE y Cámara de Diputados, entre otras instituciones. Es Directora de Campus Consulting, donde acompaña a universidades mexicanas en el diseño e implementación de políticas institucionales de IA responsable. Licenciada en Relaciones Internacionales por la UNAM, Maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad de Nottingham, Reino Unido (Beca Chevening) y Maestra en Consultoría Organizacional y de Negocios por ICE México.
Columna Campus: Un-Common Sense
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