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Poder populista: la narrativa bipolar

De la legitimidad populista surgen formas de racionalidad comunicativa que contrastan con la incapacidad discursiva de las oposiciones de izquierda

A lo largo de su historia, los viejos y nuevos populismos funcionan como procesos de socialización política. Ancladas en la narrativa de ellos y nosotros, élites y pueblo, corrupción y bondad intrínseca de unos y otros, las élites populistas transmiten con eficacia discursiva dilemas como justicia o ley, legalidad o legitimidad, participación directa o representación espuria. Ernesto Laclau, en La razón populista (FCE, 2005) coloca la ambigüedad del populismo en el marco más amplio de la teoría de las identidades políticas para analizar los liderazgos presidenciales latinoamericanos surgidos a comienzos del siglo XXI, a raíz del rechazo hacia las políticas económicas neoliberales y los procesos de construcción de las democracias pluralistas en la región.

En ciertos contextos y momentos, los argumentos populistas se sostienen a pesar de sus propias falacias, críticas e inconsistencias retóricas y empíricas. Justo por ello, la crítica política a la retórica y las prácticas de la élite populista, y la manera en que esa élite construye la pedagogía de su legitimidad, constituyen dos de las dimensiones que vale la pena considerar para la comprensión de un fenómeno político complejo de no pocas implicaciones económicas, sociales y culturales. 

 La crítica como herejía.

“Criticar es un arte social”, escribió alguna vez Walter Benjamin. Y la crítica política bien puede ser una de esas formas artísticas, bajo ciertas condiciones. Observar, escuchar o leer a los actores políticos del oficialismo y de sus oposiciones, la promoción de sus respectivos intereses y creencias, sus lenguajes, sus humores, constituye un valioso objeto de la crítica política. Y frente a la configuración de una nueva zona cero de la democracia mexicana -las elecciones federales y locales de junio próximo-, la crítica política juega un papel simbólico pero relevante para calibrar propuestas, proyectos, ilusiones.

El carnaval electoral es, como suelen ser todos, un baile de máscaras. Entre los partidos y sus candidatos a diputados, a gobernadores o a alcaldías y presidencias municipales, aparecen políticos más o menos conocidos acompañados frecuentemente por ex fubolistas profesionales, actores o actrices venidos a menos, influencers y youtubers de moda, políticos rescatados de las aguas del olvido o ex funcionarios públicos de distintas escalas y niveles. En un escenario dominado por el tono amenazante e intimidador del obradorismo al árbitro electoral, en su determinación por controlar tribunales electorales y jueces de la Corte, la política es un espectáculo que se desarrolla bajo el cielo nublado de improperios, profecías y arrebatos presidenciales, que se mueven siempre en los difusos límites de la legalidad institucional y la legitimidad política.

Pero la política es un oficio y un espacio. Y los oficiantes de ocasión coexisten en los espacios institucionales formales o informales que la maltrecha y siempre insatisfactoria democracia mexicana ha construido en el último cuarto de siglo para organizar las pasiones, razones e intereses propios de una sociedad compleja, heterogénea y desigual. Partidos, procesos electorales, medios de comunicación, debate público, participación ciudadana, organizaciones civiles, búsqueda de gobiernos capaces de coordinar y dirigir legítima y eficazmente los asuntos públicos, forman parte de los componentes construidos en medio de crisis económicas, malestar social y optimismos políticos de diverso signo y orientación. Entre los bordes de esos factores, el ejercicio del poder y la autoridad encuentran diversas interpretaciones, alcances y límites.                 

Pedagogía política del populismo. La pedagogía política del oficialismo es la música de la temporada. Es una pedagogía hecha de retazos moralistas, arrebatos patrióticos, creencias religiosas, retórica autoritaria y certezas autocráticas. Es música constante, repetitiva, hostil a la duda y a la crítica, una pedagogía que adquiere sentido como el cemento de la coalición populista que desde hace tiempo emerge en el horizonte político mexicano. Es una coalición impermeable a la crítica, que se cultiva todos los días desde el púlpito presidencial, asentada en una popularidad constante y empeñada en sumar adeptos (creyentes) contra herejes, escépticos y críticos (reaccionarios y conservadores). Las aguas profundas de esa pedagogía tienen su origen en los patrones de socialización política que influyen en la formación de las élites políticas mexicanas del último medio siglo. Ahí, en el centro de esos procesos, se encuentran las explicaciones causales de las fuerzas que impulsan tanto el autoritarismo como la democratización de la vida política nacional. La élite populista que representa el obradorismo es una de esas fuerzas.   

La retórica anticrítica y la pedagogía bipolar forman dos de los pilares de la legitimidad populista. De ahí surgen símbolos, imágenes e ilusiones que articulan formas más o menos eficaces de racionalidad comunicativa con las bases sociales y electorales que sostienen el edificio del populismo oficialista.  Esa eficacia contrasta con la incapacidad discursiva o la insuficencia práctica de las oposiciones de izquierda y derecha que cuestionan, denuncian o señalan los efectos catastróficos del populismo en la política, la economía, la sociedad o la cultura. El endurecimiento de esas tensiones entre el oficialismo y sus oposiciones configura el escenario político de la coyuntura mexicana.

Acerca del autor

Adrián Acosta Silva
Estación de paso en Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara

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