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¡No mires arriba! Una distopia obligada

Un admirable elenco estelariza un filme que nos insiste en una situación mundial de crisis la cual parece que quisiéramos continuar ignorando

Si mi generación viene todavía de cuando nos identificábamos en derredor de la construcción utopías “posibles”, porque considerábamos que no todo estaba aún perdido y sólo se trataba de recapacitar y dar marcha atrás con toda clase de atavismos y desórdenes, de excesos y abusos, la constante ahora es que los creadores apuesten más bien por la forma opuesta, tratando de concientizar a una humanidad adormecida en lo que Vargas Llosa ha dado en llamar con razón “la civilización del espectáculo”.

Como nuestro joven laureado realizador Michel Franco que con su desgarradora distopia Nuevo orden (2020) consigue poner los puntos sobre las íes con respecto a un posible y no lejano estado de ruptura, el norteamericano Adam Mckya ha pretendido con su más reciente ¡No mires arriba! (Estados Unidos, 2021) una no menos catastrófica e inteligente parodia para mostrarnos el extremo estado de crisis en que se encuentra el mundo actual. El desorden que él describe con sorna, con tonos incluso de humor negro, y que por desgracia no dista mucho de la realidad, es el de un mundo en manos de quienes sólo defienden sus propios intereses grupales y personales, y el del grueso de una humanidad adormecida en la banalidad y la ignoracia, en el valemadrismo y la indolencia, inconsciente incluso de que la vida misma pende ya de un hilo.

En realidad las distopias han existido en el pensamiento y en el arte desde siempre (¿qué es, si no, por ejemplo, ese maravilloso tríptico El jardín de las delicias, de El Bosco), porque en su esencia está la necesidad de volver al orden lo que es caos, de recuperar un equilibrio natural que nuestra compleja condición humana ––paradójicamente, en su condición de homo sapiens–– ha alterado y destruido. En el propio terreno cinematográfico, hace casi cincienta años, en 1973, el realizador estadounidense Richard Fleischer maravilló y estremeció a los cinéfilos con su entonces más rara distopia Cuando el destino nos alcance, a partir de un no menos menos catastrofista guión de Stanley Greenberg que bien subrayaba las preocupaciones del escritor de ciencia ficción Harry Harrison en su lúcida novela ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio!, haciendo alusión entonces al problema de la sobrepoblación que desde entonces ya se reconocía dentro de la comunidad científica como un desenfreno que iba a generar terribles consecuencias. ¡A grandes mensajes, otra vez oídos sordos, y nos seguimos reproduciendo inconscientemente, sin ni siquiera recapacitar en qué les espera a las generaciones venideras!

Como era de esperarse y ha sucedido regularmente, el llamado de Harrison-Greenberg-Fleischer, que venía siendo el de tantos y tantos otros científicos y pensadores desde décadas atrás, e incluso de escritores como Georg Orwell en su novela 1984 de 1948, no se estimó como debiera y cayó en el olvido, porque el homocentrismo y la avaricia, el egoísmo y la indolencia, han terminado por dominar en una condición como la nuestra preponderantemente homocéntrica y depredadora. Es una de las preocupaciones del mismo Sigmund Freud en su también crítico y visionario gran ensayo El malestar en la cultura, donde impera un ser anclado en sus instintos primarios, pero que a diferencia de otras especies, enferma y paradójicamente tamizados por su naturaleza pensante, que ha terminado siendo, como dice el propio Freud, nuestro mayor “talón de Aquiles”.

Volviendo a esta reciente gran distopia cinematográfica que he tenido oportunidad de ver en una plataforma de streaming, ¡No mires arriba!, con una tesis no menos castastróficamente real y cierta, inobjetable, Adam McKay hace hincapié de igual modo en el papel que juegan los medios de comunicación ávidos de rating y de mercadeo, que son su gasolina. E igual lo hace en una sociedad en general apática, adormilada en la liviandad de la que hace mención Milan Kundera en su no menos desgarradoramente hermosa gran novela La insoportable levedad del ser, donde los personajes están a merced de una dictadura de Estado que igual deduce y anestesia. Según McKay, si los poderes fácticos “ordenan no mirar arriba, porque es información falsa y no confiable”, pues que el mundo siga rodando como hasta ahora lo ha hecho…

Y ¡No miren arriba! está protagonizada por personalidades que han demostrado su compromiso con diversas causas sociales y ecológicas como Meryl Streep y Leonardo DiCaprio, dentro de una nutrida nómina de conocidos y probados histriones que como Cate Blanchett, Jennifer Lawrence, Timothée Chalamet, Jonah Hill, Mark Rylance y Rob Morgan se han sumado a un valioso e interesante proyecto que desde luego dista de ser comercial y poder interesarle a la mayoría que debería verla y pensarla. Lejos de que las opiniones de la crítica y del propio público se dividan dentro y fuera de Estados Unidos donde fue hecha, entre otras razones porque aducen que recurre a lugares comunes y no descubre un hilo negro ya muy difícil de hallar a estas alturas, me parece que la película vale particularmente la pena porque insiste en una situación mundial de crisis ante la cual pareciéramos seguir queriendo estar ajenos o al menos no querer ver en su totalidad, incluidos los gobiernos de los países desarrollados y subdesarrollados distraidos más en sus cosustanciales materias políticas y económicas.

A mí me ha gustado el tono de la película, y que se ocupe y entreja muchos temas y asuntos relacionados entre sí, que parodia con humor crítico, pues la comedia, como bien pensaba el propio Molière, suele penetrar con mayor fuerza que la tragedia. Es más, muchos de los aludidos han preferido volverle la espalda, pero no con cierto dejo de malestar, entre otras razones porque resulta ser una crítica bastante manifiesta a mencionados temas escabrosos como el manejo de las autoridades, de los medios de comunicación, de las empresas privadas y del común denominador de la gente de frente a las grandes y cada vez más alarmantes crisis modernas.

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