Mestizar

En la identidad mexicana, como en sus universidades, todas las voces caben

Las sociedades globales, forman —de algún modo— una mente colectiva. Hace cien años, mientras occidente libraba su primera guerra mundial, México se sacudía el polvo doloroso de la Revolución. Hacia 1920 el ímpetu libertador encontró en la escuela pública la recompensa a tanta sangre bárbara constructora de altares y monumentos.

Nuestro país hace doscientos años independizado, aún conserva en su “argot” el término “colonia” para referirse a sus barrios. Hace cien años, el afrancesamiento y el positivismo estuvieron condenados por los jóvenes del “Ateneo de la juventud” quienes más tarde realizaron la épica en la construcción del México moderno, mientras que —sinergia de la vida de la nación— artistas como Diego Rivera regresaban de asimilar la plástica europea.

Hace cien años, aún sin superar todos los estragos de la Colonia, pasadas las rapsodias por las invasiones de Estados Unidos y de Francia, nuestro país empezaba a conocerse, a descubrir su mestizaje. La elite universitaria que construyó el proyecto de educación pública dedicó sus desvelos a descubrir la luz de México. Es relevante ponderar que aún hoy día los universitarios siguen (seguimos) siendo elite, desde hace una década la educación superior alcanza una cobertura de poco más del 30 por ciento. Más adelante rescataremos unas líneas de Vicente Lombardo sobre el tema, pero primero, lo siguiente.

El pasado martes 26 de octubre, en el patio de El Colegio Nacional, se llevó a cabo una mesa redonda con el tema “El muralismo en la SEP”, los ponentes coincidieron en que el muralismo propició la búsqueda de la identidad mexicana a partir de todos sus crisoles. De acuerdo con la Dra. Guillermina Guadarrama Peña, académica del INBAL, en el proyecto educativo que erigió la SEP hace cien años, se programó el impulso de la educación, el arte y la ciencia como un frente imperativo para el desarrollo nacional. Pese a lo anterior, la investigadora Guadarrama Peña, puntualizó que, a Vasconcelos no le gustaba la estética muralista, por considerarla una pintura llena de “monotes”.

Para la Dra. Irene Herner Reiss, investigadora de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, el muralismo buscó “darle identidad al pueblo de mil rostros”. La tarea era inventar una representación mestiza que reflejará los ideales de la revolución, en otras palabras: “reinventar un México mestizo”, para ello, el arte se propuso como una representación utópica y Rivera creó un estilo de arte mexicano con la mezcla de la antropología y la etnografía mexicana junto con la tradición europea. Quizá por ello, algunos de los personajes retratados por Rivera, sus ojos miran al tiempo como esfinges que quieren olvidar encomendados y caciques. 

Herner Reiss, también sugirió que de alguna forma los muros de la SEP, nos ofrecen la mirada utópica de aquel tiempo, ese lugar que no existe, por lo qué hay que construirlo -—por supuesto se refería a esa mirada donde el obrero y el campesino se abrazan y la tradición prehispánica se recupera—. Situación curiosa de nuestro tiempo, hace 100 años mirábamos a la utopía como como ese territorio inexistente, pero alcanzable, solo había que caminar hacia él; mientras que hoy día, en nuestras sociedades globales, ese lugar lo ha ocupado la distopía, ese territorio inexistente, pero escalofriante por posible.

Crítica a la UNAM

Al menos cien años de experiencia -en el devenir de nuestro sistema educativo- nos han hecho reconocer que un posicionamiento pedagógico es un planteamiento político. Las recientes críticas a la Universidad Nacional así lo reflejan, en la misma línea de reconocimiento histórico vemos como esta crítica tampoco es nueva, el propio Vasconcelos en sus memorias, nos regala una viñeta sobre el profundo clasismo de algunos de sus compañeros en la escuela de jurisprudencia, en especifico se refiere a Luciano Wicchers, hijo de un banquero judío. 

Pero no sólo Vasconcelos, Lombardo Toledano es aún más férreo cuando afirmó que: la generalidad de los estudiantes universitarios de México pertenece a la clase social que por tradición ha venido rigiendo los destinos de la nación y que, por los prejuicios hondamente arraigados en su espíritu, se considera a sí misma como la clase superior.

En lo escrito en su Obra educativa, en lo relativo a la “Política educativa nacional”, Toledano planteó como “la cultura universitaria en nuestro país necesita, en suma, dejar de ser el monopolio de una minoría, presuntuosa por privilegiada, para convertirse en una fuerza social al alcance de todos, siempre orientada hacia propósitos que son universales por ser humanos”.

Como universitario contemporáneo —egresado de una ENP, justo en la huelga de 1999— soy consciente que en nuestra Universidad Nacional, todas las voces caben, todas las críticas nos invitan a la reflexión, en la preparatoria como en las facultades se convive con compañeros cuyas familias hacen el esfuerzo cotidiano para cubrir con los gastos de pasajes y copias, así como con compañeros quienes en teoría, tienen una vida económica resuelta; no olvidemos que, la pluralidad y su pensamiento crítico es lo que ha hecho grande a nuestra máxima casa de estudios, una casa, por cierto, cien por ciento mestiza.

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