En esta ocasión, recordamos a uno de nuestros próceres, creador de instituciones fundamentales como la SEP
“A partir de Rousseau, los educadores se preocupan de quitar a la enseñanza el carácter de regla impuesta a la conciencia desde el exterior”, pondera José Vasconcelos, quien, un día como hoy, pero de 1921 tomó posesión como primer ministro de la Secretaría que él mismo creó desde la Universidad Nacional (UN).
Es conocido aquel aguerrido y revolucionario discurso cuando Vasconcelos toma protesta como rector de la UN y afirma “no vengo a trabajar para la Universidad, vengo a pedir que la Universidad trabaje para el pueblo”.
Profundamente religioso, el predio que el autor de la Raza cósmica eligió para erigir la Secretaría de Educación Pública (SEP), en sus orígenes se desempeñó como convento. El Convento de la Encarnación del Divino Verbo. Hoy día, los educadores contemporáneos por la palabra alumbran y nos guían. Hoy día, este inmueble está abierto al público como el Museo Vivo del Muralismo.
En la senectud de Vasconcelos, en respuesta a la pregunta de un periodista, el oaxaqueño, categórico afirmaba, mire usted, “yo empecé con el Padre Nuestro y ahora, vuelvo al Padre Nuestro”, pero en términos pedagógicos, cuáles eran los planteamientos del “Maestro de América”, mote obsequiado por la confederación de estudiantes colombianos en la segunda década del siglo pasado. Veamos.
Vasconcelos es consciente de su antropomorfismo: “en rigor, no conocemos lo natural, sino su apariencia, humanizada desde los orígenes de nuestro conocimiento. Para nosotros no existe lo natural, sino lo humano, y por eso no es lo mismo lo natural para el perro o la planta que lo natural para el hombre”, asegura en su obra De Robinson a Odiseo.
Esta obra, sobre la cual hoy esbozaremos nuestras líneas, siempre inacabadas, fue publicada once años después de que, Vasconcelos renunciara a la titularidad de la SEP, en 1924. En este título, a veces como acotación, a veces como paréntesis, el filo del pensamiento de Vasconcelos desarticula planteamientos de pensadores a los cuales, hoy día, seguimos -en no pocas ocasiones- adorando.
Tal es el caso de Rousseau, Spencer o Dewey. “Por eso, digámoslo de paso, resultan absurdas ciertas pedagogías a lo Spencer, derivadas de un naturalismo de regla animal, cuando debieran buscarse más bien leyes de humanismo, puesto que se trata de hombres”.
Al tanto de los procesos de laboratorio de su época. En un párrafo, el también autor del Ulises Criollo propone un experimento que, de paso, justifica una de sus acciones como ministro, por la cual, de hecho, fue vilipendiado; nos referimos a la edición de los llamados “clásicos verdes”, colección de libros que compendió lo mejor del pensamiento humano, tesoros de la literatura universal.
Vasconcelos propone: “¿Por qué entre tanto experimento no se hace el de poner al niño, luego de aprendidas las primeras letras, en contacto con las obras de Platón o de Homero y Esquilo, del Dante o de Calderón y Shakespeare? Un buen oficio cualquiera y muchas lecturas clásicas, ¿no es en el fondo esto mismo el sistema Oxford, sustituyendo el oficio con los deportes, con la diferencia que se aplica a los adolescentes?”
Vasconcelos, en general, siempre considero al educador, al maestro, como el relevo del sacerdote como guía, la labor del maestro, nos dice: “es el de guía más bien que de ayudante de laboratorio, reducido a registrar los pequeños reflejos del niño, fetiche de la pedagogía”.
No obstante, en términos pedagógicos, Vasconcelos asemeja más la tarea del maestro con la del agricultor, la del hortelano, finalmente, la raíz de la cultura viene del cultivo y el cultivo no es otra cosa que, naturaleza domesticada.
“Por eso, el maestro, a semejanza del hortelano, interviene con serena energía. En realidad, así ocurre en todos los órdenes. La sanidad se impone en escuelas y hogares al primer amago de epidemia”.
“Y cada maestro deforma la fantasía del alumno cuando le enseña las pruebas matemáticas de que es la tierra la que gira alrededor del sol, pues le contradice su experiencia milagrosa de los ocasos y las alboradas”.
El intelecto del creador de la SEP es notable, no deglute una tendencia por popular que sea, sin antes masticarla con su pensamiento: “tanto el médico sanitario como el profesor de matemáticas proceden en nombre de la ciencia, y la ciencia es el mito moderno que nadie discute. Su rito; la asepsia, es otro convencionalismo inatacable. Cada era posee sus prejuicios, junto con ciertas verdades parciales”, critica.
Aquí es interesante hablar un poco de su contexto, pues pensadores como Antonio Caso o Alfonso Reyes, y gran parte del escuadrón que integró el Ateneo de la Juventud para derrocar el positivismo porfirista, veían con ojos entornados el desarrollo de la ciencia moderna como deidad intocable.
“Así, la ideología de cada época se impone al niño, pese a su libre desarrollo, y aun cuando estemos convencidos de su temporalidad… Por eso el maestro adiestra, tonifica el alma, para que a la hora en que le canten todos los credos sepa elegir la más noble y hermosa canción”.
Seguramente recordando su propia niñez, uno de los grandes aciertos de Vasconcelos es confiar en el intelecto de las infancias; a diferencia de la opinión de su época que, se escandalizaba con la impresión de los libros clásicos, Vasconcelos confía en la inteligencia de las infancias.
“Les hicimos ver -asegura en el prólogo de las Lecturas clásicas para niños– la petulancia con que nosotros los mayores juzgamos el cerebro infantil. Nuestra propia pereza nos lleva a suponer que el niño no comprende lo que a nosotros nos cuesta esfuerzo; olvidamos que el niño es mucho más despierto y no está embotado por los vicios y apetitos. Tanto es así, agregué, que me atreví a formular la tesis de que todos los niños tienen genio”.
Más aún, en el proceso de enseñanza-aprendizaje, Vasconcelos sabe que no sólo es el discípulo el que aprende, pues aprende también el maestro. “El ejemplo más excelso es el de Virgilio en el poema del Dante. A cada paso, Virgilio se adelanta, porque sabe la ruta, y lo sigue el discípulo, porque confía en su maestro”.
“Al mismo tiempo, ya que están ambos frente al prodigio, es el Dante quien habla y expresa el estupor, el pensamiento de la nueva experiencia. De esta manera el discípulo añade el valor de su sorpresa a la aventura común, y el saber de ambos se ensancha”.
“El niño ha de ser manejado como una porción de la sustancia radiante del espíritu …toda pedagogía, según se sabe, es la puesta en acción de alguna metafísica”. Ayudar a que el niño despierte su alma, es la “finalidad suprema de la educación”, postulado socrático, según sabemos.
Bien, en resumen, en estas tropezadas y breves líneas recordamos a uno de nuestros próceres, creador de instituciones fundamentales como la SEP. Cómo notamos, aún perduran ciertas resonancias de sus ideales: 1) la importancia de la lectura (entiéndase la Estrategia Nacional de Lectura); 2) el humanismo mexicano, implícito en la Nueva Escuela Mexicana; 3) el muralismo como arte accesible para nuestros pueblos, hoy está disponible todo un museo.
Pero, sobre todo, saber que “estamos muy lejos de haber dicho la última palabra en materia de educación”, este derecho, día a día se sigue construyendo y verificando; pues, pertenece más al reino de los matices que al del absoluto.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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