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Los dispositivos electrónicos y su impacto en la salud mental infantil

En la era de los dispositivos y la hiperconectividad, la infancia enfrenta un cambio silencioso pero profundo: la sustitución de la presencia humana por las pantallas. Más allá del debate tecnológico, el verdadero desafío radica en cómo esta transformación está impactando el desarrollo emocional, los vínculos afectivos y la salud mental de niños y adolescentes.
En los infantes más pequeños, el uso excesivo de pantallas se asocia con efectos como retrasos en el lenguaje y alteraciones del sueño.

En las últimas tres décadas, la tecnología pasó de ser una herramienta para convertirse en el núcleo de nuestra vida cotidiana. Hoy por hoy, smartphones, tabletas y redes sociales delimitan lo que hacemos, cómo pensamos e incluso, cómo nos relacionamos. Es por ello que, en medio de este avance vertiginoso, y analizándolo a la luz de los problemas conductuales y emocionales que parecen surgir cada vez con mayor intensidad en las infancias y adolescencias, surge una pregunta que requiere respuesta con urgencia: ¿Qué está pasando con los niños y niñas? ¿Por qué cada vez parecemos enfrentarnos a niños y niñas más frágiles, más sensibles y al mismo tiempo más explosivos e incluso violentos? ¿De qué manera las tecnologías están incidiendo en estás problemáticas?

Ante ello, resulta fundamental comenzar por delimitar la importancia de los primeros años de vida, los cuales constituyen no son solo una etapa más, ya que como la evidencia científica nos ha demostrado, son el cimiento sobre el que se construye toda la vida emocional y psicológica de los individuos. Durante este período, el cerebro crece a una velocidad extraordinaria, y por ello, cada interacción y cada experiencia tiene la capacidad de dejar una profunda huella. Miradas, gestos, palabras y experiencias compartidas entre niños y adultos no son detalles menores; son elementos que dan forma a la arquitectura cerebral y que definirán la forma en que ese niño comprenderá el mundo y como se vinculará con quienes le rodean.

Sin embargo, hoy esas interacciones están siendo desplazadas.

Hoy en día, la celeridad de la vida cotidiana, las demandas laborales que enfrentan padres y madres de familia y la disponibilidad de dispositivos tecnológicos han contribuido a que cada vez con más frecuencia se puedan observar familias reunidas físicamente, pero desconectadas entre sí. Adultos absortos en sus pantallas mientras los niños buscan atención o, peor aún, imitan el mismo comportamiento. No se trata solo de distracción. Se trata de interrupciones sistemáticas en momentos clave para el desarrollo y para la construcción de la salud mental infantil.

Si partimos de la teoría del apego propuesta por Bowlby y de la basta evidencia científica que desde la neurociencia y la psicología se ha generado, hoy podemos afirmar que, la calidad de la relación entre el niño y sus cuidadores más cercanos definen su capacidad de confiar, regular sus emociones y vincularse en el futuro. Esa conexión basada en la sincronía de miradas, gestos y emociones y que autores como Rafael Moraga han descrito bajo el concepto de sincronía relacional, no puede ser reemplazada por una pantalla.

Cuando estas experiencias se fragmentan, lo que está en juego no es solo el presente del niño o niña, sino su desarrollo y su salud emocional a corto y largo plazo.

En el seno de los hogares, los dispositivos electrónicos han colonizado espacios que antes estaban reservados para el encuentro: la mesa, el juego, la conversación antes de dormir. Sin darnos cuenta, el tiempo compartido pierde calidad y profundidad. Y aunque la tecnología ofrece comodidad, distracción y entretenimiento, ninguna aplicación puede sustituir el vínculo humano.

Las consecuencias son cada vez más evidentes. En los más pequeños, el uso excesivo de pantallas se asocia con retrasos en el lenguaje, dificultades en la memoria y alteraciones del sueño. En los y las adolescentes, el panorama se vuelve aún más complejo. Las redes sociales están diseñadas para captar y mantener la atención, activando los circuitos de recompensa del cerebro. Esto genera una búsqueda constante de estímulos inmediatos, aumentando la vulnerabilidad a la ansiedad, la depresión y la baja autoestima.

¿Significa esto que la tecnología es el enemigo? No necesariamente.

Las herramientas digitales también ofrecen de acuerdo con diversas investigaciones oportunidades para fomentar la creatividad, favorecer la expresión personal y facilitar la generación de nuevas formas de hacer comunidad. El problema no es su existencia, sino el lugar que ocupan y lo que es sustituido por su uso constante. Cuando la pantalla reemplaza el juego, la conversación o la presencia, el equilibrio se rompe.

Y es ahí donde aparece el verdadero desafío, priorizar las interacciones cara a cara, de humano a humano, desde las cuales se fortalecen los vínculos afectivos y se construye la ya mencionada sincronicidad relacional. Ante ello, el juego libre, espontáneo, muchas veces caótico sigue siendo la forma más poderosa de aprendizaje en la infancia y de conexión entre niños y adultos. A través de este, niños y niñas desarrollan habilidades cognitivas, emocionales y sociales esenciales. Correr, imaginar, equivocarse y volver a intentar son experiencias que ninguna tecnología debería reemplazar. Lo mismo ocurre con el tiempo compartido en familia: no se trata de cantidad, sino de calidad, de estar realmente presentes, de involucrarse en sus juegos, en sus conversaciones, de formar parte de su mundo físico y emocional.

Recuperar ese equilibrio no implicar eliminar la tecnología de nuestras vidas, sino usarla de manera consciente y con intención. Establecer límites, creando espacios libres de pantallas y priorizando el encuentro humano son pequeños cambios, pero profundamente transformadores.

Porque, en un mundo donde todo parece estar conectado, el mayor riesgo no es la tecnología en sí, sino la desconexión emocional en la cual nos hemos sumergido.

En conclusión, el mayor reto y la mejor ruta para proteger a nuestros hijos e hijas de los riesgos que los dispositivos electrónicos puedan representar para su salud y bienestar, es nuestra presencia cercana, disponible y afectiva, que se traduce en una mirada que valida y responde, una conversación que contiene y acompaña y la participación en momentos de conexión, juego y disfrute. Al final, lo que deja huella no está en una pantalla, sino en la experiencia vivida junto a otros y en la forma en que nuestro mundo emocional se construye a partir de ello.

Rebeca Casillas Ortega
Profesora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud at Tecnológico de Monterrey |  + posts

Profesora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey

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