Es imposible alcanzar los avances en otras partes del mundo sin infraestructura para la conectividad
La Era Digital, también conocida como la Cuarta Revolución Industrial, supone una evolución en la forma de llevar a cabo tareas cotidianas. Es una era en la que los dispositivos analógicos y los procesos asociados a ellos están siendo reemplazados por dispositivos digitales/electrónicos. Este cambio representa un cambio de paradigma, una disrupción que mejora la vida de los usuarios.
Los avances tecnológicos se han convertido en factores transformadores, ya que muchas actividades relacionadas con la comunicación, el gobierno, las finanzas, la industria, el entretenimiento y más están ahora imbuidas de características digitales. Sin embargo, a pesar de su presencia global, la digitalización carece de un alcance universal debido a diversos factores, uno de los cuales, el foco de este artículo, es la conectividad deficiente o inexistente en áreas geográficamente desafiantes con bajas densidades de población o que carecen de infraestructura tecnológica.
La conectividad es uno de los pilares fundamentales para la digitalización universal, la transformación digital o una era digital completa. Su existencia precede a la de la digitalización en sí, porque sin la infraestructura para la conectividad, el concepto es inconcebible. Si bien otros factores desempeñan un papel en la consecución de la digitalización, como la autonomía tecnológica, la gestión del cambio, las regulaciones y la innovación, la conectividad ocupa el centro de atención en este texto.
América Latina, la región étnico-geográfica a la que pertenece México, exhibe actualmente niveles significativos de conectividad. Sin embargo, la pandemia de covid-19 ha expuesto la existencia de una brecha digital considerable. El confinamiento global experimentado en 2020-2021, que ha persistido en menor medida en 2022, llevó a un cambio en la dinámica de la educación, el trabajo, la atención médica, las relaciones interpersonales y el entretenimiento; alteró el ritmo de la vida cotidiana y la transformó en algo diferente.
Por necesidad y en diferentes grados, estos sectores y sus actividades relacionadas tuvieron que pasar de modalidades presenciales a modalidades remotas para salvaguardar la integridad y mitigar el creciente impacto de las infecciones. Sin embargo, un segmento importante de la población latinoamericana (y probablemente de otras partes del mundo) no pudo participar en este cambio debido a la falta de infraestructura tecnológica que les proporciona una conectividad confiable o mínimamente requerida.
Según un informe elaborado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Microsoft, menos del 50 por ciento de la población de América Latina tiene acceso a banda ancha fija. Si bien el 87 por ciento vive dentro del área de cobertura de las señales 4G, las tasas de uso y penetración siguen siendo bajas, alrededor del 37 por ciento. Además, 77 millones de personas en áreas rurales de América Latina carecen de conectividad con estándares mínimos de calidad, y 244 millones de personas en la región no tienen acceso a Internet.
Estas estadísticas indican que todavía existe una brecha significativa que cerrar antes de poder hablar verdaderamente de Latinoamérica en la Era Digital. La tecnología es un recurso que se vuelve más accesible, prevalente y necesario cada día. Sin embargo, la falta de acceso a la tecnología en ciertos segmentos de la población hace que las regiones en las que habitan sean más propensas a quedarse rezagadas en términos de productividad, economía y bienestar general.
En respuesta, las organizaciones públicas y privadas en el campo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) deben invertir y promover su adopción generalizada. Esto requiere ampliar la cobertura tecnológica, lo que a su vez implica una mayor inversión y la implementación de políticas públicas que fomenten el desarrollo integral de este factor.
En adición, es necesario que esos actores fundamentales del sector, contribuyan a la creación de una conciencia colectiva respecto al beneficio que conlleva el uso de la tecnología, no sólo como aspecto lúdico, comunicacional o de recreo, sino como una herramienta inestimable para la simplificación de actividades, de trámites, de adquisición de productos o servicios, entre muchas otras.
Para lograrlo, es crucial reconocer que la exclusión digital y, en consecuencia, la falta de conectividad es un problema multidimensional. Como reflejan las cifras mencionadas anteriormente, existen regiones donde la infraestructura tecnológica y la conectividad existen, pero la población carece de acceso a dispositivos electrónicos que les permitan beneficiarse de la tecnología. Además, puede haber otros segmentos que tienen acceso tanto a la conectividad como a los dispositivos, pero de manera deficiente, lo que dificulta su utilización de manera satisfactoria y funcional. Por último, algunos contextos carecen de los elementos tecnológicos que muchos de nosotros conocemos, usamos y consideramos comunes.
A estos contextos se suman factores causales como la competencia, la regulación y la normatividad, el costo de los dispositivos, el interés o desinterés por las inversiones en esta materia, los gastos de operación y mantenimiento de la infraestructura, entre muchos otros.
Para avanzar hacia una era digital completa y satisfactoria, es necesario que tanto el ámbito público como el privado aborden el problema desde todos los ángulos, contemplando desde el establecimiento de instrumentos con un enfoque específico para estas regiones hasta la promoción de inversiones para apoyar proyectos digitales en zonas excluidas.
Las estrategias digitales emprendidas por los gobiernos de América Latina reconocen el potencial de la digitalización como factor productivo y detonante del desarrollo. Sin embargo, las necesidades propias de las economías emergentes requieren una atención prioritaria a otros aspectos, lo que dificulta, en mayor o menor medida, el enfoque en acciones para la digitalización.
En el caso de México, cifras del Banco Mundial indican que, en 2021, el 76 por ciento de la población mexicana utilizaba internet; existían más de 24 millones de contratos de internet y más de 125 millones de líneas activas de celular.
Si contrastamos dichas cifras con las de finales del siglo XX y principios del XXI, podremos visualizar el crecimiento exponencial que han tenido la comunicación digital y el uso del internet en poco más de dos décadas. Ello muestra la creciente democratización en el uso de la tecnología.
En nuestro país, la existencia de proyectos como CFE Telecomunicaciones e Internet para Todos (CFE TEIT) y la presencia de instituciones públicas en materia de TIC, como el INFOTEC (Centro de Investigación e Innovación en Tecnologías de la Información y Comunicación), que pertenece al Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt) y está alineado con la Estrategia Digital Nacional del Gobierno Federal, promueven a través de acciones colaborativas, el aumento de las capacidades digitales del país y la correspondiente transformación digital, la cual aún no se ha logrado, pero el camino hacia ella ya se ha comenzado a recorrer con paso firme.

Federico González Waite
- Federico González Waite