La realidad de las Trabajadoras del hogar en México

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En el contexto del Día Internacional de la Mujer vale la pena recordar la lucha histórica de este sector de la población

¿Qué se requiere para que tu hogar, mi hogar y el de todas las personas sea funcional? ¿Quién resuelve las necesidades de contar con una casa limpia y ordenada, de preparar la comida o de cuidar a las personas que así lo requieren? Abrumadoramente se trata de una mujer y ese trabajo de reproducción social lo lleva a cabo mediante un pago o sin él.

El trabajo del hogar (o trabajo doméstico) remunerado en América Latina, según la fuente(1) , se lleva a cabo por entre 11 y 18 millones de personas y 93 por ciento de ellas son mujeres. En México, como actividad económica, el trabajo del hogar ocupa al 9 por ciento de la población económicamente activa femenina(2), más de 2.2 millones de personas (equivale al volumen de trabajadoras en el sector público). Es una de las 10 ocupaciones donde más se aglutinan las mujeres en nuestro país. Por concentrarse en la limpieza, en preparar los alimentos y en cuidar de otras personas, socialmente se considera que el trabajo del hogar es adecuado o “propio” de las mujeres. A pesar de la importancia del trabajo del hogar en virtud del volumen de la población económicamente activa femenina que ocupa y por la necesidad cotidiana que existe en todos los hogares, no es socialmente valorado.

Muchas de las mujeres que se desempeñan en actividades profesionales logran hacerlo porque cuentan con otra mujer que las remplaza en su hogar para llevar a cabo “sus” responsabilidades domésticas. Porque en nuestro país, en el imaginario social, es decir, tanto entre los hombres como entre las mujeres, no se cuestiona el papel tradicional de género que asocia el trabajo del hogar a una responsabilidad eminentemente femenina. En ese sentido, el trabajo del hogar remunerado hace posible el desempeño femenino en otras esferas laborales.

El trabajo del hogar es física e intelectualmente demandante: se requiere tener un plan y una actividad física constante durante un cierto número de horas (6 horas, 8 horas o más) para terminar la limpieza de una casa; algunas tareas deben realizarse simultáneamente (por ejemplo, lavar la ropa y preparar la comida) para concluir el mantenimiento cotidiano de un hogar durante una jornada.

Lucha por el reconocimiento
En este mes de marzo en que conmemoramos el Día Internacional de la Mujer que, según algunas fuentes, inicialmente se llamaba “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, vale la pena tal vez recordar que se conmemora la lucha que históricamente las mujeres han dado por la reivindicación de sus derechos: participar en el ámbito público, tener voz y voto, recibir un salario igual al de sus compañeros hombres que realizan la misma labor. En una palabra: su derecho a ser reconocidas.

El reconocimiento a las trabajadoras del hogar empieza por una denominación que dignifique. ¿Cómo la denominas tú? La trabajadora no es “la señora que me ayuda”, pues no asiste a tu casa porque te quiere ayudar, sino porque busca un trabajo. Tampoco es “mi muchacha” y mucho menos el término por demás peyorativo de “la chacha”. ¿Cómo llamas al señor que arregla tu auto? ¿y al que destapa la cañería de tu casa? Tienen una denominación que todo mundo reconoce, ¿no es así? Se trata del mecánico o el plomero, respectivamente. En ese sentido, la persona (regularmente una mujer) que hace funcional tu casa al resolver las necesidades de limpieza de las habitaciones y de la ropa, la preparación de alimentos y otras tareas que le son asignadas, mismas que lleva a cabo mediante un pago, es una trabajadora.

Las trabajadoras políticamente organizadas en México, desde el año 2000 demandan ser reconocidas como trabajadoras del hogar. Y como trabajadoras tienen derechos, igual que cualquier otro trabajador o trabajadora. Fue en la reforma de la LFT de 2019 que, en la ley, fueron finalmente denominadas como trabajadoras del hogar. ¿Qué tal si empezamos por denominarlas con un nombre que dignifique su labor?

En el mismo sentido, ¿qué tal si reconocemos que la relación establecida con ellas es primordialmente laboral? A partir de ello, podríamos aceptar que tal relación debería estar mediada por un contrato escrito y deberían respetarse todos los derechos que como trabajadoras tienen.

Acerca del autor
Georgina Rojas García

Profesora- Investigadora del CIESAS Ciudad de México
georgina@ciesas.edu.mx

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