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La lógica del idioma en el periodismo

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Comunicadores críticos se han transformado, más que en acríticos, en delatores alineados al poder

Desde el primer día de diciembre de 2018, en México, aceptamos lo que, literalmente, es inaceptable; admitimos, lo que es inadmisible; aguantamos lo que es inaguantable; creemos lo que es increíble; le atribuimos decoro a lo que es indecoroso; defendemos lo que es indefendible. Por si ello fuera poco, deseamos lo que es indeseable; elegimos lo que es inelegible; nos satisface lo que es insatisfactorio; creemos que nos sirve lo que es inservible; magnificamos lo que es insignificante; soportamos lo que es insoportable; sufrimos lo que es insufrible; nos halaga lo que es insultante y nos tragamos lo que es intragable.

El idioma tiene su lógica, que no se presta a lo tuerto, esto es, etimológicamente, a lo torcido. Algo puede ser inadmisible, es decir, que no es admisible, que no debemos admitir, y, sin embargo, se admite porque lo torcido, no está en el idioma, sino en las personas, que también aguantan lo inaguantable, defienden lo indefendible y se tragan lo intragable.

Pensar que estas personas hayan reflexionado alguna vez sobre estas incongruencias es ser bastante cándidos. Hay periodistas que se vuelven antiperiodistas. Periodistas críticos, muy críticos del poder, hasta hace poco, ahora forman parte del poder elogiándolo, poniéndose de alfombra, de jerga, de tapete. Si por lo menos fueran acríticos se vería que entienden un poquito su papel incómodo de que, por un sueldo (opimo, sin duda), sean capaces de cambiar el periodismo por el servilismo. Pero no, además, se transforman en delatores y acusadores de los periodistas que hoy critican los abusos y dislates del poder.

De periodista a antiperiodista
Una buena muestra de ello es el diálogo al que amable, y maravillosamente, forzó, hace poco, la periodista chiapaneca Concepción Villafuerte al denominado vocero presidencial, Jesús Ramírez Cuevas, recordándole a éste que, en algún tiempo, fue periodista hasta que se volvió antiperiodista y convencido seguidor de un poder despótico.

El diálogo es imperdible, y es la muestra de cómo un periodista crítico se alinea al poder y se convierte en delator de los periodistas críticos de ese poder:

—Nomás te quiero saludar, porque no tengo que ir con él [refiriéndose a AMLO, en gira por Chiapas]— le dice Concepción Villafuerte a Jesús Ramírez Cuevas, conocido por muchos de sus amigos y viejos colegas, como “Chucho”.

“Chucho” como que busca escabullirse en medio de la gente que anda besando los pies sagrados o al menos las huellas que dejaron los zapatos del mesías. Pero, como buena periodista, Concepción Villafuerte le sale al paso y le dice:
—Oye, ¿cómo aguantas esta chingadera, vos? ¿Cómo aguantas?
Nerviosísimo, “Chucho” dice algo metafísico para salir del brete:
—Pues estamos aquí, puestos.
—Estás cabrón, estás cabrón —riposta Villafuerte.
—Dispuestos al deber, tú lo sabes —dice “Chucho”, mostrando ya ganas de quitarse de enfrente a la incomodísima periodista chiapaneca.
—¡No, este no es un deber! ¿Cómo va a ser un deber aguantar a ese señor (AMLO) todo el tiempo?
Sin sonrojarse, al parecer, pero avergonzado, obviamente, “Chucho” trata de justificarse:
—Así está esto.
—¡Chucho! —exclama escandalizada la periodista.
—Esto me tocó.
—¡Por Dios! —insiste en su piadosa vergüenza ajena Villafuerte.
—Esto me tocó —vuelve a decir, como cantaleta, el funcionario.
—¿Y la libertad, pues? ¿Y todo por lo que peleamos? —lo interroga la periodista coleta.
—Ah, no, yo estoy peleando por lo mismo.
—¡Libertad, justicia, democracia, maestro!… —le enumera Villafuerte.
—¡No les creas a los medios de comunicación! [¡Y conste que lo dice alguien que alguna vez fue periodista, y periodista crítico!, crítico en serio, y ahora está irreconocible.]
—No, no, si no sólo es lo que leo. No, no —le refuta la periodista al antiperiodista.
—No, bueno, Chiapas es un desastre —dice “Chucho”, para salirse por peteneras y casi echarse a correr tras de su jefe. Y se escabulle entre la bulla, ya harto de las preguntas y las opiniones de Concepción Villafuerte, a lo que ella remata, cuando “Chucho” ya va casi a la carrera para alcanzar a su patrón y huir del periodismo que inquiere, que refuta, que da lata y que pone en ridículo a quien un día fue periodista crítico del poder, pero luego se regeneró.
—¡Ah, bueno, ah, bueno! ¡Lo reconoces, lo reconociste!

Pero es obvio que el ex periodista “Chucho” no quiso decir que Chiapas es un desastre al que han contribuido los más de tres años de desgobierno de su patrón. Este “Chucho” sí que se las gasta cuando le recomienda a una periodista de oficio ¡que no les crea a los medios de comunicación!, pero esta periodista a la que bien conoce y que bien lo conoce, lo ha exhibido en un par de minutos. Desde su profundo subconsciente responde que “eso le tocó”, dejándonos únicamente con la duda de si se refería al hueso de Coordinador General de Comunicación Social y Vocero del Gobierno de la República o al precio (110 mil pesos mensuales netos) “por aguantar a ese señor”, como le dijo Concepción Villafuerte.

Acostumbrados
“Chucho” presume de estirpe revolucionaria: “Mi abuelo fue uno de los combatientes del movimiento originario del Ejército Libertador del Sur, de hecho fue el último presidente de la Unión de Veteranos del Ejército Libertador del Sur”. Y, sin aspiracionismos neoliberales, ahora cobra un millón trescientos veinte mil pesos al año (más aguinaldo) por dejar de ser periodista y combatir (¡todo un combatiente!) a los medios de comunicación y a los periodistas que critican al poder al que pertenece. ¡Combatiente y nieto de combatiente!

Acá en Milenio, a Fernando del Collado le confesó ser transparente como el alma (olé, poeta), y, según él, ser vocero, es constituirse en una voz colectiva, no individual. Del Collado le preguntó: “¿qué prensa espera?”, y él respondió magnánimo: “una prensa libre, una prensa crítica, una prensa informada”. Y lo mejor: “¿El derecho a la información está sujeto al capricho del gobernante?”, le preguntó el autor de “Tragaluz”, y he aquí la respuesta de “Chucho”: “Pues a veces, ahora, nos hemos acostumbrado que así parezca que sea, pero no queremos; queremos información libre y medios libres”.

Aunque se veía nervioso (puede el lector verlo en internet), a “Chucho” no se le cayó la cara de vergüenza cuando lo entrevistó Fernando del Collado ni cuando le cayó como un rayo Concepción Villafuerte en Chiapas. Pero, júrelo usted, que luego, cuando dejó esos escenarios, su abuelo le salió al paso y le dijo: “¿Pues qué onda, mijo?” Y ahí sí se descaró. Recogió su cara, se la volvió a colocar, le sacó la vuelta al abuelo y se fue a roncar.

Carlos Monsiváis creía (así me lo dijo en 1989) que la verdad se identificaba con la libertad informativa y crítica y con el cese de la censura y la manipulación. Más de una vez he escuchado al presidente presumir que Monsiváis le recomendó a Ramírez Cuevas. Hoy, dudo mucho que Monsiváis estuviera orgulloso de eso… y de todo lo demás. Claro, Monsiváis está muerto y nada puede decir. Pero imaginémoslo vivo. Tapetito no sería.

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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