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La integridad como principio inamovible: en recuerdo de Bertrand Tavernier

Personalidad vital del cine francés de la segunda mitad del siglo XX, supo acercarse con pasión y ojo clínico a este arte

Mi muy querido y dilecto amigo Paco Sánchez llamó a uno de sus sabios libros La comezón del séptimo arte —en alusión a la famosa película de Billy Wilder con Marilyn Monroe, La comezón del séptimo año—, título que de inmediato me vino a la mente en cuanto me enteré de la muerte de gran realizador, guionista y más ocasional actor Bertrand Tavernier (Lyon, 1941, Sainte-Maxime, 2021), una de las personalidades más vitales e influyentes del quehacer cinematográfico francés de la segunda mitad del siglo XX. También un muy docto historiador y teórico, que igual supo acercarse con pasión y ojo clínico al septimo arte, escribió además una de las mejor documentadas y más sugerentes historias del cine norteamericano, con vívidas referencias de muchos de sus más valiosos hacedores, hoy ya un material invaluable por el elocuente diálogo que aquí llega a establecer con otras leyendas de lo mejor del quehacer fílmico de la segunda mitad de la pasada centuria.

Hijo de un muy activo publicista y escritor que desde su trinchera como editor de un diario opuso valiente resistencia al Tercer Reich en Francia, Tavernier llegó a afirmar que lo hecho por su padre durante la invasión alemana había sido determinante en su formación ética y su perspectiva moral como artista. De ahí el peso específico que en su quehacer tiene la palabra, siempre acorde con el discurso visual que el mismo realizador francés entendía es definitorio en el ejercicio cinematográfico, por lo que en su poética se reconoce una simbiosis de muy nutridos vasos comunicantes entre ambos lenguajes y otros colindantes.

Consciente de su vocación desde muy joven, Tavernier creció y se formó viendo con pasión la obra de otros notables realizadores franceses y norteamericanos como Maurice Tourneur, Henri Decoin, Jean Renoir, Claude Autant-Lara, Jacques Becker, Jean Vigo, John Ford y William Wellman, entre otros ya clásicos con quienes llega incluso a establecer una especie de diálogo de homenaje interlineado en su ecléctica cinematografía. Marcado por un 1968 particularmente convulso en buena parte del mundo, como muchos de los de su generación, desde su primera película El relojero de Saint-Paul, de 1974 (Oso de Plata en el Festival de Berlín), se percibe el siempre racional sentido crítico que define buena parte de su filmografía, que podría decirse se mueve entre la honda reflexión histórico-político-social y el intelectual discurso metacinematográfico.

Si bien sus primeros trabajos se caracterizan por el predominio de una entreverada lectura del misterio implícito en todo hecho histórico y hasta privado, como en El juez y el asesino y Dos inquilinos, ambas todavía de la década de los setenta, su cine terminaría por deplazarse hacia el lúcido comentario social más abierto y despiadadas imágenes de la sociedad francesa contemporánea, he ahí, por ejemplo, su multipremiada La vida y nada más, de 1989, o Capitaine Conan, de 1996, o su ya clásico Hoy empieza todo, de 1999.

Uno de los trabajos más vigorosos en la ejemplar carrera de uno de los inobjetables humanistas dentro de una industria dominada por las leyes del mercado, Ley 627, de 1992, tituló a su diario de filmación precisamente “¿Qué estamos esperando?”, que podríamos decir es la tesis de su quehacer por cuanto este ilustre sabio del cine suponía debía ser y hacer el arte como contagiante impulso de cambio en una época en que el cinismo y la indolencia parecieran ser los motores que mueven a una sociedad carente de valores.

Donde hay que decir que tampoco deja del todo de lado las que son las constantes en su filmografía, un paréntesis son su hermosa y no menos penetrante cinta de aventuras La hija de D’Artagnan, de 1994, honesto homenaje a la célebre saga y el conflictuado mundo palaciego pintado por Alejandro Dumas, y la también premiada La carnasa, de un año después, basada en la crónica novelada homónima del igualmente francés Morgan Spotès.

Presidente del Instituto Lumière de Lyon, institución que bajo el cobijo de su prestigio se vio influida por su condición de implacable luchador a favor de la excepción cultural del cine europeo, Tavernier fue de igual modo uno de los más críticos observadores y lectores de la otrora dominante Nouvelle Vague francesa con la que suele relacionársele, sin dejar tampoco de reconocer lo que había aprendido de mano directa de precursores —también lo fue del llamado cine polar— como Jean-Pierre Melville. Un no menos manifiesto sibarita, como hombre culto y sensible que era, sabido es que en el prestigiado Festival San Sebastián, siendo presidente del jurado, encontró el triángulo perfecto entre el séptimo arte, la gastronomía y el jazz, pues estas dos últimas manifestaciones —además de la literatura, por supuesto— eran otras de sus grandes pasiones, como lo fue vivir la vida a plenitud y sin miramientos: «Cada artista e intelectual tiene la responsabilidad moral de ser fiel a sus personajes, a su arte y a la verdad”.

Con Bertrand Tavernier se ha ido quizá el último declarado humanista del quehacer cinematográfico de las más recientes cinco décadas, un creador comprometido con su vocación de tiempo completo, quien siempre entendió y apostó porque el séptimo arte no se convirtiera sólo en una industria de hacer dinero y estrellas, del glamour superficial, porque está obligado a mover conciencias, a despertarnos del sopor y la inanición.

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