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La democracia y el ascenso de las nuevas derechas

El avance de AfD en Sajonia-Anhalt vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que trasciende a Alemania: ¿están las democracias girando hacia la derecha o estamos ante algo más complejo? El crecimiento de las nuevas derechas parece estar ligado al hartazgo con los partidos tradicionales y a su capacidad para convertir el descontento en votos. El reto no es sólo quién gana, sino qué ocurre con la democracia cuando el enojo se transforma en poder
Más que una conversión uniforme de electores de izquierda en electores de derecha, los últimos años parecen mostrar una combinación de factores como el voto de castigo.

Algo pasó este fin de semana en Alemania que vale la pena mirar más allá de sus fronteras. En Sajonia-Anhalt, un pequeño estado del este alemán, Alternativa para Alemania (AfD), partido identificado con la extrema derecha y cuya agenda tiene entre sus principales banderas el endurecimiento de la política migratoria, obtuvo el 43.8 por ciento de los votos. La CDU, la tradicional fuerza de centroderecha que gobernaba la región, cayó a 17.2 por ciento. AfD consiguió 39 de los 83 escaños del parlamento regional: quedó a sólo tres de la mayoría absoluta. El escrutinio está completo, aunque el resultado todavía tiene carácter preliminar.

Es una elección regional y sería un error convertir a Sajonia-Anhalt en Alemania entera. Pero también sería un error minimizar lo ocurrido. Hace apenas cinco años, AfD tenía 20.8 por ciento de los votos en ese estado; hoy supera el 43 por ciento. En contraste, la CDU pasó de 37.1 a 17.2 por ciento. Dicho de manera sencilla: mientras la derecha tradicional perdió casi veinte puntos, la extrema derecha ganó veintitrés. La pregunta aparece inevitablemente: ¿la democracia está virando hacia la derecha?

Alice Weidel, colíder de AfD, ofreció una pista sobre el discurso que está acompañando este crecimiento y que nos lleva a formular la pregunta anterior. En los primeros minutos después del cierre de las urnas declaró: “Los alemanes están sencillamente hartos de que se formulen políticas contrarias a los intereses de Alemania. Nos presentamos a las elecciones con el objetivo muy claro de representar los intereses de nuestro país, no los de Ucrania ni los de ningún otro país”. Posteriormente habló también de controlar las fronteras y deportar a quienes estén obligados legalmente a abandonar Alemania.

La palabra más importante quizá no sea Alemania, ni Ucrania, ni siquiera inmigración. Es hartos, porque el hartazgo se ha convertido en uno de los lenguajes políticos más poderosos de nuestro tiempo. Hartos de los gobiernos, de los partidos de siempre, de las élites, de la inflación, de la inseguridad, de la migración, del costo de vida, de instituciones que parecen demasiado lejanas y de políticos que prometen soluciones que nunca terminan de llegar. Las nuevas derechas han entendido bien ese malestar y, en varios países, han logrado convertirlo en votos.

Los ejemplos comienzan a acumularse. Javier Milei ganó la presidencia argentina en 2023 con 55.65 por ciento de los votos en segunda vuelta, desplazando al peronismo gobernante. Donald Trump regresó a la Casa Blanca después de obtener 312 votos electorales frente a los 226 de Kamala Harris en 2024. En Austria, el FPÖ pasó de 16.2 por ciento en 2019 a 28.8 por ciento en 2024 y se convirtió en la primera fuerza electoral. En Portugal, Chega alcanzó 22.76 por ciento en 2025 y obtuvo 60 diputados, incluso dos más que el Partido Socialista.

La tentación es sencilla: unir los puntos y concluir que el mundo se está volviendo de derecha. El problema es que la realidad electoral no es tan ordenada. Mientras Trump regresaba en Estados Unidos y las derechas radicales crecían en distintas partes de Europa, en Reino Unido los conservadores sufrieron una derrota histórica y Labour obtuvo 411 de los 650 escaños en 2024. En México, Claudia Sheinbaum ganó ese mismo año con 59.76 por ciento de los votos y dio continuidad a un gobierno identificado con la izquierda. También encontramos alternancias hacia opciones progresistas o liberales en otros países.

Entonces quizá estamos observando algo un poco distinto. Más que una conversión masiva y uniforme de electores de izquierda en electores de derecha, los últimos años parecen mostrar una combinación de voto de castigo, debilitamiento de los partidos tradicionales y transformación de los sistemas de partidos. Y dentro de esa transformación, las nuevas derechas están demostrando una enorme capacidad para apropiarse del descontento.

Alemania permite entenderlo muy bien. AfD no está creciendo únicamente frente a la izquierda. En Sajonia-Anhalt está desplazando a la propia derecha tradicional. Algo semejante ocurrió en Austria: mientras el FPÖ ganó 12.7 puntos entre 2019 y 2024, el conservador ÖVP perdió 11.2.

Esto importa porque cambia la pregunta. Ya no es únicamente por qué la izquierda pierde frente a la derecha, sino por qué los partidos conservadores tradicionales están perdiendo frente a fuerzas más radicales la capacidad de representar el voto de derecha.

Estas nuevas fuerzas también han conseguido algo adicional: mover la conversación. Migración, fronteras, soberanía, identidad nacional, seguridad, rechazo a las élites, críticas a la Unión Europea o cuestionamientos al apoyo a Ucrania ocupan cada vez más espacio en el debate público. Incluso los partidos que no comparten todas esas posiciones se ven obligados a responderlas.

Y ahí aparece una segunda pregunta: ¿por qué debería preocuparnos? No porque gane la derecha. Una democracia en la que únicamente una familia ideológica pudiera ganar dejaría de ser precisamente una democracia. La alternancia es parte de su funcionamiento.

La preocupación comienza cuando el hartazgo democrático se transforma en rechazo a los propios componentes de la democracia liberal: los contrapesos, la pluralidad, los derechos de las minorías, la independencia de los tribunales, la libertad de prensa o la legitimidad de la oposición. Ganar elecciones democráticamente no garantiza que todos los proyectos que llegan al poder tengan la misma relación con esos límites.

Por eso tampoco deberíamos colocar automáticamente en una misma categoría a Milei, Trump, Meloni, AfD, Wilders o cualquier fuerza ubicada a la derecha del espectro político. Sus proyectos, contextos nacionales y posiciones económicas e institucionales son distintos. Pero sí existe entre muchas de estas nuevas derechas un lenguaje común: primero nuestra nación, primero nuestros ciudadanos, las élites no nos representan y el sistema necesita una ruptura.

Y entonces aparece Trump. ¿Podemos hablar de una “ola post-Trump”? Todavía sería apresurado. Trump no creó a la extrema derecha europea, cuyas raíces son anteriores y profundamente nacionales. Pero su regreso al poder sí ofrece algo importante: la demostración de que un discurso nacionalista, antiinmigración, confrontado con el establishment y construido alrededor de una fuerte personalización del liderazgo puede ganar nuevamente en una de las democracias más influyentes del planeta.

El resultado alemán mostró además que la conexión ya no es solamente simbólica. Trump publicó en Truth Social los resultados de Sajonia-Anhalt y distintas figuras del movimiento MAGA celebraron la victoria de AfD. Esto no demuestra que exista una coordinación política internacional ni que Trump explique el crecimiento europeo, pero sí habla de una circulación cada vez más visible de discursos, símbolos y legitimidades entre las nuevas derechas.

El siguiente gran laboratorio será 2027. No habrá elecciones al Parlamento Europeo, esas corresponden hasta 2029, pero varios países celebrarán comicios nacionales. Francia tendrá su primera vuelta presidencial el 18 de abril de 2027 y, de ser necesaria, una segunda el 2 de mayo. A menos de un año de esa elección, Marine Le Pen aparece al frente de distintos escenarios demoscópicos; una medición de julio la colocaba alrededor del 36 por ciento en primera vuelta. Italia deberá volver a las urnas a más tardar en 2027, mientras una nueva fuerza de extrema derecha encabezada por Roberto Vannacci intenta disputar espacio incluso dentro del bloque conservador. Grecia también celebrará elecciones generales en la primavera de ese año.

Europa tendrá entonces una prueba importante: saber si resultados como el de Sajonia-Anhalt representan excepciones regionales, votos coyunturales de protesta o la consolidación de una transformación política mucho más profunda.

Y México llegará a 2027 desde un lugar aparentemente distinto. En 2024, mientras distintos gobiernos alrededor del mundo enfrentaban severos votos de castigo, el oficialismo mexicano obtuvo casi 60 por ciento de la elección presidencial. En 2027 no elegiremos presidenta, pero sí renovaremos las 500 diputaciones federales, además de miles de cargos locales en procesos concurrentes en las 32 entidades federativas. Será la primera gran evaluación electoral nacional de la administración de Claudia Sheinbaum.

México ha sido hasta ahora una excepción importante frente al desplazamiento hacia la derecha observado en otros países. Pero las excepciones tampoco son permanentes. Quizá por eso la pregunta que deja la elección alemana no es simplemente si México terminará girando hacia la derecha. Es una pregunta anterior y más relevante: cuando el desgaste, el enojo o el hartazgo alcancen al actual sistema de partidos mexicano, ¿quién será capaz de representarlos?

Porque tal vez la historia política de estos años no sea solamente la del regreso de la derecha. Puede ser la historia de democracias cuyos ciudadanos están buscando algo distinto y de nuevas derechas que, por ahora, parecen haber aprendido mejor que otros cómo convertir ese descontento en poder.

Ana Gabriela Núñez Pérez
Tecnológico de Monterrey | + posts

Colaboradora de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey

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