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Franco Corelli, la voz, la presencia

En el centenario de su natalicio recordamos al inolvidable tenor

A mi dilecto amigo Héctor Sosa, músico y contratenor de prosapia

En mi libro sobre el gran humanista y escritor Rafael Solana dedicó todo un apartado a su pasión por la música y por la ópera, y en sus largas y muy aleccionadoras conversaciones en derredor esta querencia compartida, auténticas master class en torno al no mal llamado “Gran espectáculo sin límites”, el notable tenor italiano Franco Corelli (Ancona, 1921-Milán, 2003) aparecía entre sus figuras predilectas. También una de mis voces preferidas, y si bien yo no tuve la fortuna de alcanzarlo a oír en vivo, me refirió funciones memorables con él, donde sus conocidas limitaciones (un aparente pánico escénico que lo hacía sufrir, un notorio problema de dicción no sólo en otras lenguas sino hasta en el mismo italiano y ciertas libertades técnicas) se diluían en cuanto se escuchaba su bello y poderoso registro que remontaba hasta el último resquicio del teatro, y sus dotes histriónicas y gran presencia dominaban el escenario. Quien compartió escena con las más de las otras grandes constelaciones líricas de buena parte del siglo XX, la propia Callas confirmó admirarlo y ser uno de los tenores con quien mejor se sentía tanto en en escena como en grabaciones.

El pasado 8 de abril se celebró el centenario del natalicio de este figurón del belcanto que estuvo en activo por más de dos décadas, entre 1950 y 1976, sobresaliendo por poseer una técnica única ––admirada por los más y criticada por los menos––, con consenso generalizado tanto en la seductora belleza de su timbre como en la envolvente potencia de su emisión, con soprendentes diminuendos que otros tantos cantantes con su poder simple y sencillamente no podían acometer. Su carismática presencia escénica y su conmovedor esplendor vocal lo hicieron uno de los tenores spinto y dramáticos más presentes y exitosos de la posgerra, y el propio don Rafael me decía que verlo y escucharlo interpretando los personajes más socorridos de este vasto repertorio para su tesitura era verdaderamente una experiencia electrizante, donde su canto apasionado y sus poderosas y sostenidas notas agudas ––de timbre siempre claro y aterciopelado–– conducían al auténtico paroxismo. 

Él mismo confesó en alguna entrevista que su facultades y amor por el canto le habían llegado a través de su abuelo paterno también tenor, herencia que igual había detonado en su hermano mayor Aldo que fue barítono. Atraído primero por el mar de su infancia y la construcción de barcos que había ejercido con cierto éxito su padre en el Adriático, la fortuna terminaría por arrastrarlo a su vocación más cierta, llevándolo a inscribirse por fin al Conservatorio Estatal de Música «Gioachino Rossini» de Pésaro, con lo que la suerte ya estaba irremediablemente echada.​ Discípulo reacio de Rita Pavoni, y caso más bien extraño en la historia de la música por su natural olfato autodidacta, acabaría por convertirse en su propio maestro,​ si bien también reconoció siempre las invaluables aportaciones de Arturo Melocchi (profesor antes de igual modo de Mario del Monaco) y otros profesores que en conjunto le enseñarían lo que sí y lo que no debe de hacerse, por ejemplo, con la​ mezzavoce y el legato, modificando la llamada técnica de laringe baja en la que se llegó a convertir en un especialista. Grandes profesores indirectos suyos habían llegado a ser, afirmaba, otros destacados tenores italianos anteriores como el mismo Enrico Caruso (este año igualmente se cumple, en agosto, su centenario luctuoso), Giacomo Lauri-Volpi, Aureliano Pertile y Beniamino Gigli, que con atención escuchaba una y otra vez para aprender de ellos.​

Una de las figuras con más larga y fructífera carrera en la Metropolitan Opera House de Nueva York,  se convirtió también en leyenda en otros importantes foros europeos de tradición​ como La Scala de Milán y el Covent Garden de Londres. Desde el inicio de su carrera tuvo en repertorio, yendo de menos a más, el Don José de Carmen, de Bizet; el Radamés de Aida, de Verdi; el Maurizio de Adriana Lecouvreur, de Cilea; el héroe de Romeo y Julieta, de Gounod. Con La Divina tendría algunos de sus mayores triunfos tanto en los escenarios como en los registros discográficos, empezando por supuesto con el Pollione de Norma, de Bellini, de quien también abordó el Gualtiero de El pirata; y el Licinio de La vestale, de Spontini; y el Conde Loris Ipanoff de Fedora, de Giordano; y el protagónico que da nombre a Poliuto, de Donizetti. Célebres de igual modo fueron su Manrico de El trovador, del mismo Verdi, que interpretó y grabó con Leontine Pryce, bajo la dirección de Karajan, como la Carmen; y su Dick Johnson de La fanciulla del West, de Puccini, y, claro, del mismo autor, su insuperable Príncipe Calaf de Turandot, cuya grabación con la soprano wagneriana sueca Birgit Nilsson (con quien también grabó Aida), y la también soprano italiana Renata Scotto, con la Orquesta de la Ópera de Roma y bajo la batuta de Francesco Molinari-Pradelli, sigue siendo icónica. ​

Otros éxitos de este portentoso e inolvidable tenor anconitano los tuvo con el Cavaradossi de Tosca y el Rodolfo de La bohemia, de su muy querido Puccini; y el Don Álvaro de La fuerza del destino, y los héroes de Don Carlo y Ernani, de su no menos amado Verdi; y el protagónico de Andrea Chénier, de Giordano, otro de sus roles más memorables; y el Turiddu de Cavalleria rusticana, de Mascagni; y el Canio de Payasos, de Leoncavallo. ​Y en repertorios igualmente más inusiales, como los ya citados El pirata y La Vestale que la propia Callas contribuyó a desempolvar de los zótanos, el Philip de Agnese di Hohenstaufen, del mismo Spontini; y el Julio César y el Hércules, de Händel; y el más discreto Conde Bezúhov, de la versión operística de la celebérrima novela de Tolstói, Guerra y paz, de Prokófiev; y hasta el protagónico del estreno mundial de Eneas, de Guido Guerrini. Con un vacío se quedó en su triunfal carrera, como sus muchos admiradores, y es no haber interpretado ni grabado nunca el Otelo, de Giuseppe Verdi, porque dados sus atributos y características vocales, le venía como anillo al dedo, pero por una u otra circunstancia nunca llegó a concretarse. Sin embargo, registros suyos de óperas completas en estudio y en vivo hay por fortuna muchos, y otros de recitales o antológicos con arias y/o canciones, como constancia imperecedera de su talento y de sus excepcionales facultades vocales.

Acerca del autor

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Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

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