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El placer de la lectura en Karl Marx

Es falso suponer que el filósofo no experimentara goce al leer... o al escribir

Karl Marx (1818-1883) es parte de mi educación sentimental y no sólo intelectual. En el bachillerato leí muy bien mi Marx y mi Engels, aunque nunca me dije marxista ni mucho menos estalinista, leninista o maoísta, y ni siquiera trotskista. No rebajé mi lectura a un dogma narcótico, y comprendí muy bien Miseria de la filosofía, El 18 brumario de Luis Bonaparte, Trabajo asalariado y capital, La guerra civil en Francia y hasta me atreví con el primer tomo de El capital. Asimismo, algunos de los libros que Marx escribió en coautoría con Engels: La ideología alemana, La sagrada familia y, obviamente, El manifiesto comunista. Varios años después leería su tesis doctoral: Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro, cuyas últimas líneas del prólogo pueden destinarse a cierta gente que hoy se las da de marxista sin haber leído a Karl (y ni siquiera a Groucho).

Escribe Marx, en marzo de 1841, en Berlín: “A los despreciables individuos que se regocijan de que en apariencia la situación civil de la filosofía haya empeorado, ésta, a su vez, les responde lo que Prometeo a Hermes, servidor de los dioses: ‘Has de saber que yo no cambiaría mi mísera suerte por tu servidumbre. Prefiero seguir a la roca encadenado antes que ser el criado fiel de Zeus”. Para quien goza con la lectura, este sarcasmo marxista es un deleite y puede también gozar la versión del diálogo entre Prometeo y Hermes que Renato Leduc nos ofrece en su regocijante Prometeo. (Hagan la prueba los lectores.)

La ideología puede llegar a amputar la imaginación, además de nublar la inteligencia. Karl Marx fue un hombre muy inteligente, aunque no muy imaginativo, y esto queda claro a lo largo de sus escritos. No comprendió, por ejemplo, la literatura fantástica, a pesar de que los mitos griegos y la Ilíada que él tanto admiraba tienen mucho de fantástico o, para decirlo mejor, constituyen la raíz de la imaginación en Occidente. La preferencia de Marx por la literatura realista siempre estuvo anclada a la lucha de clases y a la crítica de la economía. Por ello no pudo apreciar el sentido profundo de Robinson Crusoe, la novela de Daniel Defoe, y su crítica, pretendidamente literaria, se extravía en lo que él llamó “robinsonadas a la vuelta a una malentendida vida natural”. Pero cuando se trata de obras que encuentra concordantes con su filosofía les entrega no sólo aprobación, sino también placer. En una carta a su querido Friedrich Engels, el 15 de abril de 1869, le dice: “Por accidente veo hoy que en nuestra casa hay dos [ejemplares] de El sobrino de Rameau [de Diderot]; te mando uno. Esta obra maestra, única en su género, será de nuevo un placer para ti” [las cursivas son mías].

A pesar de la ideología dominante en su pensamiento, en literatura Marx no era un bobo. Comprendió muy bien la importancia de Balzac y, paradójicamente, predijo la llamada “literatura de anticipación”. En sus Manuscritos (sus famosos Grundriss) escribió: “La máquina se adapta a la debilidad del hombre para transformar al hombre débil en máquina” [la ciencia ficción]. Ahí mismo asegura que “la luminosa morada que Prometeo, en Esquilo, señala como uno de los mayores dones que le ha permitido transformar al salvaje en hombre, deja de existir para el obrero. La luz, el aire, etc., la más elemental limpieza animal, dejan de ser una necesidad para el hombre. La sociedad, esta depravación o corrupción del hombre, esta cloaca (literalmente) de la civilización, se convierten para él en el elemento en que vive. La incuria total, innatural, la naturaleza corrompida, se convierte en el elemento de su vida. Ninguno de sus sentidos existe ya, no sólo en su aspecto humano, sino incluso en su aspecto deshumano, es decir, animal”. [Lo que está describiendo Marx es el naturalismo de Zola].

Quien lee a Marx y no tiene el mínimo aprecio o gusto por su “estilo literario” está perdido. Más de un libro se ha dedicado a este tema, y así como han quedado frases imperecederas de grandes escritores en el imaginario cultural (“abril es el mes más cruel”: Eliot; “ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”: Joyce; “estamos hechos del mismo material de los sueños” y “la vida es un cuento contado por un idiota”: Shakespeare), Marx dejó más de una frase poética-filosófica digna de releerse siempre: desde “un fantasma recorre Europa” hasta “en las aguas heladas del cálculo egoísta” y “todo lo sólido se desvanece en el aire”, ni más ni menos que del Manifiesto comunista.

Cuando se tergiversan las idea políticas, económicas y estéticas de Marx es porque no hay lectura, sino cliché. ¿Leer a Marx? ¿Para qué, si se puede ir por la vida repitiendo lugares comunes? Como filósofo, Marx posee una estética. Quienes niegan el concepto de placer o de gozo en Marx es porque no lo han leído ni siquiera en la breve introducción de su Crítica de la economía política. Ahí asegura: “La dificultad no está en entender que el arte y el epos griegos están ligados a ciertas formas del desarrollo social. La dificultad está representada por el hecho de que ellos siguen suscitando en nosotros un goce estético [cursivas mías] y constituyen, en un cierto aspecto, una norma y un modelo inalcanzable”.

Añade: “Un hombre no puede volver a ser niño o, en todo caso, se vuelve pueril. Pero ¿no le complace acaso [cursivas mías] la ingenuidad del niño y no debe aspirar él mismo a reproducir su verdad, a un nivel más alto?”. Y su conclusión no puede ser más exacta: “El objeto artístico —y, del mismo modo, cualquier otro producto — crea un público sensible al arte y capaz de goce estético [cursivas mías]. La producción crea, por ello, no sólo un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”. A esto último se le denomina hoy “formación de públicos” en la cultura y el arte. A diferencia del animal, explica Marx, el ser humano produce cosas no sólo necesarias, sino también “según las leyes de la belleza”.

Para Karl Marx, el artista no es un productor cualquiera, sino en gran medida un “trabajador improductivo”, porque su “obra” no es “utilitaria” en la medida en que el gozo y la belleza tampoco lo son. Y pone un ejemplo irrebatible: “Milton, que escribió el Paraíso perdido por cinco libras esterlinas fue un trabajador improductivo. En cambio, el escritor que entrega obras vulgares a su editor es un trabajador productivo. Milton produjo el Paraíso perdido por el mismo motivo que el que un gusano de seda produce seda. Era una manifestación de su naturaleza. Luego vendió su producto por cinco libras esterlinas. Pero el proletario literario de Leipzig, que fabrica libros (por ejemplo, compendios de economía política) bajo la dirección de su editor, es un trabajador productivo, pues, desde el principio, su producto está sometido al capital y sale a la luz sólo por la valoración de éste”. En esto consiste, por un lado, el arte, y, por el otro, el capitalismo. Explicado para párvulos.

Quienes suponen que el “marxismo” (es decir, la doctrina ideológica que se fundó en nombre de Marx) excluye el placer de la lectura es porque no tienen ni idea de la estética de Marx. Son “marxistas” analfabetos de Karl Marx. Suponen, y suponen mal, que Marx se pegó las aburridas de su vida mientras leía a Homero, Esquilo, Dante, Shakespeare, Cervantes, Balzac, Milton, Scott, Diderot, Goethe, Pushkin, Gógol, Los Nibelungos.

Karl Marx tenía muy claro que el conocimiento no anula el placer estético. Escribió: “Un escritor es un trabajador productivo, no en cuanto produce ideas, sino en cuanto enriquece al editor que publica sus obras, o en cuanto es trabajador asalariado de un capitalista”. ¿Qué les falta a quienes condenan el placer de la lectura en nombre de Marx? Leer a Marx, por supuesto, y comprobar que es falso que Marx no experimentara placer con la lectura. Lo experimentó hasta en su escritura. Por su estilo literario, El manifiesto comunista es un librito digno de gozarse. Lo he releído no sé cuántas veces.

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