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El adiós de una gran diva: Christa Ludwig, perfección técnica y profundidad expresiva

Figura indiscutible de la ópera, recibió todos los reconocimientos y condecoraciones para una figura vocal de su trayectoria

A la memoria del sabio y generoso musicólogo Luis Pérez

Todavía tuve la gran fortuna de poder ver y escuchar a la enorme mezzosoprano alemana Christa Ludwig (Berlín, 1928-Viena, 2021) en la que fue su última aparición en una producción de la tetralogía El anillo del Nibelungo, de Richard Wagner, como la Fricka de La valquiria, en la Metropolitan Opera House de Nueva York (1989-1990) donde participó asiduamente por más de tres décadas. La más destacada mezzo dramática de la posguerra, y quien desde casa mamó el arte lírico porque su padre era tenor y su madre igualmente mezzosoprano y su primera maestra, a su cálida y corpulenta voz sumó una no menos manifiesta profundidad expresiva y una depurada técnica que le permitieron abordar con solvencia los más difíciles roles para su tesitura sobre todo de las óperas alemana e italiana, con presencia protagónica en los más importantes teatros del mundo desde mediados de la década de los cuarenta hasta avanzados los noventa.

Si bien comenzó su formación y la primera década de su exitosa carrera en su natal Alemania, desde mediados de la década de los cincuenta se vinculó a la Ópera Estatal de Viena, a la que estaría estrechamente ligada hasta su retiro en 1994. Compartió escenario y grabó con casi todas las demás leyendas vocales de buena parte del siglo XX, de la mano de directores de la talla de Karajan, Böhm, Klemperer, Bernstein y Solti que la consideraban en sus elencos estelares, y estuvo por más de una década sentimentalmente relacionada con el no menos formidable barítono-bajo vienés Walter Berry, con quien por cierto tuvo su único hijo y compartió algunos de sus mayores triunfos tanto en escena como en registros discográficos, entre otros, por ejemplo, El castillo de Barba Azul, de Béla Bartók. En esta apertura a otros repertorios de menor presencia se encontrarían de igual modo la Marie de Wozzeck, de Alban Berg, y la Condesa de La dama de picas, de Tchaikovsky,  e incluso el estreno mundial de obras del repertorio contemporáneo como La visita de la vieja dama, de Gottfried von Einem, y La comedia del fin de los tiempos, de Carl Orff, y Cándido, de su tan querido Leonard Bernstein.

 Sus sobradas dotes  interpretativas le permitieron encarnar a las grandes heroínas de su tesitura de Beethoven, Strauss, Verdi y Wagner (una de las Leonoras esenciales de la segunda mitad del siglo XX), que fueron su especialidad incluso en el terreno del lied que igualmente dominó con aplomo y elegancia ejemplares, y si bien la ópera francesa no estuvo entre su repertorio más habitual, igual cantó con éxito la Dido de Los Troyanos de Berlioz y por supuesto la Carmen de Bizet. Como consumada liederista, sus incursiones con los catálogos especializados de Schubert, Schumann, Wolf, Mahler y el propio Strauss han dejado honda huella y hasta creado escuela, así como lo hecho con la obra vocal de Bach, Beethoven y Brahms, ofreciéndonos versiones memorables de todos ellos.

Una cantante inteligente y además siempre discreta, tituló a su libro de memorias Y me habría encantado ser una prima donna, hasta cierto punto irónico porque brilló en un mundo particularmente dominado por las sopranos y los tenores, como la no menos diva pero también mucho menos amable italiana Cecilia Bartoli de quien hemos conocido toda clase de desplantes. No, Christa Ludwig era toda una dama, como lo atestiguan los músicos y compañeros con quienes departió, y cuya grandeza se confirmaba con su auténtico don de gente que nunca perdió el piso y tenía fama además de ser muy generosa, como en su biografía lo ha constatado la no menos grande soprano también berlinesa ––por cierto, una de sus amigas más entrañables–– Gundula Janowitz. Este libro es una auténtica enseñanza de vida plena, escrito con ligereza y hasta con humor, pero con la profundidad de quien hizo del belcanto, en el nivel más alto y siempre a plenitud, una auténtica pasión y hasta un culto, por lo que de igual modo se trata de una valiosísima gran master class.

Su retiro definitivo de los escenarios se dio a finales del citado 1994, después de una larga e ininterrumpida carrera de casi medio siglo, cantando la Clitemnestra de Electra, de su adorado Richard Strauss, y claro, en la Stat Oper de Viena, su hogar a lo largo de las tres décadas esenciales de su triunfal trayectoria. “Una estrella cae del firmamento”, dijo su entonces Director Ioan Holender en la que se sabe fue una función memorable para despedir a una auténtica prima donna que había roto con la tradición y supo retirarse a tiempo, si bien todavía vivió casi treinta años más para compartir sus grandes experiencias y sabiduría con otros cantantes más jóvenes.

Figura indiscutible en los Festivales de Salzburgo y Bayreuth, cantó con solvencia los más importantes papeles para su tesitura de Mozart y Wagner, como la Dorabella de Cossì fan tutte, el Cherubino de Las bodas de Fígaro y la Doña Elvira de Don Giovanni (interpreta una de las damas en la histórica grabación de La flauta mágica de Otto Klemperer), del primero, y por supuesto la Venus de Tannhäusser, la Ortrud de Lohengrin, la mencionada Fricka de La valquiria, la Waltraute de El ocaso de los dioses, la Brangania de Tristán e Isolda y la Kundry de Parsifal, del segundo. Además de los roles fundamentales para mezzo de su no menos amado y para ella esencial Richard Strauss, pues cantó como pocas el Compositor de Ariadna en Naxos, la Clarion de Capricho, la Mariscala y el Octaviano de El caballero de la rosa, la citada Clitemnestra de Electra con la que se despidió e incluso la Tintorera ––que es para soprano, como la Lady Macbeth de Verdi que igual interpretó–– de La mujer sin sombra, tuvo de igual modo en su repertorio otros personajes del acervo verdiano como la Azucena de El trovador, la Ulrica de Un baile de máscaras, la Amneris de Aída y la Mrs. Quickly de Falstaff. ¡Cómo olvidar su Adalgisa de Norma, de Bellini, que además grabó con la Callas en su mejor momento, en esa insuperable versión de La Divina con el tenor Franco Corelli y el bajo Nicola Zaccaria, de 1960, con la Orquesta de La Scalla de Milán, bajo la batuta de Tullio Serafin.

Con la mezzosoprano total Christa Ludwig se ha ido una de las últimas grandes constelaciones del quehacer lírico del siglo XX, que en vida recibió todos los reconocimientos y condecoraciones para una figura vocal de su envergadura, cubriendo un amplísimo repertorio que con sobrados recursos dominó los espectros lírico, spinto, dramático y hasta heroico, sin desconocer su presencia igualmente protagónica en el no menos selecto mundo de la canción de concierto. ¡Descanse en paz!


Acerca del autor

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Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

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