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Ciudades universitarias: ideas y representaciones

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Estos espacios educativos, con una historia fascinante y compleja, continúan hoy como un proyecto en desarrollo que actualmente se ve acechado por activismos políticos e intereses mercadológicos

Las universidades son y representan muchas cosas. Son, desde luego, espacios físicos, con territorios delimitados habitados por miles de estudiantes y profesores, directivos y trabajadores. Pero representan también un poder social e intelectual organizado, simbolizan ilusiones y aspiraciones, rutinas académicas, prácticas de investigación y aprendizajes que luego, en contextos apropiados y con un poco de suerte y persistencia, se traducen en acumulación de prestigios individuales, grupales e institucionales. Esos espacios y símbolos se sintetizan en la idea de las “ciudades universitarias” como mapas que concentran el saber y el poder en las sociedades contemporáneas, una idea que ha transcurrido desde comienzos del siglo XX por diferentes ciclos de tensión, conflicto y cooperación con gobiernos y sociedades nacionales.

La propia historia de los campus universitarios en Europa, Estados Unidos o en América Latina permite identificar la fuerza de la idea misma de la universidad y de sus representaciones sociales a través de sus edificaciones. Desde sus orígenes modernos, la aspiración por construir ciudades universitarias como microespacios educativos y culturales dentro de macroespacios urbanos más amplios, se constituyó como la expresión más contundente para tratar de dar un sitio a la idea de la universidad como núcleo multidisciplinario de investigación y aprendizajes, organizado en escuelas, facultades, institutos y laboratorios, con edificios y jardines, cafés, museos, bibliotecas y espacios deportivos, artísticos o culturales.

Si las universidades medievales europeas se construyeron como parte orgánica de monasterios distibuidos en diferentes regiones, las universidades públicas modernas se desligaron desde el siglo XIX de sus orígenes religiosos, y se instalaron como parte de la geografía urbana de sociedades cuyas élites liberales rápidamente verían en las universidades los símbolos más potentes del progreso económico, la modernización social y cultural, y la democratización política. La idea de la universidad como una corporación cerrada de estudiantes y profesores formados en los misterios del trivium y el cuadrivium, donde los estudiantes eran aprendices y los profesores sus maestros, se transformó con el paso de la industrialización, la urbanización acelerada y el democratización, en la idea de la universidad de masas, abierta al acceso meritocrático, con autonomía política e intelectual como garantía institucional del ejercicio de libertades de expresión, de aprendizajes e investigación.

Parte de esa larga, compleja y fascinante historia es recogida en el libro Forma y pedagogía. El orígen de la ciudad universitaria en América Latina, coordinado por Carlos Garcíavelez Alfaro, publicado en 2014. Se trata de una monumental obra en torno a ocho historias de ciudades universitarias en la región, construidas entre los años de 1935 y 1960, donde a través de planos, dibujos originales y diagramas, de fotografías y textos breves, se narra el origen y la evolución de las sedes centrales de las universidades de México (UNAM), de Puerto Rico (Campus Río Piedras), Venezuela (U. Central de Caracas), Colombia (U. Nacional en Bogotá), Brasil (C.U de Río de Janeiro y de Brasilia), Argentina (U. de Tucumán) y Chile (U. de Concepción).

Arquitectos, políticos, ingenieros, intelectuales y científicos de la época, desfilan en la explicación del surgimiento de las ideas de las ciudades universitarias como ciudades del conocimiento, como ambientes de aprendizaje, o como conjuntos arquitéctónicos unidos por el arte y la ciencia. Diferenciadas pero a la vez integradas a los procesos de urbanización de las grandes ciudades latinoamericanas, los campus universitarios se constituyeron como sedes territoriales de los proyectos que las teorías de la modernización y del desarrollo formularon para América Latina. En un contexto intelectual de optimismo por el futuro, la legitimidad de la idea de la universidad como un proyecto cultural de largo plazo se encuentra estrechamente ligada a la construcción de las grandes ciudades universitarias.

Esas historias florecieron con éxito durante varias décadas enmedio de crisis económicas y políticas ya través de la hechura de nuevas estructuras de oportunidades para grupos y clases sociales medias urbanas. En México, la CU de la UNAM se convirtió en el símbolo de la modernidad imaginada para muchas universidades públicas federales y estatales, y para no pocas privadas de élite como la UA de Guadalajara o el Tec de Monterrey. Durante los años setenta, nuevas universidades como la UAM, o universidades estatales como las de Aguascalientes, Baja California Sur, Ciudad Juárez, Tamaulipas, o Tlaxcala, reinventaron la noción del campus en sus territorios urbanos, y en los años noventa otras universidades públicas como las de Guadalajara, Puebla, la Veracruzana o Sonora emprendieron la multiplicación de sus campus universitarios como parte de ambiciosos procesos de reforma de sus estructuras académicas y administrativas.

Desde el último tercio del siglo pasado la idea de la universidad como proyecto cultural fue sustituida por la idea de la universidad como una empresa de servicio público. Hoy, décadas después, se habla de la idea de la universidad como una institución al servicio del bienestar del pueblo. Algunos otros, hechizados por las sirenas de la innovación tecnológica, hablan ya de “smart campus” como extensión automática de los smartphones o las smart-tv. Son lenguajes y músicas de temporadas diferentes, contradictorias, confusas. En todos los casos, las ciudades universitarias son sitios cuyo edificios y jardines siguen representando la idea de un proyecto en busca de sentido, asaltado con frecuencia por la urgencia de activismos políticos o mercadológicos de distinto signo, pero habitado por la prudencia de la reflexión rigurosa y la curiosidad intelectual propia de la vida académica. Campus como espacios donde beber un café ejerciendo el viejo arte de la conversación o de los placeres de la vida contemplativa, forman parte de los muros, las bibliotecas, las aulas y los pasillos que configuran la arquitectura de nuestras ciudades universitarias.

Para los citadinos locales (los universitarios), la experiencia transcurre entre relaciones que combinan ideas, intereses y pasiones, lecturas y discusiones, afectos perdurables, incertidumbres corrosivas, rivalidades memorables o amistades entrañables, relaciones que configuran la geografía ética y estética de la vida en el campus. Son los ritos de paso que forman el núcleo sociológico de las ciudades universitarias.

Adrián Acosta Silva
Estación de paso en Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara

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