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Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

FABULACIONES
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura.

Argüelles Los Libros de Moda y los poderes del lector

Los libros de moda y los poderes del lector

Publicado en la Edición 832, enero 9-15, 2020

En uno de los últimos capítulos de su libro Una historia de la lectura, Alberto Manguel se refiere a los que denomina “lectores autoritarios”, que son aquellos que buscan dirigir a los otros lectores maleables y a quienes (inexpertos) empiezan a leer, hacia los libros que particularmente les interesan y hacia los significados que les convienen, por alguna razón (política, económica, religiosa, cultural, educativa, etcétera), coartando así la libertad de los lectores de encontrar la diversidad que hay en los libros y en los autores.

Sólo muy pocos lectores, los insumisos por naturaleza, no se dejan engatusar. (“Engatusar” es una palabra maravillosamente castiza, que viene de “engatar”. Ya está contenido en el tercer tomo, 1732, del Diccionario de Autoridades, que es el origen del Diccionario de la Real Academia Española, con el siguiente significado: “Engañar con arte y disimulo. Es voz familiar formada por la preposición ‘en’, y del nombre del ‘gato’. Engatar es engañar con arrumacos, como hace el gato con su dueño”.)

Los lectores autoritarios, cuando tienen influencia, acaban truncando (y trucando) las posibilidades de lectura de muchas personas, salvo a esas que no se dejan “engatar”, y lo mismo atribuyen a las obras “inmoralidad” que “ideas peligrosas” (para no recomendar su lectura) o concepciones “populares” o “elitistas” (para privilegiarlas) según sean los intereses que cuidan y los poderes a los que sirven. Tienen un discurso convincente y, por lo general, una jerga desfachatada o una terminología especializada que les da la apariencia de gurús o taumaturgos a los que hay que seguir para no quedar fuer de la moda, del camino correcto, de los que dominan la cultura.

Vladímir Nabokov, el autor de Lolita y de Habla, memoria, un escritor que nunca se anduvo por las ramas a la hora de decir lo que pensaba, y en lo que creía, se refiere, en muchas ocasiones a los “orientadores del gusto literario” no como “lectores, sino como “políticos e ideólogos de la literatura” (ya sea que estén en la calle, en las cátedras, en las instituciones o directamente en el gobierno). Y refiere lo siguiente, que es digno de citarse de manera extensa, como una lección literaria, de la que cada quien puede sacar sus propias conclusiones:

“Una tarde, en una remota universidad de provincia donde daba yo un largo cursillo, propuse hacer una pequeña encuesta: facilitaría diez definiciones de lector; de las diez, los estudiantes debían elegir cuatro que, combinadas, equivaliesen a un buen lector. He perdido esa lista; pero, según recuerdo, la cosa era más o menos así:

“Selecciona cuatro respuestas a la pregunta “¿qué cualidades debe tener uno para ser un buen lector?:

  • Debe pertenecer a un club de lectores.
  • Debe identificarse con el héroe o la heroína.
  • Debe concentrarse en el aspecto socioeconómico.
  • Debe preferir un relato con acción y diálogo a uno sin ellos.
  • Debe haber visto la novela en película.
  • Debe ser un autor embrionario.
  • Debe tener imaginación.
  • Debe tener memoria.
  • Debe tener un diccionario.
  • Debe tener cierto sentido artístico.

“Los estudiantes se inclinaron en su mayoría por la identificación emocional, la acción y el aspecto socioeconómico o histórico. Naturalmente, como habréis adivinado, el buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico…, sentido que yo trato de desarrollar en mí mismo y en los demás siempre que se me ofrece la ocasión”.

Los lectores autoritarios son ideólogos más que artistas (y conste que la lectura es un arte: el arte de leer), divulgadores de ideas y consignas, que se vuelven dogmas, y personas que sólo leen aquello que coincide con lo que piensan o afirman. Un episodio particular en el bachillerato me reveló esto cuando supe que, entre los pocos compañeros realmente lectores (lectores autónomos) con los que me relacioné, no leían a Borges porque, decían, era de “derecha” (algunos iban más allá: era “fascista”, porque el 21 de septiembre de 1976 recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Chile, que le entregó el dictador Augusto Pinochet, de quien dijo “es una persona excelente”). Leían, en cambio a Mario Benedetti, que era revolucionario. Yo los leía a ambos. De Benedetti, recuerdo que no me disgustaron sus cuentos de La muerte y otras sorpresas ni su novela Gracias por el fuego, y hasta releía su poesía (todo su Inventario). Pero, con algo de imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico, como sugería Nabokov, pronto pude distinguir entre la medianía y la grandeza. Como escritor, Borges era superior, y no era necesario prescindir de Benedetti (que fue parte de mi educación sentimental e intelectual), pero el instinto me llevó a autores tan grandes o más grandes que Borges, lo que no ocurrió con mis condiscípulos que juzgaban una obra no a partir de sus propias virtudes o defectos literarios, sino sólo a partir de la ideología de sus autores y, como es obvio, de la ideología de los autores con los que coincidían. Si yo los hubiese seguido en sus arengas y en las, a veces, acaloradas y bizantinas discusiones que teníamos, no hubiese llegado al Viaje al fin de la noche, de Céline, y me hubiera conformado, también, con La madre, de Gorki, y Así se templó el acero, de Ostrovski. Bueno, para no mentir, también con el Qué hacer de Lenin, que también leíamos en las Ediciones Progreso, de Moscú. (Hoy puedo ver los galimatías y las piruetas que hacía Lenin para “explicar” el “dogmatismo” y la “libertad de crítica; pero, entonces, no.)

Quienes leen especialmente literatura, a partir de un principio ideológico, tienen que conformarse con lo que hay para ellos: ideología, no arte, o bien ideología bajo la forma del arte. ¿Escritores burgueses? ¿Qué escritor es más burgués que Proust? Y, sin embargo, Proust no es moda ni podría serlo: es arte irrepetible. Cuando se habla de “formar” y “transformar” lectores sólo puede pensarse en una maquinaria para tales efectos: una maquinaria cuyo principio es el molde y que, como es lógico, los hace iguales a todos: en serio y en serie.

Los poderes del lector con influencia no siempre van aparejados, o casi nunca, con la libertad de leer, sino con la guía y con la vía para leer ciertas cosas, ciertos libros con ciertas estéticas y con determinadas interpretaciones. Hoy seguimos leyendo a Quevedo, pero nos hemos olvidado de la vida de Quevedo y sus malicias, sus subordinaciones a monarcas y sus sujeciones a mecenas. Lo que quedó fue su obra, su gran obra. ¿Qué criminal más grande que François Villon? Un asesino, un crápula, un cabrón, que ni siquiera tiene lápida, porque un día de 1463 desapareció y no se supo más de él, no sin antes haber escrito, en 1461, Le testament. ¡Y qué gran poeta es Villon! Tontos seríamos si dejáramos de leerlo a causa de su historia personal, de su biografía criminal.

Alberto Manguel se siente en la obligación de advertir lo siguiente: “No todos los poderes del lector son positivos. El mismo acto que puede dar existencia a un texto, extraer sus revelaciones, multiplicar sus significados, reflejar en él el pasado, el presente y las posibilidades del futuro, puede también destruir o tratar de destruir la página viva. Todo lector inventa lecturas, que no es lo mismo que mentir; pero todo lector puede también mentir, subordinando caprichosamente un texto a una doctrina, a una ley arbitraria, a una ventaja personal, a la conveniencia de los dueños de esclavos o a la autoridad de los tiranos”.

Ahora que se ha puesto de moda en México, en consonancia con el poder político, el ataque a la “cultura elitista”, en aras de una “cultura popular”, es importante saber a qué nos referimos con estos conceptos. ¿Es elitista Kant?, ¿es elitista Stendhal?, ¿es elitista Voltaire?, ¿es elitista Proust? ¿es popular Shakespeare?, ¿es popular Hemingway?, ¿es popular Chandler?, ¿es popular Salinger? Hay muchos autores que fueron muy leídos ayer y a quienes hoy ya casi nadie lee. Ahí están los franceses André Maurois y George Bernanos, entre otros. Los escritores, en general, no son ni elitistas ni populares, tan sólo son famosos en un determinado momento, y luego pasan al olvido, a las enciclopedias, a los tratados de literatura, a las cátedras universitarias, que son otras formas del olvido cuando un escritor ya no tiene lectores. Los otros, los imperecederos, los que han atravesado los siglos sin sufrir un rasguño, o que se han acrecentado con el paso del tiempo, son genios, desde Homero hasta Rulfo, pasando por Dante, Cervantes, Shakespeare y todos los clásicos que nacen no una vez por semana, sino una vez por siglo o después de varias décadas.

De hecho, como dice Luis Cernuda, en las naciones donde la literatura, de ideas y de ficción, marca la moda es donde más pronto caducan los prestigios. En ese océano de libros y páginas, flotan los pocos imperecederos, y los demás, por cientos, por miles, por toneladas, se hunden. Por ello, ante una enorme biblioteca reflexiona: “Cuántos libros. Hileras de libros, galerías de libros, perspectivas de libros en este vasto cementerio del pensamiento, donde ya todo es igual, y que el pensamiento muera no importa. Porque también mueren los libros, aunque nadie parezca apercibirse del olor (quizá abunda por aquí literatura francesa, con sus modas que sólo contienen muerte) exhalado por tantos volúmenes corrompiéndose lentamente en sus nichos”.

Julio Ramón Ribeyro, lector de raza y escritor al que leemos con fervor quienes constituimos una minoría, por ejemplo, frente a su paisano Mario Vargas Llosa, mostraba su perplejidad ante el gusto y el disgusto de los lectores, ante las olas de las modas que al regresar sólo dejaban un poco de espuma por un momento nada más, antes de ser absorbida por la arena.

Intrigado se preguntaba: “¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean-Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma. Entrar a una librería es pavoroso y paralizante para cualquier escritor, es como la antesala del olvido: en sus nichos de madera, ya los libros se aprestan a dormir su sueño definitivo, muchas veces antes de haber vivido”.

Y con muy buena ironía se pregunta y responde: ¿Qué emperador chino fue el que destruyó el alfabeto y todas las huellas de la escritura? ¿No fue Eróstrato el que incendió la biblioteca de Alejandría? Quizás lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero”.

Por supuesto, ningún escritor querría estar entre los autores cuyos libros se destruirían para partir alegremente de cero. Todos prefieren (preferimos) estar en los anaqueles de la muerte por si un día, de veras, hay resurrección.

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