Apuntes de reportero: Ficcionario I

En el contexto actual, ¿cómo evitar que estudiantes y ciudadanos adopten la noción de que la corrupción dirige el orden de las cosas?

Los trabajadores de la cultura y de la educación son profesionales de la esperanza.

¿Qué provoca la acumulación del capital? Pobres, piensa Annie, tal cual, desposeídos, la dimensión de la dinámica mundial hace ahora que los países ‘pobres’, preparen especialistas para que vayan a trabajar a los países ‘ricos’; de esta forma, los países en desarrollo se convierten en fabricas de profesionistas para trabajar en el extranjero.

Por ello los reguladores internacionales de alto impacto se convierten en la vía a través de la cual, los países menos favorecidos forman personal capacitado de acuerdo con los estándares que los países desarrollados exigen. Vis à Vis, el cuadro está puesto. Por ejemplo, el 60 por ciento de los profesionistas de Jamaica terminan trabajando fuera de su país, decía Annie en la conferencia, tiernamente nerviosa, delicadamente precisa.

Lo publicado usualmente es la cuarta parte de lo dicho, pero a eso ya me había acostumbrado al redactar las notas para el periódico, a eso y a cosas como que el poder económico es lo que domina por el rancho y por la ciudad, “pero ese poder no es poder, poder el del mar, el del viento atrás de tu nuca acariciándote los nervios; el fuego que te envuelve sin quemarte. Esos son poderes, poderes que de pronto desintegran el mundo y nada, el hombre conoce la Nada. Lo publicado, lo publicado siempre es la punta del Icberg, de ese gran hielo donde medita nuestra alma desde hace millones de años”.

Aprendizajes contextualizados, “situados”, parece que a la escuela uno va a que lo hagan pensar, pero no, se asiste a recibir instrucciones de resignación porqué “así están las cosas”, “así es la vida”, “está en chino cambiar” o “con este gobierno nunca se puede”, los docentes más lúcidos que reconocen el marasmo intelectual, al no encontrar soluciones, si son sinceros dicen: “no sé qué pensar”.

“¿Por qué el sistema educativo da la espalda a la naturaleza?, ¿por qué no se enseñan matemáticas a los niños contando los árboles, las piedras, las flores, o que se cuenten ellos mismos entre sí, jugando?, ¿acaso el aire fresco, la belleza de los montes, el espacio enorme para jugar, el río para bañarse, acaso todo esto no tienen valor alguno?”, se pregunta en Cartas para Salomón, la investigadora polaca Irena Majchrzak.

Recuerdo el apunte que hace Octavio Paz, con respecto al desarrollo de las culturas originarias en nuestro país a través de Las enseñanzas de don Juan: “Las ideologías por las que matamos, y nos matan desde la Independencia, han durado poco; las creencias de don Juan –en cambio— han alimentado y enriquecido la sensibilidad y la imaginación de los indios desde hace varios miles de años”, y perduran a pesar del hambre y del frío; por eso Paz los nombraba: “el vencido indomable”.

Cómo sentirse orgulloso de lo propio si la historia de los pueblos originarios en América Latina, es la historia del despojo, del hurto, del saqueo. ¿Por qué decimos “mande” se pregunta un espectacular de la cervecería Corona? ¿Es real, Corona? ¿La corona que nos conquistó pregunta el origen del lexico sumiso al conquistado? Con su publicidad, subraya el evidente desprecio producto de una cultura que ignora deliberadamente el valor de lo Otro. Quizá sea hora de entender.

Un maestro de nivel universitario me dice, “es que los alumnos no tienen sentido histórico”, tal aberración en altas dosis puede llegar a ser desesperante, es comprensible y es la tendencia del avance de la sociedad que sacraliza lo nuevo, cada vez más novedoso, cada vez más auténtico. ¡Cool! Otra vez, cada momento más rápido; sin contemplar que el origen, la originalidad, tiene que ver con un temple arcano.

Vamos, los extremos se tocan, coinciden en la espiral, en el Oroboro, en el Ying— Yang —lo que es arriba es abajo— que se desarrolla en un tiempo cíclico, en el cual —si nos damos cuenta— nos desarrollamos. Es muy noche y llevo varios días sin dormir bien, aún así, trabajo riendo.

Trabajamos riéndonos recio de nosotros mismos que somos los que aprendemos del movimiento todo el tiempo. Trabajamos para hacer y ser de este mundo no sólo un participe del ensueño, sino un proveedor de entendimiento, de paz, de galaxia en el centro del ceño, de sonrisa, de luz entre los transeúntes que caminan alegres, pescándolas al vuelo.

Los trabajadores de la cultura y de la educación, a veces, más bien casi siempre, son profesionales de la esperanza. Aunque quien va a caminar alegre si nos gobierna la avaricia, la sed de lucro, la desproporción, la acumulación de desperdicio, porqué lo nuevo reclama basura, luego entonces todo es desechable, me sirve y lo tiro.

Si un alumno de secundaria, ve que el director anda de novio con la secretaria, vende calificaciones o las negocia de modo tal que los conocimientos del currículo no intervengan… vamos, al estudiante le quedará claro que la corrupción es quien dirige el orden de las cosas, por lo tanto, ese alumno contemplará desarrollar las habilidades para dirigirse en su vida de esa forma, de no tener claro esta, el abrigo de una familia con los recursos culturales suficientes para complementar su educación en casa.

Cada vez recuerdo más las palabras del exsecretario Alonso Lujambio quien en paz descansa, cuando decía que era fundamental enseñarles a las niñas y niños que principios como la legalidad, “no están cabalmente instaurados en nuestra sociedad”, por ello, “necesitamos a las nuevas generaciones como aliados del cambio”. Jóvenes llamados a proponer ideas para el porvenir, decía Alfonso Reyes.

En ese mismo evento donde Lujambio convocaba a los niños y jóvenes a transformar la realidad —hace 10 años— se celebraban el 90 aniversario de la fundación de la Secretaría de Educación Pública (SEP). En el Auditorio Nacional, Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz, humilde decía: la educación si sirve, es para dar luz a los demás, para ayudar al prójimo. Sea pues nuestro llamado nativo el que provoque la armonía del mundo, aunque suene ingenuo, onírico u ambicioso.

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