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Amenazas digitales a la democracia

La democracia es una tecnología política que sirve para gestionar procesos decisionales complejos, en la interpretación del filósofo Jason Brennan. Por ejemplo, la democracia (1) define los procedimientos para la elección de representantes públicos, (2) implica un constante control a través de las elecciones libres y periódicas, (3) protege la existencia de un espacio sociocultural plural, (4) requiere la pervivencia de métodos de diálogo y negociación pacíficos y razonables y (5) establece los temas de la agenda pública.

Algoritmos, inteligencia artifiial y otros recursos tecnológicos pueden contribuir a la desinformación masiva y erosionar la democracia

Las últimas tecnologías pueden servir para manipular los hechos.

La democracia es una tecnología política que sirve para gestionar procesos decisionales complejos, en la interpretación del filósofo Jason Brennan. Por ejemplo, la democracia (1) define los procedimientos para la elección de representantes públicos, (2) implica un constante control a través de las elecciones libres y periódicas, (3) protege la existencia de un espacio sociocultural plural, (4) requiere la pervivencia de métodos de diálogo y negociación pacíficos y razonables y (5) establece los temas de la agenda pública.

José “Pepe” Mujica, ex presidente de Uruguay, dijo: «La democracia no es perfecta, no puede serlo porque los humanos no somos perfectos, pero hasta ahora no hemos encontrado un sistema mejor» y advirtió que quienes vivimos en ese régimen debemos cuidarla. Por esto, la defensa de la democracia obedece más a una cuestión de principios que de pragmatismo.

Democracias bajo asedio
Los regímenes autoritarios y populistas han ganado terreno en todo el planeta, incluso en países que ostentaban tener democracias consolidadas. Debido a esta fuerte avanzada surge cada vez más la duda ¿nuestras democracias están en peligro? Muchos indicadores sugieren un rotundo sí, tal como lo plantean Levitsky y Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias.

Ellos plantean que actualmente, contrario a lo sucedido antes, las democracias ya no terminan con un bang (evento violento como una revolución o golpe de Estado) sino con un leve quejido. Los sistemas democráticos se desvanecen gradualmente con el debilitamiento de sus instituciones esenciales, la negación de la legitimidad de los opositores políticos y la erosión global de las normas políticas tradicionales.

Hay muchos factores que explican el crecimiento de los populismos y el consecuente debilitamiento de las democracias. Quizás uno de los más destacables es el crecimiento de la desigualdad. En un contexto de acrecentamiento de poder sin rendición de cuentas, no debería sorprendernos que tanta gente vea con sospecha la creciente concentración de la riqueza o sienta que los dados están cargados en su contra.

La sensación generalizada de que la democracia ha producido resultados injustos ha llevado a algunos a concluir que sistemas alternativos podrían producir mejores resultados. En esta tesitura de desconfianza, desilusión, pesimismo y sensación de impotencia se crea un terreno fértil para quienes ofrecen soluciones fáciles a problemas muy complejos. En ello, las modernas tecnologías de la información proveen herramientas que potencian el daño que pueden hacer los charlatanes, engañabobos y vendedores de panaceas.

Riesgos tecnológicos
En primer lugar es preciso señalar la emergencia de tecnologías de inteligencia artificial que pueden servir para manipular los hechos y acontecimientos políticos, generando sesgos perceptivos en los electores. Ejemplos de esta naturaleza pueden ser encontrados cotidianamente como titulares en los diarios de distintos puntos del globo. Se usan herramientas tecnológicas para falsificar llamadas telefónicas, fotos y en algunos casos videos. Derivado de esto, el riesgo más importante parece ser la posibilidad de que los actores políticos puedan recurrir a acciones ilegítimas para cargar los dados a su favor, mediante prácticas desleales y desinformativas que merman la calidad democrática de los procesos decisionales.

En segundo lugar se encuentra el fenómeno de la desinformación masiva que se puede generar a través de la creación de minas de bots en las redes sociales. Se trata de un fenómeno que ha adquirido mayor relevancia en los últimos años y que desvirtúa los procesos democráticos orgánicos. Mediante esta práctica se desvía la atención de los problemas fundamentales de una sociedad, orientando la agenda pública hacia temas que resultan más cómodos para aquellos que producen las campañas de desinformación. La democracia pierde entonces valor como un procedimiento plural en la construcción de la agenda pública.

En tercer lugar, los algoritmos sobre los cuáles se monta la administración de los datos en las redes sociales están elaborados de tal forma que favorecen la construcción de pequeñas islas ideológicas en las que los ciudadanos reciben estímulos que refuerzan sus creencias, debilitando la posibilidad de contrastarlas con hechos o evidencias. Este fenómeno favorece la radicalización de las fuerzas políticas, puesto que existe la tendencia latente a articular conjuntos de creencias compatibles dentro del marco de un discurso político determinado y a discriminar cualquier dato que lo contradiga.

La democracia se ve erosionada en sus raíces porque el diálogo razonable no se puede llevar a cabo en un entorno de polarización.

Finalmente, los algoritmos informáticos pueden ayudar a segmentar al electorado, de manera que puedan capitalizar con mayor efectividad su publicidad dirigida. Esto significa que, montados en los fenómenos de islas ideológicas, manipulación de hechos y sesgos perceptivos, y en la desinformación masiva, los electores también pueden ser bombardeados por mensajes emocionales que usen sus debilidades (miedos y esperanzas) para cargar los dados en favor de uno u otro candidato, de uno u otro proyecto de nación.

Dadas las condiciones expuestas anteriormente, parece imprescindible tomarnos en serio los nuevos riesgos, para poder diseñar instrumentos que potencien la pervivencia de espacios plurales constructivos y que limiten las prácticas que podrían erosionar la vida democrática. Si no son apropiadamente controlados, los gigantes tecnológicos dominarán no sólo el discurso público, sino también el futuro de nuestros valores fundamentales y las instituciones democráticas; en este sentido, han sido aún magros algunos controles de carácter económico y regulatorio.

Existen también propuestas de carácter sociotécnico orientadas a que los sistemas de inteligencia artificial –componentes claves en los riesgos tecnológicos expuestos– estén alineados con los valores democráticos basados en los derechos humanos.

En cualquier caso, es indudable que estamos en modo reactivo tratando de contener los riesgos que amenazan a nuestras frágiles instituciones democráticas. Pareciera una labor sisífica, pues los cambios tecnológicos avanzan a un ritmo más acelerado que los sociales. Cuando apenas estamos estableciendo los instrumentos necesarios para controlar una amenaza, surge una nueva tecnología que conlleva nuevas amenazas.

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Antonio García Macías
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