Durante años hemos repetido, casi como un mantra, que el mundo se rige por un orden internacional basado en reglas. Lo repetimos incluso cuando sabíamos que no era del todo cierto. Lo hicimos porque la ficción funcionaba: ofrecía estabilidad, previsibilidad y la ilusión de que el poder tenía límites. Hoy, esa ficción se ha roto.
No estamos ante una transición ordenada ni ante un reajuste temporal. Estamos, como señaló recientemente Mark Carney, en Davos 2026, frente a una ruptura. Un mundo en el que las grandes potencias ya no sienten la necesidad de disimular, donde la fuerza se ejerce sin pudor y donde el discurso público se vuelve caprichoso, agresivo y, con frecuencia, profundamente irresponsable.
En este contexto, el sentido común, —ese que prioriza la cooperación, la dignidad humana, la educación, la ciencia, la cultura y el bien común— se ha vuelto, paradójicamente, poco común.
Carney retomó una idea poderosa del disidente checo Václav Havel: vivir dentro de la mentira. Sistemas enteros, explicaba Havel, no se sostienen solo por la violencia, sino por la participación cotidiana de personas que saben que algo es falso, pero actúan como si fuera verdad para evitar problemas. El verdulero que coloca un cartel que no cree. El país que invoca reglas que ya no lo protegen. La institución que repite principios que no defiende.
Durante décadas, muchos Estados, —especialmente las potencias intermedias— colocaron ese cartel en la ventana. Participaron en rituales diplomáticos, elogiaron normas que se aplicaban de forma desigual y evitaron señalar la brecha entre la retórica y la realidad. Ese acuerdo tácito ya no funciona.
Hoy vemos invasiones justificadas por caprichos presidenciales, amenazas abiertas de guerra, el uso del comercio, la migración o las finanzas como armas, y políticas internas que normalizan el miedo, la persecución y el racismo. Desde Europa del Este hasta América del Norte, el poder duro ha regresado sin complejos, acompañado de discursos que deshumanizan y simplifican la realidad hasta volverla peligrosa.
El problema no es solo geopolítico. Es moral, institucional y cultural.
Cuando los gobiernos prefieren administrar dependencias en lugar de construir capacidades; cuando se sustituyen políticas públicas de largo plazo por dádivas coyunturales; cuando la educación, la ciencia, las artes y la cultura se relegan frente al control político inmediato, lo que se erosiona no es solo la economía, sino la posibilidad misma de una sociedad libre y responsable.
Por eso resulta relevante que una voz como la de Carney —no la de un académico aislado ni la de un activista marginal, sino la de un jefe de gobierno— se atreva a decir lo evidente: el viejo orden no volverá, y la nostalgia no es una estrategia. La respuesta no puede ser levantar muros más altos ni competir por ser el aliado más complaciente del poder hegemónico de turno. Eso no es soberanía; es subordinación aceptada.
El verdadero sentido común hoy pasa por nombrar la realidad, actuar con coherencia y construir fuerza interna: sociedades educadas, economías resilientes, instituciones creíbles, ciudadanos libres y críticos. Pasa por entender que la cooperación no nace de la ingenuidad, sino de la capacidad de sostener principios sin quedar paralizados por el miedo.
Esta columna nace desde ahí. Un-common Sense no busca idealizar un pasado que nunca fue perfecto ni ofrecer soluciones simples a problemas complejos. Busca, más bien, poner en evidencia aquello que debería ser obvio y ya no lo es: que las democracias se defienden con educación y libertad, no con propaganda; que el bienestar duradero se construye con herramientas, no con dependencia; y que el poder, sin límites éticos, termina siempre volviéndose contra las sociedades que dice proteger.
Tal vez el sentido común ya no sea común. Pero sigue siendo necesario. Y, sobre todo, sigue siendo una forma de resistencia.

Vanessa Medina Armienta
Especialista en regulación, educación superior e inteligencia artificial, con más de 25 años de experiencia en el sector público federal mexicano — SHCP, CNBV, SRE y Cámara de Diputados, entre otras instituciones. Es Directora de Campus Consulting, donde acompaña a universidades mexicanas en el diseño e implementación de políticas institucionales de IA responsable. Licenciada en Relaciones Internacionales por la UNAM, Maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad de Nottingham, Reino Unido (Beca Chevening) y Maestra en Consultoría Organizacional y de Negocios por ICE México.
Columna Campus: Un-Common Sense
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