Analizado y discutido desde diferentes disciplinas y filosofías durante siglos, el transcurrir del reloj no podría existir sin cambio y movimiento
Algunas de las extravagancias del New Age, las encontramos nítidas en afirmaciones como “el tiempo no existe”. Quienes llegan a reflexionar tal aseveración como verdadera, no se dan cuenta que, si no existiera el tiempo, no podrían hablar, no podrían pensar, no tendrían idioma, ni lenguaje; herencia milenaria de nuestra civilización: de nuestra familia humana.
El mundo es un todo fragmentado, como la vida; aún más, son un proceso. Ese proceso requiere movimiento, como lo requiere el alfabeto; a, b, c…, da igual con el orden numérico 1, 2, 3… son una secuencia. La expresión “esta palabra” es una secuencia: primero la “e”, después la “s”, etc., esa secuencia requiere movimiento, ese movimiento, lo permite el tiempo.
Tiempo, aquí lo entendemos como una estructura que es en sí misma y a la vez una con el Espacio, el Akasha, del que hablan los brahmanes. El Tiempo, no sabe de media hora, ni de que son cuarto para las cinco. El tiempo permite el movimiento, pero es totalmente libre de este. Como dijera Plotino -quien por cierto nos ha traído por estos menesteres-: “Una cosa es el tiempo, otra, determinada cantidad de él”.
El Todo y su reposo
Tiempo eterno. Eternidad es otra forma de entender el tiempo como estructura. Al reflexionar sobre ello, Plotino, en su tercera Enéada, manifiesta sus consideraciones con respecto a lo que llama lo “esencial” de la eternidad. A saber, encontramos que estas cualidades esenciales son tres: reposa, es inmutable y es una; es una Unidad Inmóvil e Inmutable. La eternidad permanece en su inmovilidad perenne realizada en sí misma.
Aún estamos a tiempo de volver al tiempo. Eratóstenes, quien dilucidó la redondez de la Tierra, consideraba que, “el tiempo es el curso del sol”. El hedonista Epicuro, en cambio, decía que “el tiempo es un accidente, es decir, una consecuencia del movimiento”.
Pero como decíamos líneas arriba, nosotros lo consideramos al revés, de este modo, siguiendo a Epicuro, pero en sentido contrario: el movimiento es un accidente, pues es consecuencia del tiempo. Todo es cuestión de percepción y perspectiva.
Aunque las cosas son lo que son y no lo que nos parecen ser. Si la frase anterior fuera absolutamente cierta, la humanidad se encontraría incapacitada para adquirir cualquier tipo de conocimiento, pues nos encontraríamos recluidos en el reino del parecer, al mismo tiempo que, estaríamos excluidos del reino del Ser. Todo, sería una ilusión.
Hay múltiples formas de ver y experimentar la vida en este mundo, tantas como especies de fauna y flora puede haber, la nuestra, la de la humanidad, es tan sólo una de ellas.
Los Estoicos consideran que “el movimiento es la esencia del tiempo”, un tiempo sin padre ni madre, un tiempo, no engendrado; es decir que, se concibió a sí mismo. Zenón, pensaba que el tiempo es la medida de la rapidez y la lentitud, mientras que Pitágoras aseguraba que el tiempo es “la esfera celeste”.
Es curioso, pero en medio de la elaboración de esta entrega, tembló en la Ciudad de México, entonces es inevitable considerar que, sin tiempo, los movimientos sísmicos tampoco serían posibles, y pensar en el “Ollin” (movimiento) nahua, como en la profecía del Quinto Sol; el Tepeyollotl y el rugido del jaguar.
No se ve, pero sin él, nada se mueve. Aristóteles también consideraba el tiempo como una medida, entre el movimiento relacionado con lo anterior y lo posterior. Sólo recordemos que, las “medidas” son herramientas del pensamiento humano que, nada tiene que ver con la cosa en sí.
En fin, ahora que en los próximos días se conmemorará el Día Internacional del Libro, recordamos las Eneádas de Plotinio, editadas hace cien años, como parte de los 18 tomos de los “Clásicos verdes”.
Los libros —como expresamos en la entrega anterior sobre Rabindranath Tagore también pueden ser la “Sadhana” que nos permita extender nuestra conciencia hacia esferas más vastas y altas.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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