Reforma en la UNAM/ I: pasado y futuro
Reforma en la UNAM/ II: lecciones del pasado
Reforma en la UNAM/ III: el rector Barros Sierra
Reforma en la UNAM/ IV: el rector Carpizo
Reforma en la UNAM/ V: Protesta y Gobernabilidad
A 115 años de su fundación, la Universidad Nacional pone en marcha su enésimo proyecto de reforma. Como se describió en los cinco capítulos anteriores, esos procesos casi nunca han sido fáciles o sencillos, y como lo decía Roger Díaz de Cossío, ese gran universitario: “Nuestras actuales universidades son los organismos más difíciles de cambiar”. Como ironía, el banderazo oficial de dicho proceso se dio, precisamente, en el Auditorio Jorge Carpizo, recordado rector cuya gestión estuvo condicionada severamente por su proyecto de reforma, tal como se expuso en este espacio (partes IV y V).
En ese recinto, el miércoles de la semana pasada, el rector, Leonardo Lomelí, puso en marcha los trabajos correspondientes a una nueva reforma, con la celebración del foro titulado Reforma y futuro de la UNAM. Su discurso, claro y definido, constituye una pieza importante para encauzar todo el proceso. Lo primero, porque describió las características que debería tener la reforma; lo segundo, al señalar las metas u objetivos últimos que debe alcanzar aquella.
Así, y como lo expresó el doctor Lomelí, la reforma debe contar con los siguientes rasgos: “inclusiva, porque convoca a todas las voces; democrática, porque se apoya en nuestros cuerpos colegiados; diversa, porque reconoce la multiplicidad de enfoques y de disciplinas; gradual, porque requiere diseñarse por etapas; y prospectiva, porque conlleva pensar a la Universidad en el mediano y largo plazo”. Además, por lo que corresponde a su objetivo último, y como el rector lo enuncia, (Gaceta universitaria, 19 de marzo), la reforma sólo tendría sentido si: a) robustece la vida colegiada; b) contribuye a un mejoramiento en todos los sentidos en la situación de los principales actores de la institución: estudiantes, personal académico y administrativo; c) fortalece “una cultura de respeto, integridad, solidaridad y paz”.
Objetivos ambiciosos, sin duda, particularmente desde la vigencia de la Ley Orgánica de 1945. Salvo los cambios impulsados por los rectores Carrillo Flores, Barros Sierra, González Casanova y Sarukhán (después de la conclusión del Congreso Universitario, en junio de 1990), las restantes administraciones tuvieron efectos de desasosiego en la gobernabilidad institucional. Buena parte de las tensiones producidas por esos procesos se sitúa en los polos que han determinado la trayectoria de la máxima casa de estudios: desde el año uno, 1910, con su fundación, o en 1920 con la designación de José Vasconcelos. En el primer momento, Justo Sierra le asignó a la naciente institución el carácter de una universidad liberal, que profesa los valores de la ciencia y en donde el contexto social es el telón de fondo de su acción educativa. De acuerdo con ello, sería “un centro tendiente a ahondar en todos los ámbitos de la ciencia, capaz de mirar a lo alto, con el telescopio, o a lo bajo con el microscopio… pero sin querer abstraerse fuera del mundo circundante, sin querer dar la espalda al mundo fluyente de la vida diaria” (Síntesis histórica de la Universidad de México, UNAM, 1978).
En el segundo momento, el rector Vasconcelos, sin desdeñar el propósito de Sierra, le trazó un itinerario primordial, acorde con un contexto influido por la Revolución y el primer gobierno nacional estable. La Universidad estaría al servicio de las “realidades sociales” y no del “saber abstracto”, de tal modo “que no se convierta en una torre de marfil… y que sus maestros pongan su ciencia al servicio de los ideales de los mejoramientos populares”. Pareciera que, no obstante, el tiempo transcurrido y las grandes transformaciones que ha tenido México, la universidad –con distintas modalidades– se sigue debatiendo en esos extremos.
Díganlo si no las propias ideas y mensajes que se dieron en el foro de ese miércoles. Los mismos títulos de cada una de las siete mesas (en que fueron presentadas 46 ponencias) que conformaron el extenso programa de ese día así lo confirman. Observando varias de las intervenciones ahí presentadas, aquí se destacan algunas de ellas:
El coordinador de todo el proceso, Hugo Casanova, afirmó que se trata de “una reforma integral, académica, inclusiva, transparente y con un esquema flexible, adaptativo, de cara al futuro”. Para ello, se parte de un diagnóstico que permita reconocer las problemáticas internas con la finalidad de corregirlas (La Jornada, 18 de marzo).
La secretaria de desarrollo institucional, Tamara Martínez, llamó a construir “un nuevo pacto universitario”. Este se definiría por valores que, si bien han estado enunciados en la normatividad institucional, principalmente en la Ley Orgánica, resulta indispensable “afianzar”, tal como se destacó en el discurso del rector. Entre esos valores están: justicia social, democracia, sostenibilidad, igualdad sustantiva, inclusión de expresiones de la juventud, vinculación, participación y cohesión en la comunidad universitaria.
Ambrosio Velazco, ex director de la Facultad de Filosofía y Letras, opinó que la reforma más importante de la UNAM tiene que ver con la Ley Orgánica de 1945, “como un primer paso”. En función de ello, elementos importantes para la democratización institucional son: la gobernanza participativa, el conocimiento público, precisión y equidad de la normatividad institucional, así como la descentralización de las decisiones académicas.
Imanol Ordorika, antiguo responsable de la planeación universitaria de la institución y uno de los líderes más destacados en la oposición a la reforma Carpizo, resaltó lo siguiente: a) la reforma sólo será posible con “un debate desde abajo, fuerte, (e) incluyente”; b) criticó lo que llamó “una enorme tranquilidad y complacencia” en buena parte de las ponencias presentadas en el Foro; c) llamó a una transformación en la Junta de Gobierno para que se convierta “en un colegio que realice consultas ponderadas a la comunidad para elegir rector y directores”; d) a lo anterior agrega una advertencia: o cambiamos la UNAM desde dentro o lo que ocurrirá es que uno de los conflictos (por los que se han o estén pasando) se incendiará, porque las condiciones están muy difíciles”.
Manuel Gil, ameritado profesor en el Colegio de México, hizo varias observaciones críticas, desusadamente para un evento como este, pero, dentro del rasgo deseable de la diversidad (“reconocer la multiplicidad de enfoques”) enunciado por el rector. Entre las principales: a) el bajo impacto social del quehacer universitario, ya que “se le escucha poco (a la Universidad), muy poco en la discusión sobre el país… (y) el mundo”; b) la causa de ello es que está “muy entretenida escribiendo papers…(o) que se autoelogia mucho”; c) enfatizando la importancia que debe dársele al diagnóstico en este proceso, afirma: “si la Universidad Nacional quiere reformarse, debe hacer un saldo de sus malestares, no de sus excelencias” (E. López, “No hay reforma posible a la Universidad Nacional desde la vanidad”, /i>La Crónica, marzo 20).
Comentarios
La mención de Manuel Gil sobre “el bajo impacto social de la UNAM” es desafortunada. A mi juicio, su comentario mezcla la influencia y aplicaciones prácticas que, potencialmente, pueda tener el quehacer universitario en cualquiera de sus funciones (docencia, investigación y cultura) con la actividad misma. Entre algunos de los muchos ejemplos que vendrían al caso, estaría la aportación histórica del Instituto de Ingeniería en las grandes obras de infraestructura del país. O, algo más cercano a mi propio quehacer: las propuestas y estudios elaborados por el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo; o la importante obra del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE), en torno al diagnóstico y propuestas para la propia UNAM, así como para todo el Sistema Educativo Nacional.
¿El proceso de la actual reforma será un camino sinuoso o despejado? En el trayecto de los 115 años de vida institucional, pareciera que la respuesta está en el primer término, especialmente si sólo se toma en cuenta el espacio de 1945 a la fecha. Aunque los diagnósticos suelen ser discutibles, las propuestas de ahí derivadas (como sucedió en la reforma Carpizo) son las que lesionan, por reacción, la gobernabilidad institucional. Avanzar con “pies de plomo” en el proceso ayuda, pero se corre el riesgo de lo inocuo. La “gradualidad” mencionada por el rector es esencial, siempre y cuando esto lleve a transitar con “pasos firmes” que permitan alcanzar el objetivo propuesto.
Lo ya dado a conocer en el Foro (textos y videos) permite enterarse de la calidad de contenidos, tanto de la sesión inaugural como de las 46 ponencias. Una publicación del conjunto sería muy útil para avanzar con un mayor conocimiento de causa en todo el proceso.

Carlos Pallán
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
- Carlos Pallán
- Carlos Pallán
- Carlos Pallán
- Carlos Pallán


