En 1986, en el marco de la conmemoración del sexto centenario de la Universidad de Heidelberg, el ayuntamiento organizó, entre otras actividades, un ciclo de conferencias centrado en “La idea de la Universidad”, que se impartió, en distintas fechas, en el Teatro Orquesta de la ciudad. En este participaron distinguidos científicos y filósofos alemanes, entre ellos Hans Georg Gadamer, con el tema “La idea de la Universidad. Ayer hoy y mañana” y Jürgen Habermas, quien presentó “La idea de la Universidad. Procesos de aprendizaje”. El nombre del ciclo remitía a la célebre obra de Karl Jaspers, filósofo existencialista de Heidelberg, originalmente publicada en 1923 y con ediciones revisadas y ampliadas en 1946 y 1961.
Un año después, la editorial Springer-Verlag publicó, en alemán, dichas conferencias. Las de Gadamer y Habermas han merecido reediciones en varios idiomas. En particular, la del filósofo de Frankfurt fue oportunamente traducida al español por Francisco Galván Díaz y publicada en la revista Sociológica de la Universidad Autónoma Metropolitana (vol. 2, núm. 5, págs. 25-46).
A lo largo de su presentación, Habermas analiza y discute la vigencia de las ideas de Humboldt, Jaspers, Schleirmacher y Schelling, quienes, en distintos momentos, abogaron por un tipo de universidad que, articulando en su organización las funciones de investigación y docencia, en un entorno de autonomía y libertades académicas, cumpliera la tarea de irradiar a la sociedad los valores del conocimiento fundado en la verdad científica y el rigor epistemológico.
Habermas cuestiona la argumentación de Jaspers según la cual la universidad debe encarnar el espíritu de la ciencia a partir del interés común de sus practicantes, lo que califica de una aproximación idealista. Pregunta: “¿Qué acaso Jaspers no pudo aprehender de Max Weber que la realidad formada organizacionalmente, en la que se sedimentan los sistemas parciales —especificados funcionalmente— de una sociedad altamente diferenciada, no se basa sino en otras premisas? La capacidad funcional de tales empresas e instituciones depende justamente del desacoplamiento de los motivos de sus miembros respecto de las funciones y fines de la organización. Las organizaciones ya no cristalizan ninguna idea”.
En el mismo sentido cuestiona los argumentos de Humboldt y Schleirmacher cuando defienden los principios de autonomía y libertad académica como esenciales para la vida universitaria. Al respecto Habermas cuestiona: ¿por qué en el interés mismo del Estado radica garantizar a la universidad la forma excepcional de una libertad ilimitada hacia adentro? Por ello se recomienda un Estado cultural según las consecuencias benéficas que debería tener la fuerza totalizante profundamente unitaria de la ciencia institucionalizada como investigación”.
En contraposición Habermas propone revisar, en perspectiva histórica, cuáles son las dinámicas materiales que han dado forma a las universidades realmente existentes y de cuáles elementos de la idea de universidad es importante reforzar en vista de su valor social y cultural. “Yo me he vuelto abogado —abunda— de una crítica científica materialista, que debe explicar los entrecruzamientos de los metódicos de los supuestos globales de trasfondo y las correlaciones de las valoraciones objetivas (…) con la esperanza de que pudieran hacer transparentes —por sí mismos— los nexos de los procesos de investigación con el mundo de vida. Y por cierto, no solamente los nexos con los procesos de valorización de informaciones científicas, sino sobre todo aquellos que enlazan las cultura con la totalidad, a los procesos generales de socialización, a la continuación de las tradiciones, a la ilustración de la esfera política de lo público”.
A partir de la segunda posguerra, la universidad ha sido presionada, a su juicio, por diversas dinámicas e intereses. El interés del mercado sobre la formación de profesionales y sobre la aplicabilidad de la investigación científica; el interés de los gobiernos por orientar las tareas universitarias en consonancia con las políticas públicas; el propio interés de los estudiantes de cursar estudios superiores con fines de ocupación, movilidad y prestigio, y desde luego los intereses de las comunidades académicas de llevar a cabo las tareas y los proyectos correspondientes a sus diversos campos disciplinarios.
La continua especialización de las áreas de investigación, así como las presiones del mercado y del Estado son, a juicio del autor, condiciones de contexto que desaconsejan insistir en una idea de universidad fundada en criterios de verdad y legitimidad generales y unitarios. Pero, reflexiona: “Si la ciencia ya no sirve como ancla ideal hoy en día, porque la pluralidad de disciplinas ya no posee una fuerza totalizadora —ya sea la de una ciencia filosófica fundamental de alcance universal o simplemente una forma de reflexión sobre la crítica material de la ciencia, originada en las propias disciplinas—, ¿cuál será entonces el fundamento de una conciencia adecuada e integradora de esta corporación?”
La respuesta que ofrece Habermas, que por cierto coincide con las conclusiones aportadas por Gadamer, radica en valorar los procesos de comunicación que ocurren en las comunidades universitarias, los que califica como “aprendizajes”, ya que estos “no solo mantienen su interacción con la economía y la administración, sino que también permanecen estrechamente vinculados a las funciones reproductivas del mundo de la vida, contribuyen a la formación intelectual crítica y (sostienen) a una continuidad hermenéutica de las tradiciones, y con las teorías de la ciencia, la moral, el arte y la literatura, a la formación de una conciencia propia de las ciencias dentro del contexto general de la cultura.

Roberto Rodríguez Gómez
- Roberto Rodríguez Gómez
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