La “imposibilidad real” de heredar la tierra es uno de los factores que agravan las condiciones de desigualdad de las mujeres del medio rural, pese a que este derecho se encuentra estipulado en el artículo 80 de la Ley Agraria mexicana, sostuvo la doctora Karla Alejandra Montes Ramírez, investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
La también doctora en Ciencias Antropológicas por la Unidad Iztapalapa señaló que la posibilidad de que las mujeres campesinas accedan a su derecho de poseer legalmente la tierra “depende de que el cónyuge o concubino decida otorgarlo”, circunstancia que les deja en total desprotección, aun cuando la ley establece que la esposa o concubina del ejidatario tiene prioridad para heredar los derechos sobre la parcela.
Entrevistada sobre las condiciones de vida de las mujeres de zonas agrícolas, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, expuso que en un contexto caracterizado por altas tasas migratorias de varones en edad productiva, las mujeres se encargan de producir alimentos y cuidar a los hijos y el territorio; sin embargo, la mayoría no cuenta con el reconocimiento como ejidatarias o comuneras, lo que genera su exclusión de espacios de decisión como las asambleas y de programas gubernamentales orientados a la producción agrícola.
Cuando los hombres migran, abundó, las jornadas de trabajo de las mujeres del campo se intensifican, porque además de cuidar a la familia y producir alimentos, deben preservar y trabajar las parcelas, y en el caso de comunidades indígenas, atender cargos políticos comunitarios en ausencia de sus esposos, lo que implica que “no sean reconocidas como ciudadanas, sino como suplentes del marido”.
“Resulta fundamental el reconocimiento del derecho de las mujeres del medio agrícola a poseer la tierra sin importar su condición civil”, apuntó la académica cuyas líneas de investigación incluyen política pública y economía campesina, sociedades rurales y organización territorial.
Expuso que, a diferencia de las citadinas, las campesinas enfrentan condiciones de mayor precariedad, porque los ingresos que perciben por actividades agrícolas o no agrícolas son más bajos.
Otra diferencia importante se relaciona con el acceso a la educación, pues en el campo ellas tienen menos posibilidades de alcanzar niveles superiores de formación, lo que ocasiona una limitación de oportunidades, declaró.
Señaló que las desigualdades en ambos contextos sociales se manifiestan de forma distinta: en las ciudades “predomina la individualidad y la competencia”; en cambio, en el medio agrario, si bien existe estratificación social, las comunidades pueden organizarse en colectivo frente a despojos de parcelas o amenazas contra su región. Además, los lazos de parentesco facilitan la formulación de proyectos políticos.
Subrayó que la gran mayoría de las mujeres no han sido reconocidas como poseedoras o propietarias de la tierra, situación que genera desigualdades estructurales y afecta el desarrollo de proyectos comunitarios.
En algunas localidades, sin embargo, la migración ha propiciado su reconocimiento (solteras, viudas, divorciadas y madres solteras) como ciudadanas con derecho a voto en asamblea, lo que ha permitido la continuidad de los pueblos y de sus proyectos políticos.
Por su parte, la doctora Karina Ochoa Muñoz, investigadora del Departamento de Sociología de la Unidad Azcapotzalco, cuyas líneas de investigación incluyen feminismos decoloniales y nuevas realidades rurales, señaló que en el debate de la decolonialidad, diversas pensadoras plantean el concepto de “cuerpo-territorio” para indicar que la defensa de los espacios frente a actividades como la minería y el extractivismo, “también implica la defensa de los cuerpos de las mujeres”.
Explicó que estas discusiones han adquirido nuevas dimensiones vinculadas con la práctica política de las comunidades indígenas y pueblos campesinos, porque “hay un asedio que se ha recrudecido contra los suelos de estas comunidades”.
De igual forma, añadió que en la actualidad se desarrolla una reflexión profunda en torno del cuidado de las redes de la vida, no desde una lógica individual propia del pensamiento moderno occidental, sino desde una perspectiva que incluye el cuidado del río, de la tierra y de los vínculos que sostienen la reproducción de la vida.
Advirtió que en este planteamiento existe “una potencialidad frente a un escenario mundial marcado por crisis ecológicas, políticas y éticas, que evidencia los límites del proyecto moderno colonial”.
Señaló que el medio campesino “está siendo fundamental en la defensa de la vida y de los espacios comunitarios”, pero “creo que no le estamos dando la atención necesaria” a los procesos organizados que tienen lugar, tanto en los ámbitos indígena, campesino y de género”.
En estos ámbitos, concluyó, se desarrollan procesos que buscan mantener las redes de reproducción de la vida y que pueden construir referentes para imaginar otros horizontes sociales posibles.







