Cuando Alexander Skarsgård pone ojo un proyecto, es absolutamente necesario prestar atención. Se trata de uno de los actores más emocionantes y atrevidos del medio, con una inclinación hacia papeles complejos y audaces. Con Pasajero (Pillion), hace lo que nos tiene acostumbrado últimamente: a salirse del molde de lo que se espera de una estrella como él.
En Pasajero, de Harry Lighton, Skarsgård irrumpe en escena. Vemos una pintoresca secuencia donde el tímido Collin (Harry Melling) está cantando villancicos en un pub de Inglaterra, mientras sus padres lo ven orgullosos. Pero no están ahí solamente para ver su talento, sino para presentarle una cita.
Colin, que todavía vive con sus padres, no tiene pareja y tampoco parece estar muy interesado pese a la aceptación de su familia a su inclinación sexual. Es entonces que aparece Ray (Skarsgård), un motociclista musculoso y magnético que atrae la atención de cualquier cuarto. Incluida la de Colin, quien se sorprende cuando el visitante se le acerca.
Lo que comienza como un encuentro sexual navideño entre ambos, se convierte en una obsesión. Colin anhela su atención, aunque sea a medias. Vive desesperado entre los momentos en que se ven y, cuando Ray pide su presencia, es sólo bajo ciertas condiciones. Ray requiere del bondadoso y servil Colin que limpie, cocine, compre lo que necesite mientras satisface sus deseos sexuales y, claro, duerme en el piso cuando su presencia es requerida.
Pronto, Colin adapta toda su personalidad a esta nueva relación, si es que se le puede llamar así. Ray le presenta a su grupo de amigos motociclistas que tienen relaciones similares y comparten incontables viajes juntos. Pero Colin recibe poco de Ray. No sabe nada de él y sus padres se lo hacen notar. Entienden que no hay una relación de paridad entre ellos y que su hijo vive para lo que necesita Ray.
Pero así le gusta a Colin: se siente necesitado, especial, visto. Más de uno la hablan de la belleza de Ray y la suerte que tiene al haber sido escogido. Y Colin se sabe afortunado.
Es hasta que la vida comienza a interponerse y las necesidades de afecto cambian, que la dinámica comienza a flaquear. Y Colin comienza a jugar con los límites de la relación entre ambos.
Pese a explícitos momentos sexuales entre ambos, Lighton no los usa con ligereza, sino que afianza en ellos la cercanía que comienza a surgir y el control entre ambos comienza a romperse. Colin no sabe dónde inicia y termina el juego y, tras una pérdida familiar dolorosa, requiere de algo más. Y quizás Ray no esté dispuesto a dárselo.
Es precisamente esa dualidad entre Melling y Skarsgård lo que hace que Pasajero funcione. Lighton orquesta con precisión los grandes momentos de ternura seguidos de crueldad, un vaivén que nos mantiene constantemente cuestionando si Colin encontrará lo que busca —o si siquiera sabe lo que es. Melling carga la película entera con una vulnerabilidad que duele, y Skarsgård le responde con una ambigüedad que nunca termina de resolverse, lo que resulta, en sí mismo, una forma de respuesta.
Pese a la dureza de lo que muestra, Lighton encuentra algo de esperanza en la historia de Colin: en su obstinada búsqueda de conexión, en su negativa a rendirse ante alguien que no siempre se lo merece. El director parece creer en el futuro de este hombre, y esa creencia —tenue, casi frágil— es lo que le da a la película su latido final.

Salvador Medina
Director Editorial Guionista, director y productor con más de 15 años en la industria audiovisual. Productor de Campus TV (Milenio Televisión) por más de una década. Maestría en Guionismo (UCLA). Especialista en storytelling educativo y contenido de alto impacto.
Columna Campus: El Hablador
- Salvador Medina
- Salvador Medina
- Salvador Medina
- Salvador Medina