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Neurociencia para vivir mejor: La agresión, un placer humano en el contexto adecuado

Imagina estar frente al televisor, con un tazón de palomitas en las manos, viendo la transmisión de una pelea de boxeo internacional. Un compatriota tuyo se enfrenta a un extranjero en una arena abarrotada de gente. La tensión está al límite mientras ambos pugilistas llegan al décimo asalto, mostrando claros signos de agotamiento, pero sin ceder ni un centímetro. De pronto, tu compatriota lanza un gancho de derecha perfecto, directo a la mandíbula del oponente. El golpe es brutal y el otro boxeador cae al suelo. La arena explota en un grito ensordecedor. Tú también sientes una oleada de emoción, una euforia electrizante. ¡Tu boxeador favorito ha ganado y saltas de gusto!

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Todos podemos caer en la agresión alguna vez, y este comportamiento ha sido esencial para nuestra evolución

Comprender los mecanismos de la agresividad nos ayuda a entender nuestra naturaleza humana.

Imagina estar frente al televisor, con un tazón de palomitas en las manos, viendo la transmisión de una pelea de boxeo internacional. Un compatriota tuyo se enfrenta a un extranjero en una arena abarrotada de gente. La tensión está al límite mientras ambos pugilistas llegan al décimo asalto, mostrando claros signos de agotamiento, pero sin ceder ni un centímetro. De pronto, tu compatriota lanza un gancho de derecha perfecto, directo a la mandíbula del oponente. El golpe es brutal y el otro boxeador cae al suelo. La arena explota en un grito ensordecedor. Tú también sientes una oleada de emoción, una euforia electrizante. ¡Tu boxeador favorito ha ganado y saltas de gusto!

Pero, detengámonos un momento. ¿Acaso eso significa que la agresión genera placer? Si es así, no eres el único. Como menciona Robert Sapolsky en su libro “Compórtate”, aunque socialmente afirmamos rechazar la agresión, en realidad esta nos atrae y nos causa placer en ciertos contextos. Lo que rechazamos no es la agresión en sí, sino su expresión en situaciones que percibimos como injustas o incorrectas. Imagina que ese mismo gancho de derecha, en lugar de ser parte de un combate de boxeo, ocurriera en un supermercado, dirigido a una mujer. La reacción sería de repudio absoluto. El contexto, entonces, es clave para que nuestro cerebro procese la agresión como algo reforzador o como algo aversivo.

La agresión es parte intrínseca de nuestra naturaleza y se define como aquellas conductas destinadas a infligir daño o generar incomodidad en otro. Todos hemos sido agresivos alguna vez, y en general, la agresión ha sido esencial para nuestra evolución. Nos ha permitido cazar y alejar a otros con el propósito de proteger recursos vitales como territorio, alimento, pareja o familia. Curiosamente, los humanos tenemos una peculiaridad: nuestra capacidad cognitiva nos lleva a defender agresivamente algunos conceptos abstractos como el honor, la justicia o el poder.

Es importante señalar que la agresión tiende a activarse con mayor facilidad hacia quienes percibimos como «los otros» y a inhibirse hacia quienes consideramos «los nuestros». La capacidad de distinguir entre unos y otros depende principalmente de nuestros mecanismos de aprendizaje y memoria, pero la genética juega un papel importante en nuestra reactividad agresiva. Esto quedó demostrado en estudios como los de Dmitri Belyaev, quien, tras más de 40 años de crianza selectiva de zorros árticos con menos agresión reactiva, identificó cientos de diferencias genéticas significativas entre los zorros salvajes y aquellos criados en granjas para ser más dóciles. Estos hallazgos respaldan la idea de que ciertos genes desempeñan un papel clave en los umbrales de reactividad agresiva.

También debemos diferenciar entre agresión e ira. La ira es una emoción, un estado afectivo interno que predispone a la reactividad y que solo es perceptible a través de la conducta, como las expresiones faciales, las posturas o el tono de voz. Aunque la ira puede ser el combustible de la agresión, no siempre se traduce en actos agresivos dirigidos. De igual forma, hay agresión que no depende de la emoción de ira, sino de otros sistemas de motivación, como el mesolímbico cortical dopaminérgico que es altamente reforzador. Por ello, los desencadenantes de la agresión son tan variados y pueden surgir del miedo, la territorialidad, la dominancia, la maternidad, la depredación o los conflictos sociales. Sin embargo, a pesar de todos los detonantes, la neurociencia clasifica a la agresión en dos grandes tipos con base en sus características neurobiológicas: la agresión depredadora y la agresión defensiva.

Los experimentos de las décadas pasadas fueron muy claros. La estimulación eléctrica de neuronas que conectan el hipotálamo lateral con la sustancia gris periacueductal ventral en la base del cerebro resultaba en posturas de agresión depredadora, como la que vemos en un animal cazador. Los gatos estimulados mostraban conductas calculadas y controladas. El individuo se mantenía sereno antes de atacar, enfocado, con poca o nula expresión emocional visible, sin señales de ira. Este tipo de agresión está fuertemente influenciado por el sistema dopaminérgico, relacionado con la expectativa, el deseo y el asecho. Los animales estimulados atacaban a muñecos de peluche con mordidas dirigidas al cuello.

Por otro lado, la estimulación eléctrica del hipotálamo ventromedial y la sustancia gris periacueductal dorsolateral, resultaba en agresión defensiva. Los gatos estimulados eran impulsivos, explosivos y cargados de emoción semejante a la ira. Este tipo de agresión se manifiesta en respuestas viscerales hacia señales sociales como miradas desafiantes o gestos amenazantes. El ataque era descontrolado y dificil de detener. En circunstancias naturales, este circuito se puede activar por dolor o el miedo.

Con todo lo anterior podríamos argumentar que un encuentro de boxeo se clasificaría como agresión depredadora. Es planeada, ya que el boxeador busca un objetivo claro (ganar la pelea), carece de emociones visibles intensas en los participantes, ya que se ejecuta en un entorno controlado y reglamentado. Además, es altamente recompensante, en parte porque está influenciada por el sistema dopaminérgico, relacionado con el cálculo y la expectativa de ganar, y es fácil de controlar y detener. Por el contrario, el episodio de agresión en un supermercado se clasificaría como tipo defensivo. Es un acto impulsivo, ya que no hay planificación ni propósito claro más allá de una reacción emocional desbordada. Está acompañado de una gran expresión emocional (ira, frustración) y de una notable activación autonómica.

Comprender las diferencias conductuales y neurobiológicas de la agresión nos ayuda a entender nuestra naturaleza humana, y de ser necesario a desarrollar estrategias psicológicas y farmacológicas distintas para manejar y canalizar la agresión de formas más constructivas y menos destructivas. Quizá, al final de todo, lo que buscamos no es erradicar toda la agresión, sino encontrar el equilibrio entre nuestros instintos y nuestra razón para convivir en sociedad. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
gcoria@uv.mx |  + posts

Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /

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